Violaciones consentidas

En el ámbito jurídico la ley recoge una serie de parámetros. Unas ideas que se tienen que poner sobre la mesa cuando se conculca algún derecho reconocido por la propia. Son casi contractuales, porque las firmamos con nuestro voto y muchas veces (por no decir siempre) no nos leemos la letra pequeña.

Hay que irse con cuidado cuando se analizan cuestiones exclusivamente desde la óptica de la ley, porque la ley recoge lo que recoge. En otras palabras, es una superestructura, en cierto modo “represiva” que pone orden.

Os podría poner ejemplos de formas de malos tratos que no están penados, ni tan solo reconocidos ante la ley. En cierta medida, la ley no lo puede abarcar todo. Solo generalismos, que al no concretar, no son capaces de profundizar en las especificidades de cada caso.

Os pongo el claro ejemplo: el maltrato prenatal.

Esta tipología de maltrato, que la podríamos definir como un ejercicio de violencia autoinflingido consciente sobre un feto en proceso de gestación a través de fármacos, drogas ilegales, consumo de cualquier substancia peligrosa o exposición al peligro para la salud del feto ya sea a través de violencia física o de cualquier otra clase, no está, repito, reconocido como una tipología de mal trato en el ámbito jurídico.

Un ejemplo claro: una mujer que decide quedarse embarazada, pero es consumidora de cocaína eventualmente. Eso es maltrato prenatal. Fundamentalmente, porque puede producir daños no solo al desarrollo del feto, sino problemas asociados al futuro del niño o niña, condenándolo a una predisposición al consumo o problemas cardíacos, respiratorios o cualquier otra malformación que le condene a la discapacidad de por vida. Aunque los efectos son relativos y dependen de muchas cuestiones.

Digo esto, porque es importante darse cuenta de que la ley no lo puede todo y que cuando lo intenta, al final, en su práctica no es capaz de procesarse sin eliminar o mermar otros derechos que deben cumplirse de forma simultánea. Si la ley condena conductas, que son reprochables, pero que tienen un altísimo componente ético, debe abordarse en esa línea.

Como podéis ver, no estoy muy de acuerdo con la funcionalidad de las prisiones. Aunque ese es otro tema.

La ley no lo puede todo y además debe ser el último recurso. Debe constituirse una resiliencia social que permita la impermeabilidad de lo incivilizado y crear bases con fundamento ético contra todo aquello que promueva la descohesión social. El ya mencionado en otros artículos, pensamiento crítico. Fundamental para la emancipación.

Aunque me he extendido demasiado, vengo a hablar de “las violaciones consentidas”, no en relación a la violencia prenatal, sino en relación a lo jurídico y al abordaje real, que opino debería darse en este sentido.

Para hablar de una violación, primero debemos tener claro la diferencia entre consentimiento y deseo. Es importante que lo tengamos en cuenta, porque nos ayudará a entender cómo funcionan las relaciones y a definir una violación. Durante el relato os iré poniendo ejemplos comunes.

Una relación sexual tiene fases en su desarrollo. Todos las conoceremos, no es necesario explicarlas. El consentimiento sería el SÍ a esa relación sexual, pero ¿ese SÍ sirve para todo y es permanente e impasible en el tiempo?

El consentimiento puede implicar límites sexuales y límites temporales intrarelacional (en la misma relación sexual con tu pareja), interrelacional (entre una relación sexual y la consecutiva) extrarrelacional (con pareja no romántica).

Tal vez, una mujer no quiere tener una relación sexual de determinada forma, con determinada actitud o simplemente, no se siente cómoda ya habiendo iniciado la relación sexual. Del mismo modo que, por ejemplo, puede existir consentimiento antes de la penetración, pero durante o al inicio de la propia, no apetecerle continuar.

Esa fracción de “comodidad” o “apetencia” es el deseo. Lo que, en su ausencia, convierte una relación consentida en violación.

Por tanto, el consentimiento sería el “sí” a la relación y el deseo “la apetencia”.

Pongamos una relación de chico y chica. Empiezan a mantener una relación sexual. Tanto él como ella consienten y desean esa relación sexual. Durante la relación sexual consentida y deseada, ella deja de desear por cualquier razón y por tanto, le pide que pare. Sin embargo, él continúa.

¿La está violando? Claro que sí. Y este ejemplo vacío, descontextualizado y sin detalles, le ha pasado a muchísimas mujeres. Hasta me atrevería a decir que a todas.

Las violaciones consentidas se suelen dar en contextos de relaciones románticas comunes, corrientes, sin violencia, sin agresividad, sin problema alguno. Simplemente ocurre.

Muchas mujeres de mi entorno me decían que a veces tenían sexo con su novio para que dejaran de presionar un tiempo, para evitar una discusión o porque tenían miedo a que las dejaran. Es decir, mostraban temor al acoso, a la violencia sexual y la incapacidad de gestionar la dependencia emocional. Ya no es solo la gravedad de lo nombrado, sino que hay consecuencias. El simple hecho de que existan consecuencias, ya lo convierte en ilegítimo.

Ese miedo nace de una lógica muy sencilla de identificar, pero difícil de asumir. Es una concepción machista estar constantemente exigiendo respuesta y más todavía cuando simplemente exiges que tu novia se deje follar.

¿En qué lugar encuentra el placer cuando se está acostando con su pareja romántica o esporádica sin que ella disfrute? La concepción masculina del sexo no es igualitaria, es supremacista, es egoísta, dominante, violenta y agresiva.

No es más que la cultura de la violación. Un ideario colectivo, un sistema de ideas muy sencillo que todos tenemos instalado. Una vinculación sexo-violencia que se visibiliza en los datos de consumo de prostitución y pornografía y que se pretende materializar a toda costa en una relación real.

No es coincidencia que los mayores consumidores de pornografía violenta, de violación y de simulación pederasta sean los hombres y mucho menos, que esas categorías sean las más demandadas. Tampoco es coincidencia que los mayores consumidores de prostitución sean hombres heterosexuales.

En la sociedad y en el modelo social que ostenta esa óptica de violencia sexual basada en la supremacía, es perfectamente lógico que una mujer haya normalizado la sumisión ante la exigencia, consienta una relación sin deseo para evitar violencia emocional y él disfrute con esa situación.

Al final, si el hombre recibe un Sí, no hay problema, pero si recibe un No, hará todo lo posible para que ese NO se convierta en un SÍ. Incluso utilizando sus habilidades coercitivas para chantajear emocionalmente o para hacerse la víctima derribando las barreras de la voluntad para que el consentimiento exista aunque sea sin deseo. Y todo ello desde el fundamento del amor romántico. El clásico paradigma de hombre seductor y mujer frívola que cae a sus pies después de ofrecerle todo lo que puede darle.

Cuando la voluntad se derriba con chantaje emocional, el deseo no importa y el consentimiento es más que suficiente, es una violación consentida.

Lo más característico de las violaciones consentidas es que generalmente ocurren sin violencia y sin consciencia de lo ocurrido, por ambas partes.

En el ámbito jurídico un elemento, sino el único, que se tiene en cuenta es el consentimiento. Después de entender que el consentimiento no tiene por qué ir acompañado de deseo y que es perfectamente posible que haya consentimiento por miedo, desazón, por presión o por cualquier sentimiento que implique una vulneración de la voluntad, entenderemos que es más complejo de lo que parece.

Y aunque este tema está manoseado hasta decir basta. El claro ejemplo es “La Manada”. Un grupo de orangutanes que violaron a una chica.

Esa chica esgrimió exactamente un caso de violación consentida. Afirmó que ella al ver lo que iba a pasar, se dejó llevar, hizo lo que le dijeron y rezó para que terminara lo antes posible.

Yo creo que cualquier persona con dos dedos de frente, cualquier persona con algo de sentido común sabe discernir perfectamente cuando una relación es deseada o no. Sabe darse cuenta si una mujer está o no dispuesta a mantener esa proposición de relación sexual y si se muestra incomoda ante esa situación.

Esos hombres se aprovecharon de ella, sabían que no le estaba gustando, pero les dio igual y no solo les dio igual, sino que además lo disfrutaron mucho más. Porque de eso se trataba, de simular una película porno, porque mola mucho follarse a una niña entre cinco tíos en un portal a oscuras, mientras ella está paralizada, asustada y rezando para que acabe de una vez.

¿Sabéis qué es lo peor? Que a la víctima se le preguntó si dijo explícitamente “NO”. Porque el problema no es si cinco hombres adultos son responsables, el problema no es si preguntaron previamente sobre el consentimiento y el deseo de esa chica a mantener dicha relación, el problema no es si ellos se aseguraron que era en plena voluntad y disposición, el problema es que no dijo no y menos por menos es más.

¿Sabéis que les pasa a las que dicen que no? Que las matan.

Si dices que no: te violan, te matan o tienes una discusión con tu novio en la que debes defender tu NO como si tu decisión estuviera abierta a debate. Porque ese es el rechazo común al NO, esa es la reacción causa-consecuencia programada de la masculinidad hegemónica y así es cómo funciona el sistema social.

¿Qué tal si empezamos a respetar las decisiones de las mujeres?

Por Diana Quer y por todas las mujeres valientes.

Por las que dicen que no, por las que no dicen nada, por las que se paralizan, por las que sienten miedo, por las que no se resistieron, por las que se enfrentaron a su agresor, por las que tuvieron la suerte de escapar, por las que aprietan el paso cuando caminan solas por la calle, por las asesinadas brutalmente y por las víctimas que siguen con vida y revivirán ese episodio de sus vidas para siempre.

Por ellas. Siempre.

Antoni Miralles Alemany

Otros artículos de interés: heteronormatividad II

Suscríbete a nuestro canal de Youtube

1 Trackback / Pingback

  1. Portavoza y el Feminismo Radical – La pajarera Magazine

Deja un comentario