Esparta frente a Atenas

El gobierno de España ha instituido el día 31 de octubre como Día de Reparación a las víctimas del franquismo. Nos alegra aunque no sabemos en base a qué escogieron esa fecha y no la del 14 de Abril, intuimos que las connotaciones republicanas no están en el diario de nuestras autoridades. Nos duele, pero transigimos. Llevamos 83 años y tenemos costumbre.

 

Con este motivo nos convocaron  a las asociaciones memorialistas a un acto institucional que intentaré describir. Como miembro de AGE, fui representando a la presidenta de Cantabria, Marisol González que no se encontraba en Santander.  Ella había contactado con unos viejos conocidos que habían realizado en el año 2008 un documental por toda la Península en el que  su  compañero de vida, el guerrillero Jesús de Cos,  colaboró . Dicho documental dormía el sueño de las cosas que no tienen padrinazgo ni apoyo institucional. En silencio. Como las historias que contaba que han sido cubiertas por un velo de oscuro y polvoriento silencio que termina por enterrar la verdad y la historia.

Nos reunimos en la Filmoteca Mario Camus de Santander un grupo amplio de personas (alegría fue llenar la sala) junto al Vicepresidente de Cantabria Pablo Zuloaga, la Directora General  de Patrimonio Cultura y Memoria Histórica Zoraida Hijosa, el director y coordinadora del documental José Luis Galán y Julieta Pérez. En los palcos se encontraban presentes el presidente del Parlamento de Cantabria y la portavoz socialista en dicho parlamento. Por tanto, sentimos que por una vez el arropamiento de las instituciones estaba con las víctimas y con quienes dedicamos empeño en que  sean reconocidas, cosa que agradecemos de verdad aunque debiera ser  norma y no  excepción. Hago notar que ningún partido del resto de arco político de Cantabria estaba presente…y eso dolió un poco. Añoramos tanto que estos homenajes fueran comunes al arco ideológico, evidentemente, dejando fuera a los genuinos defensores del oprobio dictatorial y sanguinario que fue la postguerra española.

 

El documental, https://youtu.be/ffChRRQ__so que les trasmito enlace, debería verlo. Por varios motivos, hacer justicia, restituir el honor de las víctimas criminalizadas por los verdugos, pero sobre todo, como destacó con insistencia, Julieta Pérez, porque si la historia no se conoce, si los verdugos quedan impunes de cara al futuro, lo más fácil es que esa impunidad les lleve a repetir los hechos. Es por el futuro por lo que queremos desentrañar la historia. Preparar la vida de nuestras descendientes es la verdadera causa que nos mueve. Y reparar tanto, que también.

El fundido abrazo que una vez acabado el documental, con la sala al completo puesta en pie, aplaudiendo con los ojos vidriosos y el corazón encogido, fue la imagen que me llevé del acto. José Luis Galán, el autor, no podía hablar y la emoción le quebró por unos minutos. Ha dedicado su vida a la Memoria, a sacar del baúl memorialistico  de su propia familia todo el dolor, el trauma irresoluto que supuso el terrible conflicto civil que nos condicionó la historia generación tras generación.

Sabemos que el muro de silencio labrado por el terror impuesto durante cuarenta años por los vencedores fue de tal calibre que selló la boca de las víctimas, las hijas, nietas de asesinados, torturados, esclavizadas, violadas…Nadie o muy pocas personas se atrevían a hablar de lo ocurrido. Las noches quebradas por el grito de los torturados, los tiros reventando cráneos de anónimos  -anónimos porque se les borraba el nombre una vez asesinados como bien nos insistió Ontañón– represaliados que caminaban hacia Ciriego (o cualquier otro cementerio, descampado o cerro) en camiones conducidos por falangistas y gente borracha de odio y violencia, hacia la muerte.

Se fusilaba en lotes de diecisiete personas porque eran las que cabían en cada camión. Las zanjas se abrían y se colocaban los cadáveres como los pescados en conserva. Se les añadía cal viva y otro lote de carne humana encima. Así hasta hacer los cien, entonces se cerraba la fosa y se abría la siguiente. Cuando llovía, se formaba un charco rojo en la fosa abierta porque la sangre vertida mezclaba con la lluvia empapando los cuerpos y alimentando la tierra que bien podía denominarse, de Caín.

Así durante años. En otros sitios, como en en el municipio de Aruca, en  Las Palmas, se les arrojaba vivos, casi siempre, para no malgastar balas, a una sima volcánica donde los gritos y aullidos de dolor rasgaban el silencio nocturno. Nadie podía acercarse porque los sin alma custodiaban el pozo impidiendo cualquier, imposible por otro lado, auxilio.

Palizas hasta la agonía, muertos a palos…Una vecina de mis abuelos era sistemáticamente molida a patadas por otra vecina. Estaba embarazada, su delito era haberse casado con un miliciano que luchó por la República. Siguieron siendo vecinas toda la vida, siguieron viéndose a diario, cruzando sus ojos y sus vidas. Víctima y verdugo para socavar más si es posible el dolor y la infamia.

A mí se me atragantan mucho las emociones y tengo que metabolizarlas despacio, saben ustedes. Al día siguiente, pensaba yo en qué pudo hacer posible tanto odio, intentando entender esa amalgama de violencia reconcentrada que duró cuarenta años (y más, porque aún hoy, sigue, traspasa los años  considerándose vencedores y dueños de la patria común)

La historia, bien entendida, nos suele auxiliar en estos casos, a mí al menos. Recordé las lejanas historias de la guerra del Peloponeso, y las diferentes concepciones historias entre Atenas y Esparta.

 

Atenas, con grandes defectos y lagunas, se formó como una sociedad basada en la democracia -relativa, lo sé, no implicaba a mujeres ni a esclavos, pero veamos el contexto- la cultura y las ciencias. Los ciudadanos  atenienses estudiaban, pensaban y conversaban  ampliando conocimientos del mundo y de la intrínseca espiritualidad. Los más sublimes tratados filosóficos, las obras clásicas del teatro universal, los fundamentos de la ciencia, medicina, salud y política, se la debemos a los ciudadanos atenienses que labraron para siempre el prestigio de ser los hacedores de las bases culturales, al menos del mundo occidental. En la sociedad ateniense, había posibilidad de redención social, incluidos esclavos (mujeres no o muy poco, ya saben…) las leyes se discutían y se votaban en ágoras democráticas y en general se disfrutaba de una sociedad libre y accesible.

 

Por el contrario, Esparta, labró su sociedad en base a un poder piramidal absolutista en el que primaba el forjar un ejército fuerte, poderoso y bien pertrechado,  para socavar a enemigos, conquistar territorios ajenos y mantener a la población sometida y obediente al mandato de los pocos poderosos que mantenían el gobierno. La dura Esparta era poderosa…y la dulce Atenas era sabia.

Y esa forma de gobierno, de entender la sociedad o las sociedades ha trascendido, queridas lectoras/es hasta hoy. No somos tan diferentes del mundo clásico. El enfrentamiento de los distintos conceptos de sociedad está aquí y explosionó en los años treinta del siglo XX. España fue laboratorio infame de lo que digo que luego llegaría al paroxismo en Europa. Dos conceptos de sociedad se enfrentaron como las de Esparta y Atenas. Por un lado una República, defectuosa e incompleta como la ateniense, pero con miras culturales y sociales amplias. La alfabetización, el florecimiento cultural y feminista de los pocos años que duró no pueden cuestionarlos ni los más acérrimos enemigos. La justicia social, el equiparamiento de clases, fue meta y senda a caminar.

En el otro lado, la idea única y unificada. La obsesión por una patria reverenciada donde sobraban los libros, la cultura en general mientras el sable, la sangre y el martirio se solapaban entre la vida común. Se mataba y se moría por un dios sádico y por una patria hambrienta de sangre del otro bando. El militarismo, la disciplina, la uniformidad del pensamiento y el sentimiento de unidad prensada y subyugada a un poder tiránico, fueron el fin a seguir. Había que construir la grandeza de la patria, sin importar si para ello se eliminaba y aterrorizaba a millones de integrantes de esa patria.

 

El odio, la sangre, el sadismo elaborado, fueron las armas sistemáticamente usadas, no para convencer, sino para eliminar o subyugar de forma absoluta al adversario. Fueron el modus operandi de los vencedores. Atenas y Esparta se enfrentaron…

Desde el inicio se sabe quién va a ganar la batalla. Es una historia conocida. Ganan los fuertes. Ganan los malos porque son más crueles, tienen más armas y su ferocidad no se matiza con sentimientos humanísticos. Tanto en Atenas como en España, ganaron los espartanos.

 

 

De camino a mi casa, después del visionado del documental  “Crónicas del infierno” y de los abrazos entre compañeros/as emocionadas como yo, pensé una cosa que les trasmito.

Pregúntense a quien recuerda la historia. Piensen cuando ustedes organizan un viaje si piden vuelo a Esparta o a Atenas. Caminen por la Acrópolis, por las calles atenienses, visionen los teatros y anfiteatros griegos y pregunten ¿Qué quedó de Esparta?

 

La historia la escriben muchas veces los perdedores/as. La historia, queridas mías, la escribe la cultura, la ciencia, el arte. Los guerreros la ganan y nos hacen padecerla, que no es poco. Pero jamás trascienden  a menos que después de su victoria trasformen la sociedad en remedo ateniense y olviden los ardores guerreros, por eso no puedo menos que sentir un liviano orgullo de pertenencia a la clase ateniense. Que no es clasismo, es solo que a veces perder las guerras es ganar la historia.

María Toca Cañedo©.

Miembro de AGE Cantabria

Sobre Maria Toca 1307 artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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