Carmen Laforet

Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie”.
Así comienza ‘Nada’, de Carmen Laforet, la obra que fue galardonada con el Premio Nadal en 1944 y que marcará el futuro de la literatura española de posguerra. Es una novela áspera, como áspero y hostil es el país de aquel tiempo.
Una joven provinciana, una muchacha de dieciocho años, llega a la gran ciudad: a la Barcelona mundana y adelantada que sus deseos han levantado. ¿Mundana y adelantada?
Estamos a comienzos de los años cuarenta del siglo XX, en la posguerra española, y las miserias y las necesidades son la pesadumbre cotidiana. Los ánimos están envenenados.
La muchacha reside en casa de su abuela materna y allí conviven o malviven esa anciana ya despistada y otros familiares avenados. Y allí se estancan el tiempo y las historias miserables de sus ocupantes, vidas arruinadas que no tienen porvenir.
La joven ve lo que ocurre. Registra lo que cree que sucede y tiempo después nos lo contará con habilidad y detalle, de manera lacónica: con una lucidez y una decepción que se harán evidentes conforme avancemos en la lectura.
¿De qué joven estamos hablando? De Andrea, la protagonista de ‘Nada’, ya digo. Desde que apareciera en 1945 resulta un éxito, una nueva forma de narrar con autenticidad las relaciones desabridas y mezquinas de una familia, pero también la desilusión, la frustración de las expectativas, la ingratitud.
Andrea nos presenta a sus parientes como personas de gran sordidez: en el mejor de los casos, gentes extraviadas, de chifladura incorregible e incapaces de generosidad.
La novela será vista como un relato alegórico del régimen franquista, como la crítica furibunda, tremenda, de una España mezquina. Todas esas cosas –ambiente y lenguaje– son creíbles: corresponden a una muchacha que ve derrumbarse su inmediato futuro, ese sueño barcelonés y universitario.
Cuando la escribe, Carmen Laforet también es joven y comparte con Andrea muchos vínculos biográficos, vivencias. Ese hecho banal, aparentemente banal, será una durísima prueba para la autora.
Por lo que sabemos, la existencia de Laforet será una continua lucha: contra el éxito que la sorprendió tan joven, contra los fantasmas que ella alimentaba o contra los retos que otros le planteaban.
Carmen Laforet cargará durante toda su vida con los efectos de una infancia triste, aunque sin estrecheces. De buena familia, con un padre refinado, distante y atlético. Y con una madre apenada, indispuesta: una madre pronto fallecida y pronto reemplazada.
Por lo que se sabe, la madrastra hostigará a Carmen Laforet y a sus hermanos. Ahí empiezan su mala vida y su primera huida, nos dicen sus biógrafos, Anna Caballé e Israel Rolón. Una fuga: de las Islas Canarias a la Península.
El resto de su vida quedará condicionada por el mal arraigo y por la mala conciencia que le provoca la huida. Ni Barcelona será el paraíso soñado de sus ancestros, ni Madrid será la urbe cosmopolita que se le abre a Andrea en Nada: sólo una ciudad raquítica y también provinciana.
¿Podemos ver esa obra como la sustitución del mundo real? No es tan sencillo: por un lado, la escritora proyecta su experiencia personal en la narración que inventa; por otro, la autora niega obstinadamente el fermento y el origen autobiográfico de su imaginación novelesca.
En adelante escribirá, rehará, exigiéndose tal vez más de lo debido, soñando con dedicarse a los suyos. O soñando con desaparecer.
Carmen Laforet se alza contra el destino de un éxito temprano y se levanta contra la expectativa. Pero no se rebela: sólo emprende sucesivas fugas, con fatiga y con miedos.
Yo no soy luchadora”, según revelará a Ramón J. Sender en una carta remitida en mayo de 1966. ¿Hemos de creerla?
Se vio forzada a definirse como mujer de éxito, como escritora en un mundo masculino, sin disponer de espejos en los que reconocerse, dudando de sus logros, sometiéndose a una auténtica penitencia.
¿Fracasó al triunfar?
La vida es una urdimbre confusa, una composición enmarañada que no se desanuda, que no se reduce a un solo acto o a una temprana derrota.
Eso, así de claro, lo aprendimos al leer ‘Nada’.
Justo Serna.
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Sobre Justo S. Serna 31 artículos
Valenciano de nacimiento Historiador. Profesor Historia Contemporánea Universidad de Valencia Autor de diversos libros de investigación histórica

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