Karl Marx

Cuando me pidieron escribir un par de folios sobre don Carlos, con ocasión de la conmemoración del  200 aniversario de su nacimiento, mi inmediata reacción fue la de enfrentarme a una misión imposible, pensando que ya estaría todo dicho sobre el histórico personaje. Pero, cavilando sobre su figura, caí en la cuenta de algo que, modestamente, yo había vivido en relación con él. Veréis:
Ocurrió un lejano fin de semana del mes de julio de 1991, en que me encontraba en Luxemburgo por cuestiones de trabajo, disponiendo por ello de total libertad para enfrentarme al mayor aburrimiento imaginable, como es pasar un domingo en el Gran Ducado. Menos mal que un folleto turístico, de los numerosos que se ofrecían a los clientes en la recepción de mi hotel, me dio la idea de acercarme a la que se anunciaba como la ciudad más antigua de Alemania, de la que me separaba no más de una veintena de kilómetros. Conduje por la cómoda A1, hasta que un desvío a la derecha, nada más cruzar la frontera alemana, me indicó el camino hacia la afrancesada y turística ciudad de Trier, siguiendo el maravilloso valle del río Mosela, en cuyas laderas se crían las cepas que producen algunos de los mejores vinos alemanes.
La información previa recabada ya me había puesto en antecedentes de que la vieja ciudad renana poseía unos importantes monumentos romanos, una catedral-fortaleza y alguna que otra iglesia, que habían sido declarados por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, y doy fe de que esta organización internacional no había exagerado lo más mínimo. La fortaleza defensiva de la Porta Nigra, uno de los más hermosos vestigios de la presencia romana, sobrecoge por su magnitud y el color de sus piedras que le dan nombre, habiendo servido también durante siglos de residencia imperial. Tanto ella, como su plaza central y algunos de los monumentos indicados, justificaron más que de sobra mi corta visita a la vieja ciudad prusiana.
Hasta que, sentado en una terraza tomando un café, se me acercó una pareja de estudiantes orientales preguntándome cómo llegar al museo de Karl Marx. En un principio creí no entender la pregunta, pues no tenía ni idea de qué nexo de unión podía existir entre el padre del socialismo autoritario con la bella ciudad de Trier, que yo acabada de patear. Hasta que el empleo de la lengua francesa por parte de los jóvenes me ayudó a caer en la cuenta de que la turística ciudad en la que me encontraba era ni más ni menos que la Tréveris, en versión lingüística castellanizada de la Trèves francesa. Es decir, ¡la patria chica de Marx…!, que yo, no sé por qué razón, la había imaginado siempre como una mediana ciudad industrial de la cuenca del Rhur, y no como la bella y universitaria de escasos 100.000 habitantes censados, en que me encontraba. El caso es que hice piña con la pareja y buscamos el museo sin dificultad alguna, pues nos hallábamos muy cerquita, aunque poco pudimos ver en él pues, a pesar de ser época veraniega, cerraban puntualmente, como ya nos advirtieron a la entrada, a las 18:00 horas.
La verdad es que la visita a la casa natal de don Carlos, en el número 10 de la Brückenstrasse, me resultó decepcionante, pues los numerosos documentos expuestos lo estaban de una forma muy poco pedagógica, y las primeras ediciones de sus obras pobremente iluminadas en unas viejas vitrinas, que hacía imposible su visualización en detalle. En resumen, daba toda la impresión de que el Museo había sido organizado por los responsables políticos de algún partido rival, y los marxistas no habían ejercido por ello el sano ejercicio de la protesta. Más tarde supe que, tras varias reconstrucciones, el edificio de tres plantas y estilo barroco, con alas anexas y un agradable patio central, había sido adquirido por el Partido Socialista Alemán (SPD) en 1928, al que le fue incautado durante el período nazi para serle luego devuelto en 1945, y pertenecer a la Fundación Friedrich Ebert desde 1968. Además del museo, en él se encontraba una biblioteca y un pequeño centro de estudios.
En lugar destacado de aquellas vetustas estanterías acristaladas se exhibían sendos ejemplares de su “Manifiesto Comunista” y “El Capital”, junto a una numerosa documentación de sus vidas política y familiar. El padre, Heinrich, fue un prestigioso abogado con buena clientela, nombrado consejero local a los dos años de nacer Karl, lo que le permitió comprar una casa mejor, muy cerca de la Porta Nigra. A pesar de que sus antepasados fuesen todos rabinos, en la familia se había respirado una cultura liberal y cosmopolita que llevó al padre a abrazar la confesión evangélica al poco de nacer Karl, bautizando a sus hijos unos años después. Quizás esa conversión pudiera ser debida a la situación en que se vieron inmersos los judíos tras la caída de Napoleón, como paso obligado para poder seguir ejerciendo su profesión.
En las pequeñas y mal iluminadas salas se seguían mostrando una serie de viejos documentos familiares y colegiales, pues Karl estudió durante cinco años, en uno local de jesuitas – el Instituto Friedrich Wilhelm – que gozaba de merecida fama, obteniendo buenas notas en lenguas clásicas, alemán e historia. Hasta que en 1835, ya con 17 años y por consejo paterno, se trasladó a la Universidad de Bonn para estudiar leyes, aunque pronto se interesara por la filosofía y la historia. Eso fue todo lo que nos dio tiempo a visitar, con cierto desencanto no sólo por el escaso recorrido, aquella tarde veraniega. Es posible que las siguientes salas, en las que los documentos eran ya acompañados por fotografías de la época, ofrecieran mayor atractivo.
En cualquier caso, aunque no he tenido ocasión de volver a visitarla, tengo entendido que la casa fue reformada con gran acierto en 2005, convirtiéndola en un excelente museo. Aunque me aseguran que a veces se pueden escuchar, durante su recorrido, los gritos de la clase obrera en su lucha en pos de la justicia.
EUSEBIO LUCÍA OLMOS
Publicado en “DÍGASELO CON MARX”, en el libro homenaje editado por Ekosol Carabanchel y Ediciones GPS, en mayo de 2018.
Sobre Eusebio Lucía Olmos 16 artículos
EUSEBIO LUCÍA OLMOS es graduado social y diplomado en Relaciones Laborales, profesión a la que ha dedicado toda su vida, tanto en entidades públicas como en empresas privadas. Su aproximación académica a las ciencias sociales y humanidades le acercó al estudio del movimiento obrero en nuestro país, así como a la importante contribución de éste a la historia nacional. Esta dedicación ha tenido también su correspondiente proyección literaria, con intención de acercar al gran público hasta una serie de importantes e interesantes hechos históricos. Hasta el momento ha publicado múltiples relatos y artículos en diversos medios, el capítulo sexto de la Historia del Socialismo Español (1989-2000), que inició el profesor Tuñón de Lara, y una novela larga (“Cosas veredes”, Endymión, 2009), sobre la huelga general revolucionaria de 1917.

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