EL LADO BUENO DE LA HISTORIA

El 7 de febrero de 1937 era domingo de Carnaval. España estaba en guerra, desde que el verano anterior las derechas ejecutaran, de mano de los más sádicos generales curtidos en la guerra de Marruecos, el final de la república. Las tropas marroquíes habían aterrizado en la península en aviones de Hitler y Mussolini, y su ayuda había sido fundamental para aniquilar a miles de campesinos en Badajoz, símbolo de la reforma agraria, a la orden del general Yagüe. Los fascistas llegaron a Málaga en su avance por Andalucía dirigidos por Queipo de Llano, quien llamaba a violar a las malagueñas y a asesinar a diez civiles por cada sorbo de cerveza que él tomara a su llegada a la calle Larios. “¡Malagueños, maricones, ponedle pantalones a la luna!”, había proclamado por la radio antes de llegar.
Hasta 300.000 personas tomaron el único camino posible de huida: la carretera por la costa hacia Almería. Quienes, entre la marabunta, solo llevaban unos pantalones bajo el sol eran los miles de niños que avanzaban, muchos de ellos descalzos. Las niñas caminaban con sus vestidos anchos. En el mar se avistan tres barcos del Ejército español. Uno de ellos es el crucero Baleares, que abre fuego contra la columna de refugiados. Paul Preston estima en 12.800 los civiles asesinados por los bombardeos por tierra, mar y aire.
El horror aterroriza al médico canadiense Norman Bethune, que viaja desde Valencia para trasladar a salvo en su furgoneta a los más vulnerables durante tres días con sus tres noches. En su diario cuenta que ve “la más terrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos”. Bebés en brazos, amamantando de una madre que yace muerta, ancianos que se quedan en el borde del camino a esperar la muerte… imágenes que se quedan en los supervivientes como huellas invisibles de un dolor fantasma, puesto que el régimen impone el olvido obligatorio. Y que solo gracias a las fotografías del equipo de Bethune, recuperadas en los últimos años, podemos ver.
También gracias al trabajo de grupos por la memoria democrática se han recuperado testimonios de algunos supervivientes, que narran historias como la de hombres que, en plena desesperación, dispararon a sus mujeres y sus hijas, antes de pegarse un tiro, con tal de no seguir viviendo el horror que generaban los ataques, en los que a cada momento saltaba todo en mil pedazos o llovían balas de ametralladora desde cualquier punto de luz dejando todo atestado de horror donde quien no moría de hambre lo hacía bajo las bombas. Hay quien dice que Picasso se inspiró en las imágenes de su Málaga natal para pintar el Gernika, que sucedería dos meses más tarde.
A los que consiguieron recorrer los 260km de la ruta de la “carretera de la muerte” les esperaría el terror de los bombardeos masivos de la aviación italiana sobre Almería, en los que el número de víctimas fue tal que dejaron sin espacio el cementerio de la ciudad.
Cualquier país democrático que hubiera vivido esto honraría a las víctimas de este horror o, por lo menos, se interesaría por recuperar su historia. Sin embargo, el ayuntamiento de Madrid (que destrozó a martillazos la placa en la casa natal de Largo Caballero y el memorial con los versos de Miguel Hernández sobre los nombres de los 3.000 represaliados por el franquismo en el cementerio de La Almudena, y que ha tratado a Almudena Grandes con sumo desprecio tras su fallecimiento) llevó hasta el TSJ (que aprobó con unanimidad) la reposición de una calle en Madrid para honrar al barco de la Armada Española, tal y como hizo para reponer la calle dedicada a Millán Astray, fundador de la Legión, y retirar la de una maestra republicana. El ayuntamiento de Oviedo hizo lo propio para reponer su calle al General Yagüe, mientras Queipo de Llano sigue descansando con honores en la basílica de la Macarena, en Sevilla.
En Madrid, donde todos los días es Carnaval, ya no canta Barricada aquello de “es el baile de las hienas / el que más miedo da / no importa dejar tu huella”; lo que suena es el “Seremos fascistas, pero sabemos gobernar”, del sonriente alcalde de Madrid.
Mientras tanto, cada año, un grupo de personas realiza la ruta de la carretera Málaga-Almería para honrar la memoria de las víctimas de la barbarie fascista.
Igor del Barrio.
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