¿Bella?

Ahora que ando en un climaterio esperado desde hacía un lustro que se negaba a habitarme, mi cuerpo comienza una mudanza de mobiliario que supone una suerte de extrañeza diaria.
Grasa en rincones insospechados, brazos masa de pan que no se fibran por mucha quinoa que se automedique una, entrecejos y líneas frontales marcadas como el terreno baldío y seco de los veranos, una punzada de dolor invasivo por aquí, una foto seguida del gritito agudo de esa no soy yo por allá, un chequeo ante el espejo tras la ducha diaria y posturas imposibles, contorsiones comprobatorias para saber que todo ya no sigue en el sitio de siempre.
La mudanza es un hecho.
Y me doy aire con las palabras de mis maestras, esas que me cuentan como sabias y viejas que es normal mi dificultad, que soy parte de esta cultura en la que hay una desvalorización de la ancianidad y mayor aún de la vejez femenina.
Pareciera que entramos a determinada edad en un claro demérito, en una vergonzante incapacidad para ser, para gustar, para acaparar las miradas del otro.
Hay un modelo diseñado para el mercado y la distancia entre nuestra imagen ideal, la interiorizada y la que tenemos es grande.
Nos alejamos del modelo válido y ¿hacia dónde vamos?
Las mujeres que cumplimos años, las que tenemos el regalo y la suerte de hacerlo y estar vivas sin realizar permanentes consumos estéticos para mantenernos jóvenes, no transmitimos el mensaje de «dejarnos ir», «no cuidarnos», «entramos en la etapa desgraciada» o «ya pasó todo lo bueno y divertido».
La madurez y la vejez son vividas en muchas culturas como un espacio de máximo respeto ajeno por la acumulación de crecimiento, de experiencias y sabiduría y desde ahí se otorga a la ancianidad un sobrevalor y no un demérito.
No quiero protegerme de dejar de ser joven, no quiero fingir juventud ni adecuar mi cuerpo a golpe de talonario para evitar el encuentro con la que soy ahora.
Quiero estar sana, en paz, seguir ilusionada y luchadora en y por aquello que creo y mirarme después del baño con el amor suficiente como para preguntarme:
-¿Estás más sabia y contenta hoy?
Y cuando se me olvide, traer a mí las palabras de aquella mujer anciana a la que atendí una vez:
– Niña, yo antesdeayer era como tú. Antesdeayer.
Y pasa muy rápido, no te lo pierdas con tonterías.
María Sabroso.
Fotografía de Paola Franqui, pertenece a su serie «Reflection Stories» y se titula «Remembering.
Sobre María Sabroso 69 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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