De mi memoria ya evanescente: XIX. Conversaciones con Eulalio Ferrer

 

Eulalio Ferrer Rodríguez nació en el Barrio de La Florida santanderino el 26 de febrero de 1920, realizando sus estudios infantiles en el colegio de los Salesianos, y pasando seguidamente a las aulas de la Escuela Laica abierta en la calle Magallanes, en la cual era directivo su padre el tipógrafo Eulalio Ferrer Andrés (1889-1964)

La extensión de la pandemia dejó congelados en Santander algunos proyectos culturales previstos para el presente año y que, poco a poco, aunque algo maltrechos en su composición y tiempos, han ido recuperándose para continuar su andadura.

Uno de ellos es el dedicado a conmemorar el centenario del nacimiento del periodista, escritor y empresario de la comunicación en México Eulalio Ferrer Rodríguez (1920-2009), una actividad promovida por la Fundación Bruno Alonso, de la cual era socio de honor, y que cuenta con la participación de alguna que otra institución.

Eulalio Ferrer Rodríguez | Foto: Archivo Saiz Viadero

A lo largo de este mes de octubre tendrá lugar en el Parlamento de Cantabria el desarrollo de un ciclo de conferencias dedicadas a estudiar la vida y la obra de Eulalio Ferrer, así como su entorno político y sociocultural, además de presentar una exposición bibliográfica en la Biblioteca Central. Todo ello con la intervención de los historiadores Antonio Santoveña Setién, Miguel Ángel Solla, José Manuel Puente Fernández y Jorge de Hoyos Puente.

Para ese ciclo me ha sido encargada una conferencia acerca de la presencia y la diáspora de los creadores artísticos cántabros en el exilio republicano, momento histórico que vivieron el propio Ferrer y su familia santanderina hasta el último momento de sus existencias.

Este y otros encargos similares han venido a remover en mi memoria las entrañables relaciones mantenida con una persona que era mucho más de cuanto podía hacer suponer los numerosos títulos honoríficos que le fueron concedidos oficialmente, y algunas otras circunstancias derivadas de una función protocolaria capaz de asumir con alegría aquellos aspectos de las personas que había obviado, cuando no combatido, con anterioridad.  Es lo bueno de la nueva normalidad en el avance democrático, aunque no por eso mismo deja de estar exento de ciertas falsedades y hasta alguna que otra hipocresía.

Con Eulalio Ferrer, además de hacerle entrevistas periodísticas y publicar algunos de sus textos en las revistas Vivir en Cantabria e Historias de Cantabria por mí dirigidas, mantuve muchas conversaciones en el transcurso del último cuarto de siglo de su existencia. Unas lo fueron en su casa santanderina de Pérez Galdós; otras en sus residencias de México D.F. y Acapulco; también las hubo en el Museo del Quijote de Guanajuato, a donde acudí en cinco ocasiones, cuatro de ellas estando él con vida; y las últimas en mis domicilios sucesivos de Rualasal y Penilla de Toranzo.,

Eulalio Ferrer y Ramón Viadero en Acapulco | Foto: Archivo Saiz Viadero

En aquel mirador privilegiado del Paseo de Pérez Galdós que hubiera encandilado al señor del vecino San Quintín, también le visitaba su gran amigo y médico Jesús Gutiérrez Morlote, y no puedo dejar de pensar en la vieja amistad existente entre don Benito (1843-1920) y el Dr. Diego-Madrazo (1850-1942).

Nuestro tema preferido estaba relacionado con el Santander republicano, la Guerra Civil, los campos franceses de internamiento y el exilio en México

Nuestro tema preferido estaba (no podía ser de otra manera), relacionado con el Santander republicano, la Guerra Civil, los campos franceses de internamiento y el exilio en México. A él le apetecía que yo me internara en los territorios delicados de un país en armas y de una España vencida, cuya generación más ilusionada e ilusoria aún se encontraba en el extranjero transcurridos cincuenta años de haber finalizado el conflicto armado a que dio lugar el golpe de Estado de 1936. Sin embargo, a su esposa Rafaela Bohórquez Díez (+2007), con la cual había contraído matrimonio en 1955, no le hacía ninguna gracia oírnos rememorar aquel tiempo que, desde muy niña, tanto a ella como a su familia valenciana había supuesto muchas desgracias.

Rafaela Bohórquez y Eulalio Ferrer Rodríguez | Foto: Archivo Saiz Viadero

Eulalio Ferrer Rodríguez nació en el Barrio de La Florida santanderino el 26 de febrero de 1920, realizando sus estudios infantiles en el colegio de los Salesianos, y pasando seguidamente a las aulas de la Escuela Laica abierta en la calle Magallanes, en la cual era directivo su padre el tipógrafo Eulalio Ferrer Andrés (1889-1964), y estaba dirigida por aquel maestro ejemplar que fue don Aurelio Herreros Fernández (1872-1955), un heredero del espíritu de su suegro don Marcos Linazasoro, también maestro e impulsor del Centro de Enseñanza Integral y Laica de la calle San Celedonio, fundado en Santander en el año 1886.

-Admiro profundamente a mi padre, tanto por lo que era y cómo era, como por haberme enseñado, desde niño, a ser su compañero.

Recordando aquel tiempo a Eulalio le embargaba la emoción, porque su padre siempre supuso el mayor referente en su existencia y en su educación sentimental; después venía la presencia del maestro torrelaveguense Herreros. Cuando le preguntaba por sus influencias, invariablemente respondía:

-Mi padre y mi maestro son las personas que más han influido en mi vida.

Contagiado por esa admiración suya, muchos años después tuve ocasión de prolongarla cuando el editor Fernando de Vierna me proporcionó la posibilidad de publicar el opúsculo titulado Recuerdos orfeónicos y otros temas musicales (2011), recogiendo en el mismo la faceta musical de Ferrer padre; y, poco más adelante, presentando una comunicación con la correspondencia mantenida desde México entre Ferrer hijo y Aurelio Herreros (2020). Ninguna de ambas publicaciones alcanzaría a verlas Eulalio.

Detrás de estos nombres es preciso añadir, si se quiere, el correspondiente al dirigente anarcosindicalista santanderino Jesús González Malo (1913-1965), del cual fue su secretario en tiempo de guerra y sobre quien apenas he tenido ocasión de escribir, salvo la escueta información proporcionada para la historiadora catalana residente en Estados Unidos Montse Feu, especializada en los estudios sobre personajes del exilio que acabaron sus días en Nueva York. En su libro Jesús González Malo. Correspondencia personal y política de un anarcosindicalista exiliado (1943-1965) (2016), ella se ha encargado diligentemente de recopilar la labor epistolar de González Malo.

Bruno Alonso González (1887-1977) es también otro personaje al que siempre admiró, y la vida le proporcionó la posibilidad de encontrarse cerca de él en el momento de su muerte, convirtiéndose en albacea intelectual de su testamento político.

Una confusión muy expandida acerca del año de nacimiento de Eulalio me impulsó en su día a localizar su partida en los juzgados, cerciorándome así de que sigue siendo en España el director más joven de un semanario periodístico (Nueva Ruta y Reconquista, con 16-17 años), además de -como él solía decir- a los 18 años era “el capitán más joven de la Segunda República”. Todavía era un niño cuando ocupó en Santander la presidencia del Grupo Infantil Socialista.

Eulalio Ferrer, un capitán de 18 años | Foto: Archivo Saiz Viadero

Hablábamos a menudo de otras influencias en su adolescencia española, femeninas en este caso: Matilde Zapata Borrego (1906-1938) y Matilde de la Torre (1884-1946). La primera de ellas fue también la persona que le inició en el teatro, donde interpretó algunos papeles. Ella fue quien le presentó a la diputada de Cabezón de la Sal:

-Este chaval quiere que les des una conferencia.

La última vez que vio a Zapata no sabía que su destino se vería trágicamente truncado por un pelotón de fusilamiento. Por este motivo, nada más regresar a España treinta años después, lo primero que hizo fue ir a visitar la escondida fosa común donde reposan sus restos en el cementerio de Ciriego. La otra Matilde, será para él un referente de cultura y honestidad a lo largo de su existencia: juntos viajaron desde Francia en el barco que les trasladó al exilio mexicano, como a tantos otros miles de españoles, en un itinerario que dejaría plasmado en las páginas de 41 días en el mar (2011), un extenso relato aparecido póstumamente en México.

La sublevación militar en los alrededores del cuartel del Alta le condujo a manejar por vez primera un arma

La vida de todas aquellas personas sufrió un sobresalto debido al golpe de Estado del 18 de julio de 1936; la sublevación militar que, en los alrededores del cuartel del Alta, le condujo a manejar por vez primera un arma, a la espera de  unos movimientos que de haberse producido hubieran terminado con cualquier resistencia republicana, como él mismo reconocía:

-En Santander hubiera sido un paseo militar.

Ya para entonces el joven periodista había publicado algunas entrevistas en las páginas del diario izquierdista La Región, el mismo rotativo, en el que trabajaba su padre, dirigido por el marido de Matilde Zapata, el periodista Luciano Malumbres Francés (1890-1936), asesinado por un pistolero falangista un mes antes del levantamiento. La tarea informativa será continuada, ya en plena Guerra Civil, enviando desde los frentes sus crónicas a El Cantábrico, iniciando una afición grafómana y, sobre todo, epistolar, que le ha conducido a reflejar cuanto le sucede en los diarios que ha ido escribiendo: unos, perdidos -como el que a su abuela mandó destruir el 24 de agosto de 1937, unas horas antes de abandonar Santander-; otros, guardados en lo más escondido de su biografía, hasta que han ido apareciendo las páginas que conservan entre sus líneas la memoria entresacada de los días luminosos de la infancia, y también de la juventud, aunque a esta última le acechara la sombría amenaza de la guerra.

Luciano Malumbres, director del diario santanderino La Región | Foto: Archivo Saiz Viadero

Viene esta reflexión a cuento ante la situación creada dos días antes de caer Santander en manos de las tropas sublevadas, cuando abandonó la ciudad en un barco atracado en El Cuadro, para dirigirse a Francia y, atravesando todo el sur galo, regresar de nuevo a España esta vez por Cataluña, con la intención de seguir luchando a favor de la República. Como capitán de milicias participa en las operaciones del Ebro, ostentando un grado militar en completa discordancia con su edad y sus sentimientos pacifistas, pero muy ajustado al entusiasmo con que combate por los ideales republicanos y socialistas.

Francia acogerá a medio millón de españoles y españolas temerosos de caer en manos de los vencedores

Finalmente, Francia acogerá a medio millón de españoles y españolas temerosos de caer en manos de los vencedores, pero también significará la ausencia de libertad, porque al igual que su padre y como centenares de miles de personas es confinado en los campos de Argelès-sur-mer, Saint Cyprien y Barcarès, entre los años 1939 y 1940. Es precisamente en el campo de internamiento de Argelès donde abre nuevamente las páginas de su corazón para trasladarlo a la letra, coincidiendo con una fecha histórica y sentimental para los españoles de aquel tiempo: era el 14 de abril de 1939, octavo aniversario de la proclamación de una República que, por lo menos en el ideal de los refugiados en todo el mundo, aún continuaba vigente.

A ello le impulsaron, como reconocerá en el contenido de este diario que titulará Entre alambradas, la insistencia de su propio padre y también la de dos amigos santanderinos, con los cuales comparte la zozobra de los días en una libertad condicional: Antonio Mediavilla Velo (1918-2010, recientemente fallecido en México) y José Mateo Mariñas (1919-¿?). La entrega de dos libretas, con pluma y tintero incluidos, por parte de su amigo Enrique Queipo, es también la mejor señal de que ha de cumplir con un perentorio deber de notario y pendolista, para cuya tarea parece haber nacido y, a la vez, estar muy bien dotado.

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Entre alambradas 5ª edición | Foto: Archivo Saiz Viadero

Nuestras conversaciones iban dirigidas a rememorar la huella de algunas personas de un tiempo difícil como fue el de la Guerra Civil y la posguerra, tratando de que su sombra no se desvaneciera en el olvido. La memoria y el talante agradecido de Eulalio Ferrer siempre estaban dispuestos a colaborar en esa tarea de recomponer el puzzle de quien habían participado de una Historia que ahora les negaba su presencia debido al final de esa etapa de la misma. ¡Cuántas veces he lamentado la falta de notas recogiendo nuestras conversaciones!, o las entrevistas en México propiciadas por Eulalio para conocer a un selecto grupo representativo de la Cantabria en el exilio, coincidiendo con los días de mi conferencia en el Ateneo Español sobre “La infancia y juventud de León Felipe en Santander”, un cántabro de adopción que luego lo fue también de México hasta el final de su existencia. Los exiliados conocían casi todo del poeta allí residente durante treinta años, pero se quedaban asombrados ante la peripecia de un juvenil Felipe Camino Galicia (1884-1968) al cual solamente había conocido en persona Eulalio Ferrer Andrés (1889-1964), debido a su vecindad en la calle Concordia (hoy Cisneros), próxima a la botica de la Plaza de la Esperanza.

No obstante todo lo que un espíritu pacífico y solidario como el suyo había tenido que sufrir durante los tres años de guerra, las penalidades vividas en los campos franceses de concentración, las penurias posteriores del exilio americano… una filosofía muy personal le hacía repetir:

-No es posible vivir con rencor en el corazón.

El mismo ascenso social que le permitía gozar de una posición económica privilegiada le permitía a disfrutar de algunos placeres que, de otra manera, serían para él inalcanzables, uno de los cuales me transmitió como si de una consigna se tratara:

-De todos los placeres que conozco, el que más me satisface es el placer de compartir.

No hablaba mal de nadie nunca, ni aunque le hubieran agraviado o se lo merecieran. Podría ser debido a un fuero interno comprensivo que le empujaba a la relativización de las cosas, o a su educación diplomática. Cuando yo le trasladaba algún comentario negativo, y procuraba no hacerlo en demasía, su respuesta invariable era:

-Son cosas del puebluco, Ramonín

Él me llamaba Ramonín, yo le correspondía con Lalio, y, de esta manera, sin explícitamente pretenderlo, buscábamos trasladarnos emocionalmente a los años de su juventud y a los míos de mi infancia, logrando así que nuestros diálogos adquirieran un clima algo más amable que el correspondiente a los temas históricos que solíamos abordar.

Ahora, cuando conmemoramos el centenario de su nacimiento, repaso la multitud de libros, artículos, documentos, correspondencia, fotografías, que dan fe no solo de nuestra relación amistosa con un océano por medio, sino también de la prodigiosa predisposición que tenía a cultivar la amistad repartida por varios continentes, a lo largo de sus casi noventa años de vida. Una longevidad, como la de Bruno Alonso, que le permitió asistir a multitud de acontecimientos, conocer a influyentes personalidades y tratar de continuo a gentes que no habían podido hacer otra cosa que vivir o sobrevivir.

-Más que hijo de un destino, soy superviviente de él… Estoy viviendo de propina.

Se consideraba un espíritu libre

Nos dijo al cumplir setenta y cinco años, mientras lo celebrábamos en su casa con otros piscis como eran los pintores mexicanos Raúl Anguiano Valadez (1915-2006) y José Luis Cuevas (1934-2017). Se consideraba un espíritu libre, dentro de todas las ataduras que la vida social nos impone:

-Creo haberme liberado de todas las tiranías mayores. Pero me queda una, que me acompañará hasta la muerte: la del autodidactismo.

Continuamente me enviaba toda clase de papelucos, acompañados de una breve nota invariablemente escrita a mano con su letra verde y cuidada. Cuando le preguntaba qué debería hacer con la cantidad de material suyo acumulado que convierte mi archivo en el segundo en importancia, sonreía cautamente. Pero a los demás amigos solía decirles:

Ramonín hará mi biografía.

Desgraciadamente, los tres avances biográficos que di a la imprenta no alcanzaron a encontrarle en vida. El primero fue “Rastros cervantinos en el joven Eulalio Ferrer Rodríguez” (2010) leído durante el XX Coloquio Cervantino Internacional. Homenaje a Don Eulalio Ferrer, en el majestuoso Teatro Juárez de Guanajuato; el segundo, en forma del libro titulado El novio de las linotipias (2011), publicado por la Asociación de la Prensa de Cantabria auspiciado por su presidenta María Ángeles Samperio Martín; y “Lalio, el chaval que soñaba con tener un periódicos propio”, por ahora último, fue incluido por Jorge de Hoyos Puente en su edición de Eulalio Ferrer: recuerdos e historias (2016). Todos se referían al Eulalio Ferrer niño, adolescente y joven, así que aún nos quedan otros muchos tramos de su larga y polifacética carrera, que irán siendo recorridos poco a poco.

Libro El novio de las linotipias | Foto: Archivo Saiz Viadero

 

Otro encargo que él también me trasladó fue su interés por convertir en imágenes cinematográficas el contenido de su libro Entre alambradas, a la sazón concedidos los derechos a una productora de la cual no había sabido nada más. Queda dicho, para que no se nos olvide.

Eulalio Ferrer Rodríguez falleció en México D. F. el 25 de marzo de 2009.

Nota bene.-El título de esta serie de artículos no es un mero enunciado literario fruto del desvarío personal de un casi octogenario. Quiere dejar constancia de las muchas lagunas que van inundando la memoria y, lo que es más flagrante, la paulatina desaparición de pequeños hechos datados anteayer. En la medida de lo posible iremos subsanando algunas ausencias y corrigiendo algunos errores, deslizados debido a la premura que a veces sigue caracterizando a la redacción de los trabajos. Es un mal de periodista que le acompaña a uno en el momento de la jubilación y, mucho me temo, que, si hay suerte, hasta en el de la desaparición. Viene esto a cuento porque en el trabajo anterior equivoqué dos de los apellidos de una de las personas mencionadas, así como su parentesco con una de las víctimas del bombardeo. Me refiero a la superviviente Pilar Goñi García (1907-1996) citada como Pilar Ayala Prado y hermana de Concepción Ayala Prado, cuando fue su cuñada postmortem. Y la calle que se menciona como Alonso Gullón es, en realidad, Sánchez Porrúa: aunque a ambas las une la palabra Alta, la primera estaba en la calle Alta y la segunda en el Paseo del Alta. Valga esto para rendir homenaje a las personas, cumplir con la verdad de la historia y tratar de que, si se reproduce el trabajo publicado, a su vez no se reproduzcan los errores detectados. También es una invitación a que se denuncie cualquier otra posible anomalía.

 

José Ramón Saiz Viadero.

 

Sobre J. Ramón Saiz Viadero 31 Artículos
Escritor, historiador, periodista, conferenciante. Especialista en historia de Cantabria y del cine español. Ha sido asesor cultural del Ayuntamiento de Santander, y concejal en las primeras elecciones municipales.

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