La dura vida de la seducción.

Siempre he admirado en secreto a las personas muy seductoras.
He fingido desinterés postizo cuando alguien entraba en un sitio y todo el mundo lo miraba, la miraba, al compartir con mujeres tan sumamente seguras de sí mismas que soltaban expresiones en las que la construcción «yo a ese tío le gusto» aparecía con recurrencia.
Mujeres que se separaban de sus parejas estables y al minuto y treinta segundos estaban otra vez emparejadas con alguien, muy guapo tía, tiene buen trabajo, tía, nos va genial, tía, él está enamoradísimo de mí, tía.
Me ha invitado a Senegal este verano, tía.
Personalmente he disimulado los nervios que me ha producido la interacción con hombres que me gustaban a base de cháchara confiada y enérgica. Mucha verborrea y poco cuerpo en acción.
Me he pinzado el interior de los carrillos con las muelas cada vez que se suponía que yo debía sacar a mi seductora interna a pasear explícitamente y una mujer huidiza, atleta de cien metros jamaicana, ha hecho la labor que correspondía en discotecas, ferias y clubes.
Menos biblioteca y más barras de bar, me decían las más avezadas en ligar y mostrarse activas.
Salvo aquel día, ese inenarrable día, en que sentada con amigas en un local de música se sumó a nosotras un grupo de chicos.
Uno de ellos me llamó la atención enseguida y vi, no sin sorpresa, que me miraba con interés indisimulado de vuelta.
Es mi tipo, pensé, qué guapo, pensé, es ahora, pensé, no te asustes, pensé.
Y comencé a soltar mis temores, a reírme a boca llena, a elevar mis gracietas conocidas a la categoría de anécdota inteligentísima y desternillante; en fin, me hice notar.
El no me quitaba la vista de encima desde la esquina opuesta, en el estricto sentido de la palabra.
Le has encantado, gritaban mi deseo y el pulpo entre las piernas.
Más miradas, más intercambio de sonrisas, la mía con la boca muy abierta para demostrar un sí desinhibido.
Lo único que parecía separarnos era una mesa gigante y diez personas más; minucias para una mujer decidida.
Pasaron las horas y el aparente juego de seducción continuó hasta que fui al wc del local, con las ganas de todo en la piel y barruntando cómo hacer para hablar solos a la salida del concierto.
Y en ese momento ocurrió.
Me miré en el espejo chequeando atributos, cuando vi la inmensa piel de cacahuete en mi diente frontal. Allí, agarrada como garrapata fiel, encontré una vergüenza infinita y el resultado de una histórica voracidad y ansia con los frutos secos.
La quité con la uña, rasqué para no dejar huella y recé a todas las diosas para que mis peores presagios no se cumplieran.
Volví serpenteando entre la gente, me senté nerviosa, abrí la boca, reí forzada. El me miró, retiró la mirada, percibí algo similar a un suspiro aliviado por su parte y se marchó.
Se marchó sin más. El interés hipnótico residía en la piel de cacahuete en mi diente. Esa unidad inquebrantable.
Hoy leyendo un libro sesudo sobre la atracción y el enamoramiento he recordado mi corta carrera como seductora al uso, he recordado que pertenezco al team de las «peculiares» y he confirmado que las amigas de verdad, las auténticas, son aquellas que te dicen:
– Tienes algo en el diente.
Y comparten padeceres y risas.
Tú ¿de qué team eres?
¿Del de reírse de una misma, del de no tomarse demasiado en serio, del equipo de los hechizos con cáscara?
Decidme que somos muchxs, por favor.
👇😉
María Sabroso.
Sobre María Sabroso 111 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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