DE VERDUGOS, VÍCTIMAS Y CARROÑEROS

 

Todos nos estremecimos, indignamos, soliviantamos, hace veinticinco años con el vil asesinato del concejal de Ermua del Partido Popular Miguel Ángel Blanco. Todos excepto, por supuesto, los más cerriles y desalmados de la Izquierda Aberltzale que lo concibieron como solían concebir todos y cada uno de los crímenes de ETA; una muesca más en la culata de la 9mm Parabellum con la que anotaban todas sus proezas en su guerra contra el

 

 

 

 

 

Estado y, por extensión, de todo aquel que no compartiera su proyecto totalitario de conseguir la independencia del País Vasconavarro a las bravas para a continuación establecer un estado socialista, ni qué decir que también a
las bravas. Con todo, el asesinato de Miguel Ángel Blanco estuvo envuelto en unas condiciones tan dramáticas e insoportables, un burdo chantaje al gobierno español presidido entonces por José María Aznar para que accediera a lo imposible, o el Gobierno acercaba los presos de la banda terrorista a las cárceles del País Vasco o ejecutarían a Blanco antes de las 16 horas del sábado 12, que incluso muchos de los simpatizantes de la izquierda abertzale,
y no pocos de sus cargos, empezando por uno de los concejales de HB en el ayuntamiento de Ermua, se atrevió por primera vez a levantar la voz contra las intenciones de ETA. Y una vez más ETA demostró que su única razón de ser
era, no solo intentar doblegar la voluntad del Estado Español mediante golpes de efecto como el de secuestrar a un inocente y amenazar con matarlo en un plazo mínimo a sabiendas de que así estaba condenado de antemano, sino sobre todo aterrorizar a toda la sociedad española y por extensión a la vasca, por mucho que a ellos les costase concebirlo e incluso entenderlo, por muy desquiciado que fuera su premisa según la cual todo aquel vasco que no
compartiese, no tanto sus métodos como sus objetivos, no podía serlo, al menos no de verdad, todo lo más un español entre ellos independientemente de su lugar de origen o su arraigo y amor o no por la tierra que los vio nacer, un botifler de aquí al lado.

 

 

 

 

 

De resultas una movilización popular como no se había visto antes, cuando los asesinatos de ETA se recibían con igual de rechazo y asco, sí, pero estaban tan a la orden del día, sucedían de la manera tan inesperada como
periódica a la que la banda nos había acostumbrado después de décadas de actividad criminal, que, como ocurre en la práctica totalidad de las sociedades sometidas a la violencia criminal, y aquí da igual si política como en Irlanda del Norte y Palestina, o exclusivamente mafiosa como en Sicilia, Medellín, norte de México o en cualquier otra parte, que la mayoría de la gente que vive el día a día juzgaba que, como la solución no estaba en sus manos, lo único que podían hacer es seguir con su vida procurando comprometerse lo menos posible más allá de expresar su rechazo en petit comité. Pero aquel día no, aquel día, y sí, para qué engañarnos y sobre todo incidir en ello con la intención de reprobar a la mayoría hasta entonces indiferente o solo silenciosa cuando ya deberíamos haber asimilado que la condición humana es la que es y que por lo tanto no hay nada más humano que responder ante las injusticias a golpe de emociones y no de sesudas reflexiones, miles de ciudadanos salieron a las calles a unirse al clamor contra los asesinos como nunca antes lo habían hecho. Simple y llanamente explotaron de indignación, porque ya no podían más, una cosa era levantarse con la noticia del asesinato de un inocente el día anterior en manos de los de siempre como parte de lo que ellos llamaban “el contencioso” y el resto de la sociedad lo entendía como una guerra tan sectaria como arbitraria de ETA y la izquierda abertzale contra todos los que no comulgaban con ellos, y otro muy distinto un desafió directo con insoportables tintes chulescos retransmitido en tiempo real.
Fueron unos días escalofriantes con emociones a flor de piel, en especial vividos desde el País Vasconavarro donde mucha gente se puso delante de los cómplices de los asesinos a pie de calle por primera vez. Días
de rabia contenida para no desencadenar un amago de guerra civil respondiendo a las provocaciones cargadas de la chulería y la inclemencia al uso de los que durante décadas se habían adueñado de parte del espacio público para imponer su ley ante la impotencia o conformismo de una mayoría, la cual, insisto, solo pretendía seguir con su vida como en cualquier otra parte.
Pero claro, décadas de condescender con los chulos de la izquierda abertzale, de transigir con la manipulación de la realidad de ETA y sus cómplices en prácticamente todo, a destacar aquello de arrogarse la voluntad del conjunto de
la sociedad vasca para justificar sus desmanes, y sobre todo de desayunar a diario con sus crímenes o ser víctima de ellas en cualquiera de las medidas posibles, acabaron aflorando un malestar, un hartazgo, que hasta aquel día
solo había estado contenido.
Más tarde llegó el Pacto de Lizarra con el que los nacionalistas vascos de casi todas las sensibilidades decidieron confabularse para impedir que la tempestad desencadenada por la indignación ante el asesinato del concejal de
Ermua en manos de ETA acabara con ellos equiparando su ideario a los objetivos de la banda terrorista. Un error estratégico que además desembocó en el Plan Ibarretxe, un intento esencialmente ventajista del entonces
lehendakari de acabar con el terrorismo etarra dejándole sin argumentos políticos, pues se suponía que ETA dejaría de matar una vez que el Estado Español aceptara el plan de marras en el que se reconocía el derecho a la
autodeterminación de ese concepto tan subjetivo y al menos todavía indefinido llamado Pueblo Vasco (¿Quiénes somos los vascos, cuántos somos, qué territorios estarían sujetos a un hipotético referendo de autodeterminación? ¿La Comunidad Autónoma Vasca por separado o esta junto con Navarra¿ ¿E Iparralde, el País Vascofrancés? ¿Y si una parte cualquiera de la CAV como Álava decidiera por mayoría descolgarse de una Euskadi independiente, asociada o como fuera?). Un error que solo sirvió para dividir todavía más la
sociedad vasconavarra y además ofreció en bandeja al otro nacionalismo en liza, el español agrupado en la mayoría de los partidos llamados constitucionalistas con el PP y el PSOE a la cabeza, la excusa para poder demonizar al nacionalismo vasco como cómplice necesario, por acción u omisión, de ETA, al fin y al cabo compartían los mismos objetivos aunque los tiempos o los modos fueran distintos. Dicho de otro modo, gracias a ETA el nacionalismo español tuvo la excusa perfecta para convencer a su afición de que cualquier reivindicación política, histórica o ya solo identitaria, por parte del nacionalismo vasco era hacerle el juego a ETA; nunca lo tuvieron tan a huevo

 

 

 

 

 

con el recuerdo, no ya solo del asesinato de Miguel Ángel Blanco, sino de todas y cada una de las víctimas de ETA siempre presente en la memoria de la mayoría de los ciudadanos españoles y vascos. No, porque no existe nada más
efectivo para conmover a una sociedad entera como el recuerdo de los asesinatos de cientos de inocentes con el único fin de imponer un proyecto político por muy legítimas, a la par que discutibles, que puedan ser sus motivaciones dentro de lo que sería un sano debate democrático siempre y cuando no exista el chantaje violento de por medio.
Y en eso estamos, porque lo ocurrido durante estos últimos días durante los actos de conmemoración del 25 aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, la plana mayor de la derecha española con el PP a la cabeza, no ha dudado en utilizar una vez más el recuerdo de dicha efeméride con el único propósito de arremeter contra el actual gobierno de la coalición formada por el PSOE y Unidas Podemos. Un gobierno sostenido por los votos en el Congreso de pequeños partidos periféricos como los independentistas de ERC o Bildu, para muchos los herederos putativos de la Herri Batasuna de la época de Miguel Ángel Blanco, es decir, aquellos que entonces no solo no condenaron su asesinato sino que además lo justificaron como una consecuencia más de su famoso “contencioso”. Ahora bien, ¿de verdad es Bildu la sucesora directa de la HB de entonces? Pues en buena parte sí, al menos en toda la que ocupa el partido SORTU dentro de la coalición de izquierdas y abertzale/nacionalista

 

 

 

 

 

vasca, es decir de partidos como Alternatiba, Aralar, Eusko Alkartasuna y un buen número de independientes que siempre condenaron la violencia etarra –condición que olvidan a propósito y de continuo todos los medios que hacen alusión a Bildu como si fuera algo monolítico con el único fin de apuntalar la idea de que sí, en efecto, es HB con otro nombre-. Es en SORTU donde militan de verdad Arnaldo Otegi y la práctica totalidad de los que ya lo hacían en Herri Batasuna o bajo cualquiera de las siglas que adoptó la izquierda abertzale proetarra para intentar burlar la Ley de Partidos de Garzón que ilegalizó a HB en su momento. Sin embargo, ¿es o no es SORTU un partido político que, ahora sí, cumple con todas las exigencias de dicha ley, entre ellas un rechazo expreso a los métodos violentos para conseguir sus objetivos políticos? Es evidente que sí porque acompaña a Bildu en el Congreso de los Diputados de Madrid, así como en cualquiera de las instituciones del País Vasconavarra en
las que incluso detentó en su momento las alcaldías de ciudades como Pamplona o San Sebastián, y hasta la misma Diputación Foral de Gipuzkoa.
Pero todavía más, ¿acaso Arnaldo Otegi, el líder indiscutible de SORTU y principal portavoz de BILDU, y eso a pesar del rechazo que pueda provocar en la mayoría de la opinión pública española por su pasado como miembro de ETA con su paso por la cárcel y sus años de connivencia con la banda siendo también el portavoz de la HB de entonces, no es el máximo responsable, junto con el socialista Jesús Eguiguren, de un largo proceso de paz al que le debemos el cese de la actividad armada de ETA tras darse cuenta de que ya ni siquiera los suyos estaban dispuestos a seguir secundando sus crímenes porque exigían un cambio total de estrategia. ¿Acaso Otegi no lamentó en su momento, si bien que a título personal, el asesinato de Miguel Ángel Blanco, y lo ha seguido haciendo ya de un modo legal o institucional como líder de Bildu, incluso con una declaración “solemne” en octubre de 2021 en el Palacio Ayete de San Sebastián donde expresaba en nombre de toda la izquierda abertzale su pesar y dolor por el sufrimiento padecido por las víctimas de ETA, que, ha afirmado,nunca debió haberse producido Luego ya se puede discutir si nos creemos la sinceridad de dicho pesar y dolor, si lo que de verdad se necesita no es tanto una condena del daño hecho por ETA como de la existencia misma de esta, si ese pesar y dolor se tiene que materializar en la colaboración de ETA y sus cómplices de entonces en la dilucidación del nutrido número de crímenes pendientes de resolver. Y también, también hay situaciones propiciadas por militantes o simpatizantes de SORTU que ofenden al conjunto de la sociedad como su participación, cuando no organización, en los famosos Ongi Etorris o recibimientos populares a los presos de ETA excarcelados al más genuino estilo de lo que solía ser la norma en el pasado.
Acciones que no son sino resabios de ese pasado todavía tan cercano y que solo demuestra lo obvio, que nadie se acuesta odiando a todos aquellos que no piensan como él y sobre todo simpatizando con una organización terrorista,
y se levanta al día siguiente demócrata de toda la vida. Por lo que aquí una vez más lo de la condición humana, no todos los antiguos militantes de la izquierda abertzale tradicional han avanzado al mismo tiempo, o llegado a las
mismas conclusiones, con la rapidez y sobre todo clarividencia que lo han llegado a hacer Otegi y otros, como que a la izquierda abertzale no le falta ahora su inevitable grupúsculo disidente de irreductibles al estilo del que le

salió al movimiento republicano irlandés en su momento tras el famoso Acuerdo de Viernes Santo de 1998 en la forma de ese IRA auténtico que empezó y terminó con el atentado mortal de Omagh. Sin embargo, no nos
confundamos, todo eso son consideraciones subjetivas de cada cual que nada tienen que ver con la realidad legal e institucional según la cual BILDU es una coalición política que concurre a las elecciones con todas las de la ley y ocupa escaños en el Congreso de los Diputados gracias al respaldo de más de doscientos mil ciudadanos cuyo voto vale lo mismo que el de cualquier otro.
Un partido legal con todo el derecho de acuerdo a sus estrategias e intereses políticos para sostener o no a un gobierno también elegido libre y democráticamente.
¿Entonces a qué viene esta deslegitimación del gobierno Sánchez por apoyarse en los votos de Bildu para sacar leyes adelante como la última de la Memoria Histórica? Pues antes que nada porque a la derecha española no le
interesa ninguna ley a favor de la Memoria Historia bajo ninguna de las formas posibles porque, aunque lo nieguen de palabra, con sus hechos demuestran de continuo que se sienten o reconocen como los herederos siquiera
sentimentales, ya sea por cuestiones familiares, nostálgicas-ideológicas o como sean, de la dictadura franquista, puede que ya solo de ese franquismo sociológico que comparte con Mayor Oreja aquello de “¿Por qué voy a tener
que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias españolas que lo vivieron con naturalidad y normalidad? Era una situación de extraordinaria placidez.” Sin embargo, ahora tienen la excusa de los votos de Bildu, o lo que para ellos es lo mismo, o al menos intentan que así sea, los de los herederos de los cómplices de ETA, para arremeter contra el gobierno de Pedro Sánchez en su totalidad. Y sobre todo, tienen a gente como la hermana de Miguel Ángel Blanco para que, aprovechando un acto de conmemoración por el 25 aniversario del asesinato de este, se erija, en lugar de la voz más cercana e íntima del recuerdo de la víctima, en la portavoz del discurso político del Partido Popular para desacreditar ética y moralmente al legítimo gobierno de España por gobernar con los votos de un partido también legítimo como Bildu.

 

 

 

 

 

Un discurso que hace caso omiso, no ya solo de cualquier tipo de consideración legal, sino también a lo que durante décadas fue una reclamación de la mayoría de la ciudadanía vasca y que no era otra que la izquierda abertzale renunciara a su apoyo a la estrategia armada de ETA y apostara en exclusiva por las vías políticas para conseguir sus objetivos. El Partido Popular se carga simple y llanamente dicha reclamación histórica dando a entender que no hay propósito de enmienda posible por parte de la izquierda abertzale ya que ellos no están, ni estarán nunca, dispuestos a reconocer su legitimidad como agente político con el argumento de su responsabilidad o culpa moral es indeleble. Algo así como lo que acontecía con los conversos judíos, a los cuales no les bastaba con bautizarse
renunciando a su antigua fe, dado que el grueso de la sociedad española tampoco estaba dispuesta a reconocerles la sinceridad de su conversión, y de ese modo toda medida discriminatoria hacia ellos, toda merma de sus
derechos y libertades como ciudadanos, eran legítimas por parte de los cristianos viejos. Así pues, se diría que el Partido Popular y sus diferentes excreciones como Ciudadanos o Vox, parecen empeñados en hacer honor a
una de las tradiciones históricas más enraizadas en eso que se llama el imaginario colectivo español, me refiero a la intolerancia como principal guía de conducta en todo y en especial en lo público. Claro que, al igual que lo que
ocurría con los conversos judíos a los que se marginaba no tanto por prejuicios religiosos como por conveniencia por parte de los cristianos religiosos para evitar competir con ellos en muchos aspectos de la economía o la

 

 

 

 

 

administración, cada vez es más evidente que el PP pretende hacer otro tanto con fines exclusivamente partidistas. Y del mismo modo que antaño se aprovechaba la buena fe de la gente más humilde e ignorante para estigmatizar a los conversos judíos, ahora toca hacer otro tanto con todo lo relacionado con la izquierda abertzale, intentando convencer al conjunto de la sociedad española de que la sinceridad democrática de esta no lo es tanto,
que siguen siendo los mismos lobos bajo pieles de cordero. Eso y el recurso al sentimentalismo más burdo posible utilizando a víctimas a sueldo del partido como la hermana de Miguel Ángel Blanco con el único fin de propagar un discurso que apela en exclusiva a las emociones más básicas y no deja resquicio alguno a una visión más amplia de las cosas como aquella en la que cualquier persona con dos dedos de frente ve una España sin terrorismo
etarra y una izquierda abertzale reconvertida a la legalidad democrática. Eso y una sociedad vasconavarra en proceso de cauterización de sus heridas, lo cual en ningún momento significa que una parte de ella renuncie a sus
objetivos soberanistas bajo la forma que sea, tal y como parece que les gustaría a algunos como condición previa para aceptar dicha normalidad, sino más bien la aceptación del otro ya no como un enemigo sino como un simple
adversario, alguien con el que poder discutir de todo desde el respeto y sobre todo sin llegar a las manos, alguien con el que también disfrutar los logros que, pese a todo, hemos conseguido como sociedad tras décadas de violencia
desde un lado y otro. Pero claro, no parece que esto sea precisamente lo que a la derecha española, el PP en

 

 

 

 

 

particular, le interesa, ni reconciliación ni arrepentimiento por parte de los implicados en los desmanes del pasado,
todavía menos una sociedad vasca pacificada o reconciliada que no puedan exhibir como resultado de las políticas de los pérfidos nacionalismos vascos y otros enemigos de España. Ellos necesitan enemigos a toda costa para
enaltecer el pujo patriótico de su grey en el conjunto de España, allí donde saben que la razón no tiene lugar porque priman las pasiones más bajas, la España más rancia e intransigente concebible para la que todo cambio es una traición a esa idea sacrosanta y perversa de la unidad de destino en lo universal y en la que la democracia brilla por su ausencia porque con lo sagrado no hay posibilidad de discusión alguna. Por eso sacan a pasear sus
particulares santos y vírgenes en procesión cuando llega la temporada de las elecciones, para que la masa de creyentes renueve así su devoción por el chantaje emocional que hace imposible cualquier política que no favorezca los intereses del nacionalismo español más recalcitrante. De ese modo advierten de que cualquier contacto o connivencia con los que ellos acusan por principio de ser los herederos de ETA es pecado mortal o casi. Poco importa que eso mismo salga de la boca de uno de sus senadores y miembro de la ejecutiva

 

 

 

 

 

del actual candidato a la presidencia de España, Alberto Núñez Feijoo, me refiero, porque no puedo dejar de señalarlo, a Javier Maroto Aranzabal, el cual siendo alcalde de Vitoria-Gasteiz firmó repetidos acuerdos con EH Bildu para conseguir sacar adelante sus presupuestos cuando todavía ETA seguía
matando:No me tiemblan las piernas para llegar a acuerdos con nadie. Y creo que eso es bueno. Ojalá  sucediese en más foros. Ojalá cundiese el ejemplo. Eso, por supuesto, antes de irse con los concejales “proetarras” de
vinos tal y como es bien sabido por todos los vitorianos.
De ese modo el PP y sus adláteres no han dudado en apropiarse de la memoria de las víctimas de ETA, relegando al olvido, por supuesto, a todas aquellas que haya podido originar la guerra sucia del Estado, como las del GAL y otras organizaciones criminales, o los casos perfectamente documentados de torturas por parte las fuerzas policiales del Estado, también aquellas del 11M que se negaron a secundar la teoría de la autoría de ETA que intentó extender el PP en un primer momento, e incluso arremetiendo contra aquellas que se han negado a seguirles el juego como en el caso de la viuda de Juan M. Jauregui, Maixabel Lasa. Una memoria a mayor gloria de los intereses electorales del PP, justo lo que achacan al resto de las partidos políticos y organizaciones civiles que reclaman que se repare la memoria de las víctimas de la represión franquista con la excusa de que solo lo hacen para crear división entre los españoles por puro revanchismo. En cualquier caso, nada que no se vea a la legua cuando se trata del PP porque para ellos siempre hay víctimas de primera y otras de segunda, eso ya a conveniencia.

Txema Arinas
Berrozti, 13/07/2022

Sobre Txema Arinas 11 artículos
Escritor español (Vitoria-Gasteiz, 1969). Reside en Oviedo. Licenciado en historia y geografía por la Universidad del País Vasco. Ha vivido en Francia, Irlanda y Venezuela, y aprendió varios idiomas. En los últimos años ha trabajado como profesor de secundaria y además ha desempeñado diversos cargos en la empresa privada. Ha publicado las novelas Los años infames (2007), Gaitajolea (2007), Anochecer en Lisboa (2008), Euskara Galdatan (2008), Maldan Behera Doa Aguro Nire Bihotz Biluzia (2009), Zoko Berri (2009), El sitio (2009), Azoka (2011), Borreroak baditu hamaika aurpegi (2011), Muerte entre las viñas (2012), Como los asnos bajo la carga (2013), En el país de los listos (2015), Testamento de un impostor (2017), Historias de la Almendra (2018) y Los tres nudos (2019), y los ensayos Sabino Arana o la identidad pervertida (2008) y El imposible perdido (2012). Ha colaborado como articulista en el periódico Berria, las revistas Grand Place y Hegats, las revistas digitales Solo Novela Negra y Zubyah, de la asociación cultural Punica Granatum.

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