Día Grande


Hoy era un día grande, además de la enfermera y él doctor percibí otro olor diferente era el de la sangre de Andrea. Me resultaba conocido, pero no era capaz de recordarlo, aunque tenía algún matiz que lo diferenciaba.
Además, todos los corazones palpitaban a un ritmo más acelerado, lo que hacía que el mío empezara a seguirles para no descompasar.
-Cuarto hoy conocerás tú destino, todo dependerá del resultado de la operación.
Te vamos a soltar las correas, pero antes quiero que sepas, que te hemos instalado dos pequeñas válvulas en las venas cavas, la superior e inferior. Con un pequeño receptor vinculado a este móvil, al menor gesto de insubordinación, mandaré una señal y las válvulas se cerrarán, la sangre dejará de fluir y tú morirás en menos de un minuto. Así que quiero tú colaboración.
-Doctor se equivoca en una cosa, hoy está en juego el destino de todos nosotros.- dijo Andrea.
-Perdonen, no sé cuánto llevo aquí, el tiempo nunca ha sido un problema para mí, así que él y yo nos llevamos bien, aunque nunca he sabido calcularlo.
Se creen que por haberme salvado pueden hacer con mi vida lo que quieran, me han tratado peor que a un animal de laboratorio.
Quería poner fin a mi vida, no tenía ningún sentido, pero gracias a vosotros he recuperado las ganas de vivir. Me habéis dado un motivo y no pararé hasta conseguirlo.
Me soltaron las correas, levanté las manos en demostración de que iba a colaborar. La enfermera se acercó y con mucho cuidado me fue soltando las vendas. A cada vuelta que daba notaba un cosquilleo dentro de los parpados. Cuando acabó, mis ojos se clavaron en ella, pude oler su miedo, estaba asustada y eso me excitó. Le agarré la mano y con el forcejeo por soltarse, le rocé con la uña de mi dedo pulgar su frágil muñeca. Cayó al suelo y en un instante se formó un charco de sangre por el cual se le escapaba la vida.
-¡Es un asesino!- dijo el doctor.
Se agachó para auxiliar a la enfermera, pero el ojal que tenía en la muñeca era imposible de tapar.
El doctor cogió él móvil y al segundo noté que mi corazón empezaba a pararse.
-Paré doctor, lo necesito, ya no se puede hacer nada- dijo Andrea apuntándole con la pistola.
Lo último que recuerdo fue el sonido de un disparo.
Alberto Allen
Sobre Alberto Allen del Campo 8 artículos
Escritor de relatos

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