¿Dónde está Venezuela?

 

Como todos ya sabemos, el chavismo es el nombre que se le da al movimiento político de orientación socialista y bolivariana liderado por el militar y político venezolano Hugo Chávez Frías, el cual, tras el fallido golpe de estado
de febrero de 1992 y en especial tras la salida de la cárcel de su principal cabecilla, el propio Chaves, constituye el Movimiento Quinta República y gana las elecciones presidenciales de 1998 con el 56,5% de los votos y la promesa de cambiar la constitución de 1961 por medio de un proceso Constituyente. A partir de ese momento se sucedieron los gobiernos del presidente Hugo Chávez, todos ellos refrendados en las urnas, si bien que con no pocas dudas acerca de la limpieza de los diferentes procesos electorales. Durante todo ese tiempo el comandante Chávez promulgó una nueva constitución en 1999 llamada bolivariana con el propósito de servirse de ella para instaurar su proyecto de Socialismo del siglo XXI, una alternativa al socialismo clásico del bloque soviético y los regímenes chino o cubano, que el propio Chávez denominó en un primer momento como una tercera vía no muy distinta de la promulgada por el propio Tony Blair en su momento. Con el tiempo, ese intento de encontrar un tercer camino entre un socialismo de nuevo cuño sin definir y el liberalismo al uso que había caracterizado los gobiernos de la oligarquía venezolana que durante siglos había condenado al ostracismo político y sobre todo económico a más de las tres cuartas partes de los venezolanos, pareció concretarse en un intento de garantizar el acceso de esa parte de la población históricamente excluida a los beneficios obtenidos del petróleo, al mismo tiempo que se respetaba la propiedad privada y se garantizaba el libre mercado, siquiera ya solo sobre el papel, porque el intervencionismo del estado iba en aumento.

 

 

 

 

 

 

En la práctica, el chavismo se convirtió con Chávez en un sistema de asistencia social a las clases populares sostenido gracias a los dividendos del petróleo, los cuales pudieron asegurar durante mucho tiempo una economía dual. Se trató, por lo tanto, de un socialismo asistencial para una parte de la población en cuyo nombre se gobernaba en exclusiva con una retórica revolucionaria que remetía a Cuba como modelo y un patriotismo que recuperaba la figura del libertador Simón Bolívar como personaje mitificado al que se le rendía un culto semirreligioso, y un capitalismo tradicional para las clases medias productivas en un país que seguía dependiendo de las importaciones para abastecerse de lo básico. Todo ello hasta que el descenso de los precios del petróleo puso en peligro esa economía asistencial y obligó al chavismo a intervenir cada vez más en la economía al mismo tiempo que aumentaba su presión sobre las clases medias que les eran desfavorables en
su inmensa mayoría y a las que el chavismo enfrentó con el resto de la población compuesta por la masa de desheredados cuyo estado de postergación socioeconómica dentro de la sociedad venezolana procedía directamente de los tiempos de la colonia. Dicho de otra manera, las castas “coloradas” de descendientes de esclavos negros, mulatos, indios y mestizos que habían vivido al servicio de la oligarquía criolla antes y después de Independencia del Reino de España, y a las que con el tiempo se sumaron miles de inmigrantes de origen europeo y otros que fueron llamados por el gobierno venezolano con el deseo expreso y confeso de “blanquear” el país, pues la confianza de dicha oligarquía criolla en las capacidades de las clases populares venezolanas para ser instruidas con el propósito de contribuir al progreso del país era prácticamente nula. De ese modo, tanto con la caída de los precios del petróleo, pues el chavismo no había hecho otra cosa que perpetuar la dependencia de la economía venezolana

 

 

 

 

 

de su venta gracias a la abundancia de la que todavía disfruta el país y que lo convierte en uno de los mayores productores del mundo, si bien que con la única diferencia de que ahora los beneficios no se repartían en exclusiva entre la susodicha oligarquía sino que eran destinados en teoría por el gobierno para mejorar las condiciones de vida de las clases populares, como con la deriva autoritaria de Chávez en su cruzada particular contra aquellos que denominaba como “escuálidos” y a los que acusaba de sabotear su proyecto revolucionario por puro egoísmo de clase, el régimen fue evolucionando hacia el enésimo ejemplo de caudillismo populista latinoamericano en el que todo gira alrededor de la figura de un líder supremo, en este caso Chávez, por muy de izquierdas que fuera. Con todo, la situación se ha torcido todavía más tras la muerte de Chávez y la llegada a la
presidencia de su sucesor, Nicolás Maduro, el cual se vio obligado a hacer verdaderos equilibrios tanto económicos como políticos para evitar un descalabro definitivo del chavismo a pesar de lo crudo de una coyuntura
adversa que no ha hecho sino agravar los problemas endémicos del país, ya sea la dependencia de las importaciones para abastecerse, la corrupción sistematizada que con la llegada del chavismo encontró en la nueva clase dirigente el sustituto perfecto para los que habían sido los gobiernos anteriores a Chávez acusados de estar corrompidos hasta el tuétano, una delincuencia que ha hecho de Venezuela el país más peligroso del mundo, y lo que nunca antes podía haber imaginado el nativo de unos de los países mejor dotados por la naturaleza que se puede imaginar: el hambre.


De ese modo, el socialismo de inspiración chavista se ha convertido no solo en un modelo fallido en lo económico, no es capaz de abastecerse de lo básico, y también en lo social, una sociedad fracturada en dos bandos irreconciliables cuya respectiva hostilidad hacen prácticamente imposible acuerdo alguno en beneficio del conjunto del país, sino también en el enésimo ejemplo de pesadilla autoritaria resultante de querer ofrecer el paraíso sin saber cómo o a costa de quiénes o qué.
En cualquier caso, hablamos de un modelo fallido al que se recurre en otros países para desautorizar determinadas políticas de la izquierda alternativa. Ese ha sido también el caso en España desde que la crisis económica de 2008 y en especial las medidas tomadas por el gobierno de PP de Mariano Rajoy para hacer frente a esta originaron la respuesta popular que acabó materializándose en el Movimiento 15-M, surgido de la manifestación del 15 de mayo de 2011, convocada por diversos colectivos, donde después de que varios grupos de personas decidieran acampar en plazas de diferentes ciudades de España esa noche de forma espontánea, se produjeron una serie
de protestas pacíficas en España, con la intención de promover una democracia más participativa alejada del bipartidismo PSOE-PP (binomio denominado PPSOE) 4 ​ y del dominio de bancos y corporaciones, así como una «auténtica división de poderes» y otras medidas con la intención de mejorar el sistema democrático. Reivindicaciones

 

 

 

 

 

que fueron capitalizadas por Podemos, el movimiento político fundado por un grupo de profesores de la facultad de Políticas de la Complutense encabezados por Pablo Iglesias. A Podemos se le acusó desde un primer momento desde los partidos y medios de comunicación del llamado Régimen del 78 de ser una alternativa populista cuyo principal referente o inspiración no era otro que la Venezuela de Chávez y por ende también la de su sucesor, Nicolás Maduro. Se trataba, por supuesto, de una equiparación cogida por los pelos dadas las sustanciales diferencias que existen entre una sociedad hispanoamericana como la venezolana, donde impera la polarización social porque apenas existe una clase media entre la gran masa de ciudadanos a un lado y otro del límite con el umbral de la pobreza y una clase dirigente y productiva, o al menos que aparentan serlo, cuyo nivel de vida de acuerdo a su poder adquisitivo e influencia social sería considerada en Europa propio de las élites, y esa otra de España cuyas características son perfectamente homologables a las de cualquier otra
sociedad de su entorno euro-occidental. La primera es una sociedad cuyo modelo sigue las pautas del liberalismo estadounidense, y la segunda el de las sociedades de bienestar que, de momento, son la principal y más valiosa seña de identidad de los países de la Unión Europea. De hecho, la principal queja de la gente que participaba en las protestas del 15-M no era otra que el empobrecimiento de la mayoría de las clases medias españolas inducido por
los ataques del PP al sistema de bienestar con la escusa de combatir la crisis económica del 2008.

 

 

 

 

 

Una crítica burda, sí, y sobre todo poco creíble a tenor tanto de la estructura socioeconómica del país europeo y occidental que es España como de su cultura política, nada más alejada del clásico caudillismo latinoamericano
basado casi en exclusiva en el apego de las masas a las figuras de tipo mesiánico redentor como el propio Chávez; pero, lo suficientemente presente a todas horas y en todas partes, gracias a la debida campaña mediática azuzada
desde el sistema que sostiene el bipartidismo surgido desde la Transición, como para que fuera calando poco a poco entre los sectores de la población menos instruidos o más inclinados a creerse lo que les conviene con el único objetivo de afianzar así sus prejuicios ideológicos. Sin embargo, el sorprendente e inesperado éxito de Podemos en las elecciones al Parlamento Europeo de mayo de 2014, en las que la formación de Pablo Iglesias obtuvo nada más y nada menos que cinco escaños en su primera contienda electoral, y ya muy en especial los 42 escaños de 350 obtenidos en las elecciones generales de diciembre de 2015, hicieron saltar todas las alarmas. Ya no se trataba solo de desprestigiar a la formación morada procurando que la mayor parte posible de la opinión pública española la identificara con los gobiernos de la llamada izquierda populista que habían surgido al otro lado

del charco, gobiernos de muy diferente índole que iban desde el Uruguay del carismático presidente Mújica al cada vez más repudiado Nicolás Maduro, pasando por el siempre acorralado gobierno brasileño de Dilma Rousseff y los no menos vilipendiados del ecuatoriano Rafael Correa, el boliviano Evo Morales o el nicaragüense Daniel Ortega. Ahora se trataba de ir a degüello contra Podemos utilizando la carta venezolana que, además, varios de los principales dirigentes de Podemos ponían en bandeja al sistema del bipartidismo español dadas las relaciones que estos habían tenido en el pasado con varios de los gobiernos anteriormente citados en calidad de asesores políticos. Hablamos de destacados miembros de la formación morada como el número tres de Iglesias, Juan Carlos Monedero que llegó a asesorar al gobierno venezolano con trabajos por los que había cobrado casi medio millón de euros. También de Iñigo Errejón, el cual realizó su tesis doctoral sobre la Bolivia de Evo Morales, o la participación del propio Errejón e Iglesias en el Encuentro Latinoamericano Progresista en Quito impulsado por el gobierno chavista y sus aliados. Se trataba, por lo tanto, de aprovechar esos vínculos con regímenes de dudosa calidad democrática como el chavista a pesar de lo fugaz e incluso lo
infructuoso de la relación contractual entre los profesores universitarios y los susodichos gobiernos latinoamericanos. Pero, sobre todo, se trataba de crear vínculos más allá de lo exclusivamente académico o exclusivamente laboral para poder llevar a los tribunales a los dirigentes de Podemos con la inestimable colaboración de jueces y fiscales dispuestos a todo con tal de defender el sistema del que se consideran uno de sus principales pilares. Es entonces cuando comienza lo que se ha dado en llamar en ensañamiento judicial contra Podemos y que consiste básicamente en retorcer la realidad todo lo que sea necesario por parte de jueces y fiscales con el único objetivo de poder abrir causas contra la formación morada incluso a sabiendas de que no llegarán a ninguna parte, con la excepción, claro está, de las portadas en los medios afines al sistema durante el tiempo que dure el proceso, lo cual hace sospechar que el principal objetivo de dicho ensañamiento judicial sea esto
último y no otra cosa. Es así como surgen causas judiciales contra miembros de Podemos como el de la financiación irregular del partido por parte del gobierno venezolano. Una causa que fue archivada por falta de pruebas en
2016, la cual, sin embargo, fue reabierta años más tarde por el juez Manuel García-Castellón amparándose en las revelaciones hechas por exjefe de los servicios secretos de Venezuela, Hugo “El Pollo” Carvajal, en lo que parece un intento desesperado de este último por evitar una extradición a Estados Unidos para ser juzgado por narcotráfico, colaborando con la justicia española en su guerra sucia contra Podemos. Por si fuera poco, hablamos de un juez, García- Castellón, que no solo ha destacado por abrir otras causas contra Podemos como el de la tarjeta de la colaboradora de Pablo Iglesias, Dina Bousselham, la cual fue repetidamente desestimada a pesar de todos los artificios del citado juez para mantener viva la causa, sino que además ha sido acusado por sus
propios colegas de la judicatura por hacer algo tan feo como ilegal en derecho llamado “persecución prospectiva”, consistente en encausar a un inocente sin indicios previos pero con el propósito de que encontrar estos como resultado de una investigación. Y quien dice García-Castellón también podría decir el juez Juan José Escalonilla y sus investigaciones por el caso Neurona o ese otro todavía más ignominioso llamado de la Niñera y que consistió básicamente en enjuiciar a dos mujeres por haber acunado a los bebés de Pablo Iglesias e
Irene Montero tras una denuncia de una abogada de VOX en la que se decía que dichas mujeres habían trabajado de niñeras sin contrato. En cualquier caso, causas que, insisto, han sido desestimadas una tras otras por falta de
pruebas, pero que han servido para copar titulares de los medios al servicio del sistema que no han dudado en hacer categoría de toda anécdota relacionada con Podemos, como que servidor está convencido de que si uno de los
miembros de la formación morada hubiera estado acudiendo durante meses a un restaurante venezolano a comer arepas, eso también habría sido motivo de escándalo y hasta de denuncia judicial como prueba más que irrefutable de las conexiones de estos con el régimen de Nicolás Maduro.

¿Pero por qué está insistencia en relacionar a Podemos con Venezuela y no con otros gobiernos con los que algunos de sus miembros tuvieron relaciones en algún momento como los gobiernos u organismos públicos y
privados de Bolivia, Colombia, Ecuador o México? Relaciones, no lo olvidemos, completamente legales dentro de lo que era su trabajo de asesores políticos que ofrecían sus servicios a aquellos que los requerían. Pues ni más ni menos porque en ese momento se estaba dando la tormenta perfecta para que todo lo que estuviera relacionado con Venezuela fuera motivo de escándalo. Ya fuera por el descrédito democrático del gobierno de Nicolás Maduro tras las elecciones de presidenciales del 14 de abril de 2013, cuando el candidato de la oposición Enrique Capriles impugnó el resultado y pidió un conteo del 100% de los votos con acusaciones de fraude, un hecho que no se había dado en ninguna de las elecciones anteriores que habían dado la victoria a Hugo Chávez.

Por si fuera poco, en diciembre de 2015

 

 

 

 

 

 

la oposición venezolana obtiene una amplia victoria en las elecciones parlamentarias que le otorgan el control de la Asamblea Nacional. Desde ese momento surge un serio enfrentamiento entre el poder ejecutivo y el legislativo que desemboca en la proclamación por parte de la Asamblea Nacional de un presidente provisional en la figura de Juan Guaidó, el cual es reconocido inmediatamente por Estados Unidos y, cómo no, la mayoría de los gobiernos europeos de la Unión Europea y demás países tributarios de la política estadounidense a lo largo y ancho del globo terráqueo. Se trata de una evidente maniobra por parte de los Estados
Unidos para desestabilizar Venezuela reconociendo un gobierno paralelo al de Maduro con el único propósito de acelerar la convocación de unas elecciones presidenciales donde el chavismo sería hipotéticamente derrotado, no tanto a causa el conflicto político en exclusiva como también, cuando no principalmente, por la crisis económica provocada por el bloqueo inducido por EE.UU y la caída de los precios del petróleo, la cual ha llevado al país a una parálisis en casi todos los aspectos de la vida diaria. Una crisis no solo de abastecimiento sino también de seguridad, la cual ha provocado el éxodo de miles de venezolanos, pertenecientes en su inmensa mayoría a las vapuleadas
y ya de antemano mermadas clases medias del país, a otros países ante la práctica imposibilidad de ganarse la vida en el suyo.

De ese modo, y a diferencia de otros países latinoamericanos gobernados por la izquierda filochavista como Bolivia, Brasil o Ecuador, los cuales no solo resistían los intentos de sus respectivas oligarquías en conjunción con los servicios secretos estadounidenses para sabotear sus políticas de reparto de la riqueza y reformas democráticas, sino que además habían conseguido crecer económicamente gracias a la óptima explotación de sus recursos, Venezuela se despeñaba por un pozo oscuro hacia el que nadie quería asomarse por si acaso. De modo que no había peor ejemplo de caos político y económico que el gobierno de Nicolás Maduro, tanto que cualquier simpatía hacia el mismo era tachada, y con no poca razón, como connivencia con un régimen dictatorial en lo político y completamente inoperante en lo económico, un régimen además corrupto hasta la médula –en el cual además no faltaban acusaciones de narcotráfico entre muchos de sus altos cargos, como en el caso del antes citado exjefe de los servicios secretos venezolano, “El Pollo” Carvajal, y actual chivato al servicio de las cloacas del estado español-. Un régimen del que no solo renegaba buena parte de la hasta entonces oficialidad chavista –si bien muchos de ellos acusando a Maduro de haberse desviado del proyecto revolucionario de Hugo Chávez instituyendo una especie de burguesía chavista que apenas se distinguía de esa otra de los “escuálidos” a los que vilipendiaba a diario el Comandante-, sino también el propio Podemos en razón de lo que denominaban deriva autoritaria.
De ese modo, Venezuela parecía ser noticia diaria en los medios españoles por cualquier motivo. Daba igual si los medios en cuestión eran de los que se alineaban sin dudarlo, y sobre todo sin recato, con los intereses de
las élites españolas, con el IBEX-35 y por el estilo, sino también en esos otros presumiblemente a la izquierda, siquiera solo progresistas, como la Sexta, la cual parecía tener a sus periodistas más destacados y famosos, Ferreras y un tal Évole a la cabeza, a jornada completa para hablar de Venezuela y sus problemas, incluso para entrevistar al propio Maduro haciendo pasar el periodismo esencialmente tendencioso por atrevido, al mismo tiempo que ellos o sus colaboradores aprovechaban para recordar las pasadas conexiones de los de Podemos con el chavismo.

 

 

 

 

 

 

 

Y de repente ya no se habla de Venezuela en la prensa española. En concreto desde que estalló la guerra de Ucrania con la invasión rusa, se aprobaron medidas de boicot contra la autocracia del pequeño zar Vladimir
Putin y este aprovechó la dependencia energética de muchos de los países de la Unión Europea del gas ruso para presionar a los aliados de sus enemigos no solo ucranios, sino sobre todo estadounidenses. Todavía más, con el auge imprevisto de los precios del petróleo a causa de la guerra de Ucrania a Estados Unidos no le queda otra opción que levantar el boicot a las importaciones del petróleo venezolano, tanto a su país como al de aquellos
países vasallos que se habían sumado a dicho boicot, y es entonces cuando el chavismo desaparece de las portadas como el esperpento antidemocrático responsable de la bancarrota de uno de los países con mayores recursos
naturales del mundo. Un hecho inesperado que no solo ayuda a que el petróleo que había sostenido en el pasado las políticas revolucionarias, o al menos que pretendían pasar por tales, de Hugo Chávez vuelva a ser el que sostenga el desacreditado gobierno de Maduro, sino que además demuestra que mucha de la culpa de ese desastre económico había sido inducido no solo por los errores de los dirigentes chavistas, sino también por el boicot estadounidense y todos los tejemanejes resultantes de la injerencia del país norteamericano en los asuntos de un país supuestamente soberano como Venezuela.
Y quien habla de la injerencia de Estados Unidos para desestabilizar Venezuela, hecho que para nada resta una pizca de culpa al gobierno de Maduro en su praxis antidemocrática y su insostenible proyecto económico de
obstinarse en la senda del monocultivo petrolífero, habla también de toda la artificiosidad y malevolencia que ha existido en los repentinos intentos de relacionar a Podemos, y por extensión a toda aquellas opciones políticas a la
izquierda de esa segunda pata esencialmente monárquica del bipartidismo surgido de la Transición, el PSOE, con el régimen venezolano. Ni más ni menos que dando a entender, insisto que solo para aquellos más ingenuos o indocumentados, así como los cínicos dispuestos a creerse lo que les conviene, que España corría el riesgo de convertirse en una segunda Venezuela en el caso de que Podemos, o las coaliciones de las que esta
formará parte, llegaran algún día al poder.

 

 

 

 

 

Venezuela desaparece de los titulares tras haberlos protagonizados durante años como si no hubieran existido en el mundo otros regímenes igual o más autoritarios, corruptos y en bancarrota, tanto a izquierda como a derecha,
merecedores de semejante privilegio. Ahora toca centrarse en el peligro que supone la autocracia rusa para la llamada paz mundial, la cual, mira tú qué cosas, coincide en la práctica con lo que podríamos denominar “pax
americana”, y que es en la práctica, por mucho que nos incomode a algunos dada la subordinación de nuestros países a los intereses de otro más poderoso y no digamos ya la impunidad de sus crímenes contra los derechos humanos, la única que garantiza de momento la estabilidad democrática y económica que, pese a todos, seguimos disfrutamos en nuestra parte del mundo.
Así que ya sabemos dónde se encuentra ahora Venezuela. Ni más ni menos que donde ha estado siempre, en la agenda de los intereses de Estados Unidos y sus aliados. Solo que ahora no consta en primera línea como un país
con un gobierno al que batir de alguna u otra manera, a ser posible indirectamente porque el riesgo de intervenir a lo bestia en un país tan grande abriría un frente tan peligroso como impredecible, no estamos hablando del Chile de Allende, la Guatemala del presidente Árbenz, el Panamá de Ortega o la isla de Granada, ni siquiera de uno con una oposición tan fuerte, con una oligarquía dispuesta a todo, como en el caso de Brasil o Bolivia, para provocar una destitución presidencial con la ayuda de los jueces al servicio de esta, o
para dar un golpe de estado a la boliviana del que la plana mayor de los medios occidentales hablarán como un mal menor, o callarán como las putas que son a todos los efectos cuando se trata de denunciar a quien puede
hacerlos callar para siempre porque para algo los financia. Venezuela ya no es una prioridad para los medios, lo cual no significa que los pecados del gobierno de Nicolás Maduro hayan sido perdonados por el tío Sam. Solo ha pasado a un segundo plano, y por eso la noticia de estos últimos días de que la Corte de Gran Bretaña ha fallado a favor de Guaidó en la disputa por el oro de Venezuela en el Banco de Inglaterra, aparece en la prensa como una más de las que afecta a países de dudosa credibilidad democrática y con una conflictividad social que en el fondo nos es tan extraña a los españoles por mucho que nos estemos todo el día tirando los trastos a la cabeza. Una noticia a la que ya no pueden recurrir las cloacas del estado español para pergeñar con la colaboración de los fiscales y jueces en nómina sus campañas judiciales, aunque insisto que con un propósito esencialmente

 

 

 

 

 

mediático, contra Podemos –y eso como si la formación morada no se hubiera valido por sí misma durante todos estos años para auto desacreditarse frente a su electorado potencial como resultado de sus repetidos y asombrosos errores estratégicos o ya solo de imagen- porque ya no nos conviene mal disponerse con un país cuyo petróleo resulta imprescindible para hacer frente al desaguisado económico originado por el hasta hace cuatro días honorable líder
ruso. Pero, sobre todo, una noticia que nos habla de un país hermano al que podemos seguir mirando con indiferencia, cuando no con fingida y hasta paternalista resignación, porque ya sabemos que fuera de las fronteras de
nuestro hemisferio occidental, incluso más allá de las Islas Canarias hacia el suroeste, y con muy contadas excepciones, el mundo es una porquería y siempre lo será.

Txema Arinas
Oviedo, 10/08/2022

Sobre Txema Arinas 15 artículos
Escritor español (Vitoria-Gasteiz, 1969). Reside en Oviedo. Licenciado en historia y geografía por la Universidad del País Vasco. Ha vivido en Francia, Irlanda y Venezuela, y aprendió varios idiomas. En los últimos años ha trabajado como profesor de secundaria y además ha desempeñado diversos cargos en la empresa privada. Ha publicado las novelas Los años infames (2007), Gaitajolea (2007), Anochecer en Lisboa (2008), Euskara Galdatan (2008), Maldan Behera Doa Aguro Nire Bihotz Biluzia (2009), Zoko Berri (2009), El sitio (2009), Azoka (2011), Borreroak baditu hamaika aurpegi (2011), Muerte entre las viñas (2012), Como los asnos bajo la carga (2013), En el país de los listos (2015), Testamento de un impostor (2017), Historias de la Almendra (2018) y Los tres nudos (2019), y los ensayos Sabino Arana o la identidad pervertida (2008) y El imposible perdido (2012). Ha colaborado como articulista en el periódico Berria, las revistas Grand Place y Hegats, las revistas digitales Solo Novela Negra y Zubyah, de la asociación cultural Punica Granatum.

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