Bendito virus ecologista

Aclaro antes de nada que no estoy diciendo que el ecologismo sea eugenésico, sino que los hay que utilizan el ecologismo para legitimar opiniones eugenésicas o que simplemente llegan a esa conclusión por montañas de desinformación y entramos en la pseudociencia y en los mitos, uno tras otro, hasta que confundimos el radicalismo ecológico con la eugenesia, que es un pilar fundamental de las ideologías totalitarias.

¿Cuántos de nosotros habremos dicho que el ser humano es un cáncer, que es un virus o el problema del planeta? ¿Cuántos? Yo mismo lo he dicho, aunque curiosamente uno no se suele incluir en ese gran grupo. 

El ecologismo es un movimiento ideológico que pretende paliar los efectos nocivos de la actividad humana. Nada que ver con considerar al ser humano como un problema per se. El problema teórico surge cuando nos vamos a la raíz del problema y en vez de observar prácticas industriales contaminantes, vemos humanos que contaminan para el consumo como un acto de egoísmo anti natural y automáticamente pensamos que cero humanos es igual a cero contaminación como conclusión, partiendo de una simpleza matemática de 2+2=4. Eso es una lógica eugenésica, especialmente cuando va acompañada de frases hechas como: “la naturaleza se abre paso”, que “la naturaleza se autorregula por sí misma” o que “nosostros sí somos el virus”.

Ante el confinamiento de millones de personas en sus hogares, es perfectamente intuitivo pensar o concluir sin tan solo un dato objetivo, que las emisiones se reducen drásticamente, pero se reducen porque la actividad productiva humana se ha reducido a mínimos por imperativo legal. Tiene que ver precisamente con las medidas de aislamiento como respuesta a un virus que se propaga a través del contacto y, por tanto, como medida preventiva de contagios, enfermedad y muertes sobrevenidas por el propio. No por ninguna estrategia ecológica, sino como consecuencia sobrevenida de una crisis epidémica.

Ese ha sido argumento suficiente para ciertos grupos ecologistas para confirmar sus sospechas. Cero actividad humana, cero contaminación. Y eso es una correlación de hechos totalmente real, tan real, como que la misma actividad practicada con medios y tecnología avanzada en materia de innovación ecológica generaría el mismo o parecido resultado.

No es necesario desear el exterminio de seres humanos por el bien del planeta, no es necesario aplaudir los efectos del virus -tanto por el confinamiento como por las muertes-, no es necesario elogiar una crisis epidémica por su “lado bueno” y tampoco es necesario afirmar, con datos poco contrastados y de fuentes muy cuestionables, que todo va mejor si no estamos. Porque por esa regla de tres, también podríamos decir que con la de jubilados muertos que hay, la de dinero que nos ahorraremos en pensiones. También sería equivalente a decir que si hubiéramos matado a todos los chinos sin mediar palabra probablemente el virus no se habría extendido tanto o decir que al prohibir la circulación de coches no ha habido tantos atropellos.

Es ridículo, porque son pensamientos reduccionistas que dan respuestas sencillas a problemas muy complejos y son razonamientos sin ninguna clase de criterio, ni base. Como la que pueda hacer un niño cuando ve a una persona viviendo en la calle y pregunta a sus padres por qué no hacen más dinero para que nadie sea pobre.

Tenemos conceptualizado el término naturaleza como sinónimo de paz, de tranquilidad, de normalidad, de paisajes preciosos, de flores, de campo, de vida salvaje… como si la naturaleza no fuera otra cosa que brutalidad. 

Hablar de “naturaleza” como una normativa y un valor protegido incuestionable nos lleva a muchos debates morales, la mayoría de ellos absurdos y muy fáciles de resolver. Por ejemplo, si un niño recién nacido tiene problemas respiratorios ¿le atendemos médicamente o le dejamos morir? Porque un ser vivo, en un contexto completamente natural entendiéndolo como salvaje, si nace débil, muere. Entonces ¿no lo atendemos? 

No hay que confundir “lo natural” con “lo salvaje”. No hay que confundirlo, porque entramos en debates y dilemas morales ya resueltos. Dejemos de dar por válidas opciones con esa lógica tan cínica y tan matemática que deja de lado la ética. 

No podemos considerar al ser humano como un virus, porque no lo es, en todo caso lo son sus prácticas y es solucionable. No podemos alegrarnos de la enfermedad, porque confirme nuestras sospechas ideológicas. Ni podemos considerar una pandemia mundial como un castigo o una lección de la naturaleza, como si fuera un ente divino con poderes que nos alecciona hablando de conexiones, energías, karma y de cómo el universo nos devuelve todo lo malo que le hacemos al mundo. No podemos hacerlo ni aceptarlo, pero no porque lo diga yo, sino porque implica la suspensión del juicio.

Considerar que el impacto del ser humano, más o menos incisivo, en la salud ambiental es consecuencia de nuestra propia actividad y que hay que reformularlo y repararlo es un argumento ecológico. Porque es cierto, científico, válido y concreto.

Considerar que el impacto ambiental es incisivo por nuestra mera existencia y que la solución sería nuestra desaparición es eugenésico, porque considera que la solución es el exterminio o la desaparición gradual y, por otra parte, que esa práctica está justificada por un bien superior, en este caso, la salud medioambiental del planeta,  seleccionando al “ser humano” como un problema en sí mismo, ya que su mera existencia genera un impacto por pequeño que pudiera llegar a ser. 

Filosóficamente no hay incompatibilidad entre la objetividad de afirmar que los seres humanos llevamos a cabo prácticas nocivas con la idea de resolverlas, pero sí las hay con la idea de que somos el problema y eso justifica nuestra extinción, porque es antiempírico. La incapacidad de percibir el mundo y reducirlo a: “Muerto el perro se acabó la rabia” junto al individualismo sistémico, nos hace creer que lo que nosotros vemos, pensamos o creemos es la única verdad y que esa verdad es inmutable, porque persiste en nuestro entorno y éste es extrapolable a todo lo demás, porque si algo es el centro del universo es el pensamiento occidental que consiste en que cuando algo pasa aquí, que en el resto del mundo es costumbre, ahora sí que sí se acaba el mundo.

Los totalitarios no son solamente personas rapadas con esvásticas tatuadas en el pecho. Es un vecino que te saluda sabiendo que eres homosexual y después vota a VOX. Es ese familiar tuyo que como la sociología no dice lo que a él le viene bien, automáticamente la cultura es sospechosa y ridiculiza el trabajo científico. Es tu compañero de trabajo que piensa que alguien con síndrome de Down no debería nacer. Es tu prima que dice que los seres humanos somos un cáncer y legitima prácticas genocidas. Es el vecino del quinto que pone a parir a los gitanos y elude, por ignorancia o cinismo, que fueron perseguidos durante 500 años y que discriminar injustamente genera eso precisamente: exclusión. Es aquella compañera de clase que dice que si eres pobre búscate la vida o que si no te gusta tu trabajo, busca otro. Es el amigo de tu pareja, aquel que dice que si te violan algo habrás hecho o que si te pega, denuncies y luego habla de denuncias falsas.

Todo el mundo tiene integradas ideas totalitarias. Lo racional (y lo bonito) sería identificarlas e intentar deshacernos de ellas, no asumir falacias como verdades violentando a quien señala, mirando al dedo.

Antonio Miralles Alemany

 

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