El miedo como causa. El populismo como consecuencia.

No repetiré la manida frase de Gramsci porque a estas alturas la creo recordada por demasiada gente, por cierta y repetida. Andamos asustadas, contritas y cabizbajas sin remedido debido a las sucesivas derrotas que nos aguardan y que no caen en saco roto, más bien nos tienen tan acostumbradas que lo que no creemos es cuando ganamos.

Y luego está el miedo. Miedo que algunas personas gestionamos con cierta “filosofía” amparándonos en lecturas, cine, amigas e ideales que nos ayudan a navegarlo. Ocurre que el miedo es emoción difícil, casi intuitiva que se alimenta de  agitaciones inciertas, de un vacío ante el devenir que se antoja convulso sin saber bien porqué.

Ante el miedo, como decía, algunas personas tenemos cierta defensa que ha sido cultivada durante años. Otras no tienen nada y se le enfrentan sin arma ni parapeto. Quizá por inconsciencia o por falta de información ante la propia fragilidad. No somos nada frente al universo, meras partículas vibrantes que de puro frágil -una tibia subida de temperatura, un virus microscópico, la falta de agua, de aminoácidos esenciales, o de oxígeno-  nos elimina. La constatación de la grave fragilidad  nos torna neuróticas, a poco que escarbemos en ella. Las que somos conscientes intentamos sortearla como dios o la cultura nos da a entender.

El problema son los millones de personas que no fueron conscientes de esa fragilidad, aposentaron su entendimiento en seguridades vanas que hoy andan perniquebradas o muy maltrechas. Entonces el miedo discurre a sus anchas y las personas que se aperciben del mismo, tiemblan de puro pavor.

Ante el miedo, una persona entrenada, recurre a lo dicho anteriormente: amistad, familia, cultura, introspección…Alguien a quien sorprende esa terrible emoción sin entreno tiene pocos asideros y los busca con desesperación. Una de ellas es la fe religiosa, pero no cualquier fe. Tiene que ser firme, llena de preceptos para que solo un escaso núcleo de elegidos puedan salvarse. Una fe de carbonero que excluya a la mayoría de impíos porque se intuye que la nave salvadora no es muy grande y no caben todas/os. No caben, por ejemplo, los de fuera, los de otras razas, otras religiones que compiten con la propia y disputan el privilegio de extender las patentes salvadoras, gente diferente en general, que no encajen con la supuesta mayoría (¿qué mayoría si todas somos diferentes?)

Otra forma de asirse al salvamento es aferrarse a lo conocido, a lo cómodo, al pasado  supuesto pero deformado por la falta de información.  Se piensa, que quizá si nos hacemos fuertes y formamos una Armada Invencible gobernada por un rey poderoso como Felipe II, podremos solventar la tormenta, se dicen los/as incautos, desconociendo que la Armada Invencible fue derrotada y el pobre Felipe II anda podrido en el Escorial. Pero consideran que el imperio es un asidero.

También se piensa en la familia tradicional, nada de modernidades pervertidas. Hombre, mujer, hijos, hogar, crucifijo y buenas costumbres. Desconocen, que nunca hubo tal cosa, porque debajo de las familias modélicas latían pulsiones humanas tan naturales como pervertidas a fuer de reprimirse. Pero es un asidero contumaz y seguro. La tradición. Las costumbres. Lo de toda la vida. Fuera modernidades que nos hacen temblar y dudar de nosotras mismas. Y la duda da miedo.

Mucho miedo.

Y el miedo genera reacciones adversas. Una de las primeras es el impulso que nos lleva al refugio seguro. A levantar muros  que nos aíslen del exterior para ponernos a cubierto de dios sabe qué, porque si algo tiene el miedo es la irracionalidad. Cuando identificamos el motivo del temor comenzamos a regenerar, siendo el paso siguiente, el enfrentamiento a ese miedo y la posibilidad de victoria. Ignorar  a qué nos enfrentamos es cuando el terror aprieta la garganta, fragiliza las vísceras y corremos despavoridas hacia un parapeto que creemos seguro. Ahí, precisamente, ahí, es donde reside el peligro. En esa carrera desenfrenada para ponernos a salvo de algo impreciso cuando nos topamos con lo concreto, con unas manos que se nos ofrecen salvadoras siendo, en cambio, el garrote que ajustará nuestro cuello para ahogarlo.

No tengo más que remitirme a la historia para demostrarles lo pasmosamente cierto de este desarrollo humano que no por repetido es aprendido y remediado. Así somos las/os humanos, una y otra vez topando con la misma piedra y descalabrándonos de forma similar.

Cuando escuchamos discursos de los grandes tiranos del siglo XX, sea Mussolini, Hitler, Franco,  Stalin (de este  menos porque era parco en palabras) nos produce perplejidad el pensar que tales zotes, casi hilarantes por lo ridículos, movieran las tumultuosas masas que les aclamaban. Tendemos a menospreciar al populacho que levantaba la mano y lanzaba alaridos al paso del criminal, con ojos enfebrecidos de pasión. Lo mismo nos ocurre ante las masas enfurecidas que asaltaron  el Pentágono y aclaman, hoy todavía, a ese muñegote tostado de rayos UVA y peinado y tintado por su enemigo que es Trump. ¿Qué decir de la turba bolsonarista que arrasó centros oficiales y esperaba con lucecitas de móvil el advenimiento de un Mesías llegado del espacio? A nuestras mentes, cultas y etnocéntricas de intelectualidad, nos parece atávico y digno de menosprecio por lo anticuado y nos retrotrae al Medievo con sus escapularios, exvotos y devociones a santos que paseaban por el pueblo para llamar a la lluvia o eliminar la peste de unas calles corrompidas de detritus y ratas.

Y no, queridas lectoras/es. El problema es que la sociedad ha avanzado mucho pero nuestra mente, no tanto. Somos muy similares a las gentes que se asombraban ante la tormenta, lanzaban preces para detener al rayo y crujían ramas para hacer fuego en la cueva. Nos guían los mismos impulsos emocionales. Y el miedo es uno de los principales.

Hemos pasado un proceso de pandemia con muchas más similitudes con lo ocurrido durante la Edad Media, de lo que quisiéramos. Claro que hubo vacunas pronto, UCIS preparadas para asistir a enfermos y personal sanitario capacitado para solventar la terrible lacra de la muerte indiscriminada. Pero el miedo es el mismo. El terror a algo indefinido es similar, si no igual, que en los ancestros de la humanidad. Miedo impreciso a morir, miedo impreciso a sufrir, miedo impreciso a ser arrebatados de nuestra cotidiana normalidad.

Y el miedo genera monstruos. Con esta obviedad intento explicarme ¿por qué caemos en ideologías y costumbres que creímos superadas hace decenios? ¿por qué se está retrocediendo en derechos tan duramente conseguidos para las minorías o no, porque los derechos feministas o lgtbi no son propios de minoría sino del total de la población humana?

El miedo hace retroceder hasta el punto de partida a quien no tiene recursos o los tiene mal atendidos. El miedo nos hace recurrir a profetas populistas que saben muy bien cómo aprovecharse de esa emoción primigenia para amparar su propio temor revistiéndolo de poder. Poder absoluto.

No tengo ni la más mínima duda que Hitler era un gran acomplejado, tímido, negado para las relaciones sociales, exento de carisma y un inútil para casi todo. La chanza de muchos historiadores suele ser la siguiente:  “cuanto dolor nos hubiéramos ahorrado si hubiera sido admitido en la academia donde intentó entrar para convertirse en pintor” Fracasó en todo. Como pintor, como soldado, como hombre (notoria su impotencia…que creo es bastante común a los grandes tiranos porque dudo mucho que alguien que disfruta de buen sexo y de amor correspondido le queden ganas de invadir Polonia, Ucrania, Albania o lo que sea) Ese fracaso llenó de odio y de miedo un corazón poco predispuesto y un cerebro malévolo y limitado y la lió parda con el trascurso de los años. En el fondo, estaba huyendo de sus miedos y de sus fracasos. Puedo ampliar la definición a todos los grandes tiranos que han poblado la historia. El común de ellos, fueron los complejos, el narcisismo, la egolatría y una personalidad enferma, muy enferma.

Tomen ustedes el tirano que quieran y observen. Entre la tramoya de altavoces, bravuconadas e idioteces varias, van a encontrar a un gran fracasado y un gran miedoso. Si así son los tiranos, no podemos extrañarnos  que el pueblo, ese pueblo enfermo de miedo, casi terror, tenga los mismos síntomas y busque amparo en quien dice que les ofrece seguridad y amparo.

En el trabajo de campo de Geraldine Schwarz para su libro Los Amnésicos, interrogó a una dulce ancianita  en un geriátrico. La mujer procedía de los Sudetes. Ante la pregunta de Schwarz, de cuáles fueron sus impresiones ante la invasión alemana, la dulce viejita respondió: “Antes de Hitler en los platos de mi casa había patatas, cuando el Fhürer llegó, con él llegó la carne. En los platos de mi casa había patatas y carne, por tanto, yo celebré mucho la llegada de Hitler, porque nos trajo carne”

El miedo al hambre, a la miseria, a la crisis galopante que nos deje en la inanidad, que nos despoje de lo poco que poseemos, nos torna adeptos de cualquiera que ampare ese miedo y nos traiga carne a los platos. O tan solo la promesa de que podrá traer carne a los platos.

Es el miedo y no la maldad quien mueve a los pueblos a aplaudir a tiranos. Es la inseguridad la que nos hace vulnerables ante el populismo odioso y manipulador porque habla directamente a nuestras vísceras y nos promete la felicidad de un estado fuerte, seguro, que elimine a los enemigos -simples enemigos, extranjeros, inmigrantes, niños sin familia, precarizados, okupas de casas que no tenemos…- para recuperar la bucólica seguridad que nuestros padres tenían y nosotras hemos perdido por la modernidad y la (mala) costumbre de repartir la riqueza.

Por miedo se ataca al más débil, porque el fuerte nos impone y para eso ya están el líder que es el valiente. Las turbas se prestan a una noche de cristales rotos de forma rauda, porque atacar a gente humilde es fácil. Las turbas siguen al líder porque tienen miedo y han sido convencidos que el peligro lo entrañan los que llegan detrás, o el vecino gay o la madre lesbiana o la conocida trans. Para las turbas el peligro debe ser un sencillo trueque de emociones porque la masa no elabora pensamientos profundos sino sensaciones y emociones primarias. Por eso, los tiranos lo primero que hacen es quemar libros,  asesinar maestros y periodistas. Porque los libros, las maestras/os, la prensa libre es la que desata el nudo gordiano de esas emociones primigenias, las explica y las anatemiza, tornando a las turbas en individuos pensantes. Entonces, cuando la masa se individualiza y piensa, se acaba, muere por inanición el brote fascista populista. Por eso queman y cierran bibliotecas y escuelas (o las invaden con su ideario, que es casi peor)

Nuestra sociedad adolece de una grave enfermedad consentida por los sucesivos gobernantes que hemos tenido en los últimos años: una total y absoluta carencia cultural.

Las escuelas se han depauperado conformando una enseñanza técnica y tecnicista que está muy bien, pero debe ser complementada con el aprendizaje de materias vitales para el pensamiento humano, como la historia, la literatura, la filosofía…Las humanidades en general.

Los medios de comunicación de masas, la televisión y bastante el cine, se han convertido en un vertedero intelectual donde tienen cabida la basura humana en extracto puro. La violencia verbal, el machismo más ancestral, el desprecio por el saber, por la cultura, por la ciencia, han invadido las pantallas del pequeño y solapado enemigo que tenemos en el salón, o en la habitación. Esas malas formas culturales se han extendido a las nuevas tecnologías hasta aplastar las enormes posibilidades de democratizar la cultura. Si observamos las cifras de usuarios de pornografía por internet nos quedamos perplejas, o los juegos violentos que cosifican de forma obscena a las víctimas. Sin contrapeso de ningún tipo.

Los grandes tiranos de la nueva sociedad han sido y son grandes manipuladores del medio televisivo. Trump, Bolsonaro, Berlusconi…A lo que hay que sumar la tecnología del momento que hace de las fake news norma frecuente y caladero de adeptos. Han sabido utilizar el medio para introducir el mensaje: “si me apoyas a mí te prometo felicidad y seguridad porque abatiré a los enemigos que acechan tu hogar. Si me das el poder, yo te daré diversión, dinero y seguridad”. Los nombrados han sido grandes divulgadores de su imagen en televisión y los tiranos que no estaban, al atisbar poder, pusieron las garras en el medio.

Y no hemos sabido contrarrestar el relato cultural del terrorífico populismo que ahora ya tenemos en la habitación, levitando encima de nuestras cabezas.  No hemos sabido contrapesar el mensaje salvador de esos miedos atávicos con mensajes de esperanza, ilusionantes y motivadores. La izquierda y su tendencia a la bronca, al enfado, a la exigencia de pureza ideológica ha perdido el rumbo…Y la comodidad de hablar siempre para los adeptos, sin bregar en territorio adversario. Como me decía una alumna de un taller de lectura que coordino: “la izquierda siempre habla para los suyos, y esos no necesitan convencerse, porque ya lo están

Hemos dejado campar a los deformadores humanos y ahora nos sentimos perplejos porque ganan elecciones y serán alcaldes, presidentes de autonomías…y altamente probable, presidan y gobiernen el estado…o manejen los hilos de quien gobierne el estado, porque la imagen de un Abascal como vicepresidente de España, de un Ortega Smith como ministro de Interior y un Buxadé como ministro de Cultura, queridas mías, es algo más que una terrorífica pesadilla. Ellos tienen miedo pero lo disimulan. Nosotras, que sabemos gestionarlo tan bien, no hemos sabido comunicar la esperanza en la masa de gente que se arrima al más fuerte en busca de protección cuando intuye peligro.

María Toca Cañedo©

 

 

Sobre Maria Toca 1553 artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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