Invasión

Una suave brisa invadió la estancia, cantaron los caireles de la lámpara movidos sutilmente como si fuera un suspiro que emitiera el estertor de la primavera que asomaba por los rincones del jardín. A la vez, los visillos, dibujaron con el pincel de la sombra una leve ondulación en el pavimento que relucía tras el fregado al que la fámula le sometió, después del sainete acalorado de la pajarada. Era difícil mantener puertas y ventanas cerradas a cal y canto. Difícil y complejo en estos días en que abofeteaba la mirada contemplar como brotaban los colores en los botones que luego se harían flores, o frutos en el jardín que ardía de exuberancia nada más intuir que el invierno retrocedía en aras de una primavera que se auguraba esplendorosa. Era difícil  mantener el hermetismo de la sala cuando afuera la borrachera de aromas se fundía con el de la tierra fresca, el de la hierba recién cortada, incluso, aguzando el olfato se percibía la caricia de olor salino de un mar no muy lejano. Por eso entreabría los ventanales con la discreción de una pata de gato: sinuosamente, intentando despistar a las avispadas aves que nada más percibir una ranura de entrada se abalanzaban, como impelidas por resorte hidráulico, dentro de la estancia.

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Apenas recordaba cómo empezó todo. Quizá fue paulatina la forma de seguirme. Al principio, eran dos o tres pajarillos que retozaban sobrevolando mi cabeza, sin apenas fijación. Luego llegaron más, hasta hacer ostensible su presencia nada más poner el pie en la calle. Poco antes de decidir enredarme en este encierro voluntario una nube ennegrecida y gritona coronaba mi frente, siguiéndome a cualquier lado al que me dirigiera. Era poner un pie en la vía y graznidos de diverso tono y cadencia, unido a un aletear rumboso de alas desplegadas avanzando sin rubor ni silencio, hasta mí, haciendo de cualquier salida un nudo de aceleramiento, rozando el miedo y la prevención, hasta llegar a hacer imposible  las visitas, paseos, o cualquier marcha, por lo abultado de la compañía.

 

Las causas fueron indagadas por  ornitólogos, naturalistas, expertos en  aves de muy variada condición. Las respuestas más variopintas llegaron a conseguir mi total desconfianza hacia la ciencia. Unos decían, que si el olor de mi piel atraía a las aves, que nada más percibir ese aroma desde kilómetros se enzarzaban en una carrera competitiva para llegar antes, lo que producía una agresividad entre razas más que razonable. Otros, que si mi presencia estimulaba un celo dormido en esas épocas, sin precisar causas ni motivos. Algunos, llegaron a decir, que el ph de mi piel atraía de forma iniciática a esa tromba de aves en busca de algún eslabón perdido en su deambular por diversas épocas y evoluciones. Los más, eludieron el ridículo de no encontrar explicación al fenómeno que se producía en cuanto ponía un pie fuera de los aladrillados muros de la casa.

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Desasistido de la ciencia y hasta de la razón, opté por recluirme entre los muros adocenados de la mansión que con generosidad inusitada tuvo a bien cederme el duque de Torba, mientras ponía a mi servicio a la criada, que cuida de que nada me falte, se sobrepone al espanto que nos produce la invasión pormenorizada de alguna caterva de aves que en su desesperada búsqueda, dan conmigo, entre los entresijos de los visillos y los doseles que aplacan la vista desde fuera, entre los que me mezclo en una cansina ansia de respirar algo más que el aire viciado de una casa envuelta en las sombras procelosas de unos muros canteranos y asépticos. En cuanto detectan mi presencia, lanzan gruñidos solemnes y en tromba picada dirigen sus cuerpos alados con el arma de su pico en dirección a mis ojos, entrando en tropel en la alcoba donde me encuentre, entre graznidos viejos y plumas colgantes, hacen peligrar no solo mi integridad sino hasta los muros de esta endiablada casona que me acoge.

Es entonces cuando la fámula calzando gorro verduguero, guantes y escoba, entra como cruzado en guerra contra el moro, embiste con una fuerza hercúlea que me aperpleja en una mujer de complexión no muy extensa y a escobazo impío los expulsa del laberinto en que minutos antes, convirtieron mi morada.

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Es por lo que contemplo, amparado en doble vidrio, telares oscuros, como cortinas, la vida desde dentro del útero inerte que hemos convertido esta vivienda. Por lo que ansío respirar  aire fresco de los campos, que en estos momentos, mi memoria apenas retiene, o dar un simple paseo por los caminos enlodados en inviernos; cubiertos de polvo terroso, en verano, o caminar entre los cantos rodados del río, que  se despeña entre riscos, cerca del valle donde resido. Nada apreciaría más que un simple paseo, donde escuchara el tintineo crepuscular de las madreselvas, o el gorjeo de pájaros inofensivos. Sentir en mi rostro, aunque solo fuera un momento, la caricia aterciopelada de un sol cenital o la leve brisa, que esta tarde intuyo, por el movimiento de los caireles, a los que hacía referencia al empezar la misiva. Todo ello está vedado, se hace imposible, a todas luces, por el proceloso acompañamiento pajaril que me impide acceder a tan simples complacencias, es por lo que suplico de su bondad y magnificencia, tenga a bien, como último amparo, ejerza el sagrado deber de eliminarme y entregar mi cuerpo como pasto a esas aves que tanto desean su pertenencia. No hallando más solución a mis males que la muerte, le avengo a ejercer el sagrado deber del bien común, ejerciéndolo en mi persona para liberar al pueblo de tamaña maldición y a mí de la esclavitud.

FIN

 

Sobre Maria Toca 927 artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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