Centenario del portentoso José Saramago

No, no es que se nos haya pasado el centenario de José Saramago, simplemente pensamos hacer un guiño. Verán. José nació un dieciséis de noviembre del año 1922, en la aldea portuguesa Azinhaga, cuando su padre fue a inscribirlo no se sabe porqué la fecha del nacimiento corrió hasta el dieciocho del mismo mes, por lo que decidimos sacar el humilde homenaje de este escrito a la mitad. El día diecisiete de noviembre de 2022.

No fue solo esa inconcreción la surgida en su nacimiento. El padre de José, tenía el mismo nombre, pero a la familia la apodaban  los Jaramagos. En los pueblos  se suele apellidar con  alias singulares y la familia Sousa, pertenecía al pueblo. Campesinos sin tierras en un país pobre, imperialista y dictatorial pero pobre. El agente que inscribió al niño debió querer hacer una gracia al progenitor e inscribió al pequeño José, con el apellido  Saramago…Sin saber que pasaría a la posteridad y ese nombre  se convertiría en sinónimo de alma grande, alta literatura y bonhomía singular.

José Saramago llegó tarde a la literatura. Él contaba que no escribió antes porque no tenía nada que decir, yo creo que lo que estaba haciendo era nutrirse de vida. Viviendo. Carecía de estudios superiores, pero no de hambre de conocimientos. Su familia, viendo que en el pueblo no había futuro, marchó a Lisboa donde el padre  se hace policía. Saramago tiene que trabajar desde muy joven para vivir, luego se casa, tiene una hija y  araña la vida para mantener a su familia. Pero el hambre de lecturas y de experiencias vitales estaba ahí, y también las bibliotecas públicas para que el hombre sencillo que era, nutriera su mente además de experimentar la vida del pueblo. Sin palios ni honores, José, aprendió de la vida y de la literatura pisando el suelo. Viviendo, ya les digo.

Sus primeros libros no tuvieron apenas resonancia, cuando al fin se decidió a publicar. Portugal, seguía encadenado a una dictadura ancestral que sometía a pueblos africanos mientras en la metrópoli faltaba todo. José toma conciencia social, aprende que a los nadie se les arrebata todo, menos el miedo y que el miedo encadena más que el hierro. Sublima el amor a la libertad, dándose cuenta que al ser humano cuando tiene hambre no le sirven ni los libros ni la libertad, porque ha perdido la dignidad y se somete a quien extienda una mano con un mendrugo. La conciencia social, que debió de tener siempre, le crece y la injusticia le subleva tanto que se da cuenta que ahora sí tiene cosas que decir.

Y se pone a  contarlas. Escribe y toma posición en una sociedad injusta y pergeñada de tiranos. Pequeños tiranos que encadenan la vida. Ahora que utilizan el insulto de “comunista” para descalificar gobiernos y personas, José Saramago se hace comunista. Comunista de corazón y de lucha. Con el sentimiento de que la libertad y el liberalismo sirven a quien tiene las necesidades bien cubiertas y puede dirimir en terreno neutral, pero no a quien no tiene nada, como el niño que fue José Saramago, que debía alimentar su hambre de conocimientos en las bibliotecas públicas porque no se podía arrebatar dinero al pan diario para comprar libros. Saramago es pueblo y se posiciona claramente en el pueblo.

No les hablare del premio Nobel, de la inmensidad de su literatura porque eso ya lo han hecho otras personas. Él decía que escribía para perturbar al/a lectoras, no para gustar. Y les aseguro que lo consigue. Nadie sale indemne de un libro de Saramago, sus escritos violentan, obsesionan, revuelven las tripas y hacen pensar. Pensar mucho. Y cambian el alma.

Su literatura es afilada, casi forense. Desentraña el alma humana y la pone del revés. Alienta, como el genio que es, el deseo de más, de profundizar en el conocimiento y de luchar por una vida mejor, más integra, más auténtica.

Saramago fue comunista toda su vida. Fue escritor combativo activista de la vida durante el trascurso de los años que vivió. Jamás traicionó a su clase ni a su gente. Jamás atemperó su pluma como vemos en otros autores que con el paso del tiempo, los honores y prebendas, se acomodan en los dulces muelles de la burguesía y olvidan porqué y para qué escriben. Porque el talento sin intención es hueco. El talento sin idealismo es una cascara  vacía que puede tener apariencia hermosa pero no aporta nada. O casi nada. Saramago y su  genio son un pozo muy lleno del que abrevamos los que amamos su obra.

Durante toda su vida fue un ir y venir incansable en pos de la  pelea por los nadies. Apoyó todas las luchas desiguales, con la única premisa de que siempre su balanza estaba con los débiles, jamás inclinó el testuz ante el poder y los poderosos. Jamás pudieron pervertirse y hasta el fin de sus días peleó hasta el último aliento por hacer un mundo mejor.

Con su compañera de vida, Pilar, esa mujer hermosa y elegante que lo cautivó una tarde en Lisboa mientras lo entrevistaba. La historia tiene tintes literarios tan hermosos que no me recato de contárselos. Pilar del Río era periodista, trabajaba para RTVE, en Sevilla, una tarde adquirió un libro de un autor desconocido. El libro era  Memorial del Convento, lo leyó del tirón  quedando fascinada por la fuerza del personaje femenino de la historia. Quizá se preguntó como buena degustadora de literatura ¿Qué potencia creadora se trasmuta en el cuerpo de una mujer y la cuenta de forma tan verosímil? Insistió hasta conseguir que la encargaran realizar una entrevista al autor que la había fascinado. Marchó a Lisboa, con la esperanza de acercarse y conocer al genio. Concertaron una cita en un hotel céntrico de la capital lusa, y a las cuatro de la tarde se produjo el choque de miradas, almas y cerebros. Pilar y José. José y Pilar, indivisibles ambos, cruzaron sus caminos.

Se casaron dos años después. Ella marchó a Lisboa a vivir con él, cuenta que la producción de Saramago, la obra alrededor del hombre silencioso, era de tal calibre que tenía que anular citas de entrevistas de forma constante, hasta que pensó que teniendo a un genio en casa lo mejor era hacer obra con la del escritor. Se convirtió no solo en compañera, también en traductora al español, en secretaria, guía a veces, y organizadora del ciclón que movía el alma de un hombre que quería abarcar el mundo para sanarlo.

Cuenta Pilar, que al irse a vivir a Tías, Lanzarote, la casa estaba llena de relojes y a  ella la molestaba tanto tictac. Se quejó a José,  él le dijo que dejara que se pararan todos. Un día la tomó de la mano y como un niño juguetón y divertido,  la llevó por toda la casa mostrando los relojes. Todos marcaban la misma hora: las cuatro de la tarde. Ante la pregunta de Pilar, del porqué de esa hora, la respuesta fue la declaración de amor más envidiada del mundo: “porque fue la hora en que te conocí” A partir de entonces nadie cambió la hora en los relojes de Tías.

Ese amor ha trascendido. Pilar del Río, admirada y admirable mujer se ha convertido en el alma de Saramago, en la cancerbera de su corazón que sigue latiendo por las cuatro esquinas del mundo, en su amada tierra portuguesa, con la fundación que preside, en el viento que corre por Tías y que lleva las ideas del sabio, desde La Casa de Tías hasta el último rincón donde haya gente desvalida o insurgente. Pilar guarda y reparte trocitos del alma de Saramago porque su obra y su persona son universales.

No hay mejor homenaje que amar la obra que se celebra. Lean a Saramago. Empapen el espíritu con las palabras y las ideas del hombre que nació pobre, en un pueblo perdido del amado Portugal  y hoy es  habitante del mundo.

Porque hay seres humanos que son milagros que llegan para mejorarnos. Saramago fue uno de ellos. Hoy hace más o menos, cien años que se produjo el milagro y  su obra sigue viva y palpitando verdad.

María Toca Cañedo©

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre Maria Toca 1308 artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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