El mundo del que ellas hablan.

Me ha tocado poner la guindilla que no la guinda en este sabroso plato que es la literatura de mujeres. Guindilla porque es un tema doloroso, hiriente, sobado en exceso en las redes sociales hasta hacerlo cansino, pero siempre presente aún en nuestros días.

La conciencia de la brecha de género se la debemos a los estudios feministas de distinta índole: literarios, sociológicos, historiográficos, filosóficos… Estudios ampliamente desarrollados a lo largo del siglo XX, pero principalmente desde los años cuarenta en el mundo anglosajón, y en Francia. Pronto aparecen contribuciones en el resto de Europa y del mundo y también en España (pensemos en los estudios de la recientemente fallecida Iris Zavala, Biruté Ciplijauskaité o de Lucía Montejo Gurruchaga). Estos estudios nos descubren la literatura escrita por mujeres, que muchas veces ha sido desconocida y, a menudo, sencillamente discriminada y silenciada, al menos en los panoramas generales y estudios canónicos. Hoy hay fuentes valiosísimas al respecto publicadas con perspectiva de género, generalmente escritas por mujeres, aunque también se suman algunos hombres a este redescubrimiento.

Pese a todo “la brecha de género” sigue siendo un problema de calado y reconocido, aunque no cabe duda que asistimos, en la actualidad, a cambios significativos. Los esfuerzos sociales y en todas las esferas por subsanarla cada vez son más visibles y van arañando capas al problema, pero esos esfuerzos aún no han alcanzado el centro del conflicto dado que el corazón de la discriminación sigue latiendo.

Piénsenlo, mediten esta pregunta:

¿Por qué, pese a que las escritoras tienen las puertas abiertas para publicar, están bien consideradas (nadie se extraña ya, hoy en día, de que escriban), ocupan puestos en prensa y  en grandes editoriales, en la enseñanza, en la cultura y en las universidades, dirigen publicaciones culturales y literarias, son objeto de congresos y cursos, participan en certámenes literarios a subvenciones, y algunos de estos recursos son exclusivos para mujeres…?

¿Por qué -digo- pese a que las escritoras mujeres pueden recibir el premio Nobel, el Planeta o el Princesa de Asturias o el Cervantes (este año tres de ellos han recaído en mujeres y el cuarto está por dar) seguimos con la conciencia de que sufrimos una brecha de género en el ámbito literario?

¿No será porque nuestros profesores de la educación obligatoria y los de las materias troncales en las universidades sólo hablaron de mujeres en días señalados a través de murales o redes sociales, o en cursos específicos ad hoc, separados de las materias obligatorias? ¿Será que hemos oído hablar de las “sin sombrero”, “la querella de las mujeres”, “las narradoras de posguerra”, pero apenas conocemos los nombres de sus protagonistas, quizá hasta seamos incapaces de citar alguna obra suya? ¿Será que conocemos bien poemas, versos y citas de obras célebres de escritores varones, pero no podemos decir lo mismo de las escritoras? ¿Será que cada una o uno de nosotros tenemos una autora preferida, un nombre que casi nunca es igualmente compartido por otros lectores (mujeres u hombres)? ¿Será que no podemos perfilar una característica de las poéticas femeninas o de su estética, mientras que fácilmente podríamos decir algo del “boom hispanoamericano, del realismo ruso o de la Generación del 27, o de La Generación perdida estadounidense? ¿Será que los porcentajes de presencia de mujeres en estudios generales siguen siendo muy bajos?

Les voy a contar una anécdota…

Hace unos pocos años en una reunión entre profesores de secundaria y de universidad buscábamos una obra, preferiblemente escrita por mujer, para segundo de bachillerato que entrara en la EBAU. Pidiendo propuestas unos decían Ana María Matute, otros Laforet, Dulce Chacón, Isabel Allende, Gloria Fuertes…, en fin, que no se repetía nombre y no había manera de encontrar a dos profesores/as a los que les gustara la misma autora. Pronto uno pidió que por favor tuviera un estudio crítico, otros añadieron que ese estudio fuera asequible, que tuviera ejercicios, que se reconociera bien las características (personajes, narrador, símbolos…), que fuera representativa de una generación bien definida… Cuando pasamos a votar entre varias propuestas ganó Antonio Machado con Campos de Castilla.

La anécdota es tan real como cómica, ¿pero qué se deduce de ella?:

Muy sencillo, piénsenlo… Si en esa reunión se hubiera pedido un autor lírico del siglo XX, un 50 % de los asistentes habría dicho Lorca o Machado, ¿y una obra? Campos de Castilla, o Romancero Gitano; ¿un dramaturgo? Buero Vallejo, ¿Un novelista? Delibes, Gómez de la Serna… Es posible que cada uno de aquellos profesores tuviera otra preferencia, que les gustase más León Felipe, o Valle Inclán o Juan Marsé, pero unánimemente afirmarían que conocen esos autores y obras y les reconocen su valor e importancia y la idoneidad de tratarlos en el aula.

Esta uniformidad, esa confluencia compartida, nos pone en evidencia el canon que impera, y evidencia que éramos incapaces de introducir unánimemente un nombre femenino en ese canon.

Lo mismo podemos decir pensando en las poéticas. Las preguntas referidas a los ejercicios, a que tengan estudios, a que sean conocidas (que conozcamos las estructuras de sus obras, sus símbolos o sus personajes) también ponen en evidencia que quienes están en el canon son los autores que tienen estudios críticos asequibles, conocidos y usados y entre ellos no se encuentran las mujeres

Todas estas cuestiones se traducen en que la brecha de género es más profunda de lo que imaginamos, pero más sutil de concretar de lo que podría parecer. Y, por ello, muy costosa de erradicar.

LA BRECHA DE GÉNERO EN LA LITERATURA es un conflicto con una doble vertiente:

  1. Por un lado, está la que he llamado brecha de género en el reconocimiento. En 1985, en Hacia una crítica de la razón patriarcal, Celia Amorós, reflexionaba sobre la ausencia de la mujer en la filosofía (equivalente a la experimentada en la cultura y en la literatura). Y decía que “la ausencia de la mujer es la ausencia de la ausencia. Lo que nos quiere decir con ese “la ausencia de la ausencia”, es que la mujer no solo estaba omitida, sino que además el discurso patriarcal no reconocía el problema que esa ausencia implicaba. La ausencia de la mujer en la cultura no es como la de un hijo que se aleja, dejando su silla vacía que nadie la ocupa. En los ochenta lo que se veía era que las mujeres no dejaron una silla vacía en el discurso teórico, en los estudios de literatura, porque nunca se sentaron en ella.

A partir de entonces se plantea la necesidad de reconocer la presencia de las mujeres, ampliar el número y la nómina de mujeres que figuran en la historia y en la cultura, la necesidad de nombrarlas, la necesidad de identificar los problemas que subyacen en la desigualdad o ausencia de las mujeres en ciertas épocas literarias. También se nos plantea la necesidad de cuantificar el grado de discriminación que se cierne sobre ellas al tener menos acceso o un camino más dificultoso a la creación, a la edición, o al plano económico (es decir, a percibir por sus obras la misma remuneración y la misma compensación que sus colegas varones).

2. Pero por otro lado podemos distinguir lo que he llamado una brecha de género referencial. Es decir, una vez identificadas las mujeres que podrían formar parte de la cultura y de la historia, no se las tiene como referencia. Es como si una vez que reconocemos cómo es el genoma humano lo dejásemos apartado y no modificásemos nuestro concepto de la célula y para ello manejásemos los modelos decimonónicos; o como que lo que hemos descubierto con los virus en la última década no lo usásemos para fabricar vacunas.

Algo semejante está ocurriendo con la literatura. Hay estudios que ponen en valor las producciones estéticas y las contribuciones históricas de las mujeres, pero esos descubrimientos son ignorados por el discurso canónico, y por ello, no ponen en crisis los discursos críticos, literarios o históricos precedentes. Con este silencio sobre los estudios de mujeres se consolida esa brecha de género referencial: la mujer escritora está discriminada en los referentes de la cultura y de la literatura. ¿Saben que las teorías que están detrás de los libros de texto de secundaria en literatura son las de académicos que las escribieron en los años 40-70: Lázaro Carreter, Francisco Rico, etc.? ¿Y que las nuevas revisiones desde la perspectiva de género (por ejemplo, esa Breve historia de la literatura española de la maravillosa Iris Zavala, o los estudios de Rosa Navarro Durán, Susan Kirkpatrick o Lucía Montejo Gurruchaga) están ausentes en ellos?

Sigamos con la reflexión. ¿Se dan cuenta de que Elvira Lindo, la comisaria que ha seleccionado las lecturas para esta edición del Día de las Escritoras bajo el lema EL ESFUERZO COTIDIANO DE LAS MUJERES ha dado con un tema que es casi universal en la literatura femenina (tema que podría tener otras formulaciones pero que Elvira Lindo lo ha plasmado maravillosamente)?, ¿que es un tema común en al menos 20 escritoras de diferentes épocas y géneros literarios (a la luz de los textos seleccionados para esta celebración y a la luz de otros muchos que podríamos traer con justicia a esta mención)?, ¿y siendo universal por qué no aparece en ninguna historia de la literatura como tema fundamental junto a otros como: “La revisión de mitos y motivos de la cultura patriarcal” o el tema de “las relaciones de género”? ¿Son conscientes de que fijar estos temas pondría en la cima de la literatura a las mujeres leídas y presentadas hoy en este acto?

Para subsanar la brecha de género de reconocimiento las medidas compensatorias, los esfuerzos buscando la paridad y todas las medidas de recuperación y valoración de las voces femeninas, son sin duda claves.

Pero la brecha de género referencial requiere de la lectura de las obras de mujeres, de su estudio, de la difusión de las claves que permiten leerla, disfrutarla y comprenderla. De fijar los temas de los que hablan, como ese “esfuerzo cotidiano de las mujeres” del que nos habla Lindo. Todo ello para que el punto de vista de las mujeres y su forma de escribir el mundo tengan valor en nuestra cultura, para que la literatura hecha por mujeres sea un modelo y una referencia junto al que ya poseemos de los escritores varones. Esas obras y autoras deben estar presentes en todos los niveles educativos, en los programas didácticos, en las universidades, en los grupos culturales, y en la sociedad.

Como imaginan, lamentablemente estamos muy lejos de compensar y corregir esta segunda brecha de género, la referencial. Pero mientras tanto aplaudamos las iniciativas como las presentes: esta celebración del Día de las Escritoras, que nos acercan a conocer las creaciones de las mujeres y a hacerlas visibles, iniciativas que favorecerán su permanencia en el imaginario colectivo, y que poco a poco apuntarán en la diana de ese corazón de la discriminación y de la desigualdad.

Raquel Conde Peñalosa.

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Profesora. Escritora. Especialista en literatura de género

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