Historia de Alicia

Alicia es enfermera. Cada día sale de casa a las siete. Se lleva una tartera con la comida. Para eso, ha tenido que levantarse muy temprano. Antes de salir, entra en la habitación de sus hijas, las mira y sonríe. Despide a su marido que ya está teletrabajando en el salón. La casa es pequeña, no hay despacho.

Utiliza el transporte público para evitar los controles en las carreteras y antes de las ocho ya está en su puesto de trabajo, preparada para la larga jornada que la espera: a veces, más de doce horas. La mayoría de la plantilla hace lo mismo, son una piña, no hay distinción de rangos: médicos, enfermeras, celadores… Lo que importa es hacer todo lo posible para curar a los enfermos. Tienen miedo, pero saben lo que tienen que hacer y lo hacen con alegría. Cada paciente es un mundo, cada situación un problema a resolver. Detrás de cada número hay una persona que sufre, que está asustada, que no puede respirar.

Hay quienes cuentan que les han dejado notas de rechazo, en el portal o en el coche, pidiéndoles que se vayan de su casa. Hay quienes se quedan en un hotel cercano, para evitar contagios. Ella no quiere, no puede dejar de ir a su casa para ver a sus hijas y a su marido. Llega de noche, rota, triste y necesita verlos. No sabe qué podría hacer si un día el vecindario se metiese con ella.

En su bloque no hay ascensor. Tiene que subir andando hasta el quinto. Cada día, Alicia, sube despacio las escaleras. Nunca ha encontrado notas, nunca nadie le ha dicho nada. Hoy sí. Al llegar al primer rellano, en las cuatro puertas hay personas, hombres y mujeres, niños y niñas, aplaudiendo. Llevan guantes, mascarillas y sonrisas. Alicia, agradece el enorme detalle sin poder contener las lágrimas y sigue subiendo. Hay carteles muy hermosos por todas partes y en cada rellano las escenas emocionantes se repiten. No puede dejar de llorar.

Cuando llega a casa, su marido y sus hijas la están esperando a la puerta, con globos y su canción favorita. Pero ella aún no les puede abrazar. Antes debe quitarse la ropa, meterla en una bolsa de plástico, ducharse y ponerse el pijama. Ahora sí, ahora está en casa y puede abrazarlos. Ha merecido la pena tanto dolor.

Nieves Álvarez

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