La izquierda occidental y las mujeres islámicas

Han pasado ya más de cuarenta días de la muerte de Mahsa Amini, en realidad un asesinato en toda regla en manos de la policía de la moral iraní y parece que las protestas, lejos de amainar, cada vez arrecian más haciéndose más desafiantes y decididas por parte de una población para la que Amini se ha convertido en algo más que el símbolo de la protesta contra la obligación para todas las mujeres iranís de llevar el hiyab o velo, para llevarlo incluso de un modo concreto, decente que le dicen, a riesgo de ser humilladas públicamente por la susodicha policía de la moral. Amini también se ha convertido –y con ella otras tantas mujeres entre los cientos de manifestantes de todos los sexos y edades asesinados por las fuerzas de orden del régimen iraní durante las protestas, como  Nika Shahkarami, una joven de 16 años que desapareció el mes pasado después de agitar su hiyab en el aire en una protesta en Teherán, y luego prender fuego a otro velo frente a una pequeña multitud- en el símbolo de todas las reivindicaciones democráticas de los iraníes frente a las autoridades de la teocracia islámica que dirige los destinos del país desde el triunfo de la revolución encabezada por el ayatolah Ruhollah Jomeini en 1979 y que dio lugar a la proclamación de la llamada República Islámica, o lo que es lo mismo, un estado supervisado permanentemente y hasta el mínimo detalle por una camarilla de clérigos islámicos o ayatolah. No es de extrañar, por lo tanto, que la rebelión contra la obligación de llevar velo por parte de las mujeres a raíz de la muerte de Amini y otras tenga una carga simbólica que rebasa y con creces la reivindicación de los derechos y libertades de las mujeres frente a un régimen que las considera ciudadanas de segunda. De hecho, se podría afirmar que es precisamente la reivindicación de los derechos y libertades de las mujeres la que más pone en claro todo el absurdo y el terror sobre el que sustenta el régimen iraní de los ayatolah.

Siendo así, no es de extrañar la simpatía tan instintiva como sincera que la mayoría de las personas del resto del mundo que tenemos como referente moral y político la Declaración de los Derechos de Hombre y el Ciudadano de 1793, y eso aunque en puridad el texto solo haga referencia a los de los hombres, con sobreentender que se refiere a los dos géneros es suficiente, deberíamos sentir por las protestas del pueblo iraní frente a sus liberticidas. Sin embargo, y a pesar de las primeras y muy tímidas manifestaciones de apoyo a las protestas de Irán a lo largo y ancho de eso que llamamos el mundo libre, es decir, aquel en el que al menos de un modo formal tenemos la constancia de que la mayoría de los susodichos derechos están más o menos garantizados, y el cual, así grosso modo, coincide con la mayoría de los países pertenecientes a ese concepto más ideológico que geográfico llamado Occidente, hay que reconocer que el apoyo por parte de aquellos sectores por lo general más militantes en todo tipo de campañas o actos a favor de los pueblos oprimidos del tercer mundo ha sido bastante tibio. A decir verdad, la única iniciativa que de verdad ha transcendido a favor de las reivindicaciones de los derechos de las mujeres iranís, no ha sido otra que la campaña mediática consistente en cortarse un mechón de pelo, la cual ha sido encabezada, por no decir monopolizada, por una larga lista de actrices, cantantes o políticas, las cuales, para qué negarlo, parecían estar aprovechando el momento para arreglarse las puntas con un poco de glamur, ahorrándose el paso por la peluquería. Dicho en plata: puro postureo. ¡Joder, que hasta he visto a la cutreperiodista Nieves Herrero, toda una activista a favor de las causas solidarias con el Tercer Mundo, e incluso a… Cuca Gamarra.

Así que toca preguntarse qué pasa con lo de Irán para que aquellos acostumbrados a organizar grandes manifestaciones a favor de, por ejemplo, Palestina o  el Sahara Occidental, o si se quiere en contra de Marruecos o Israel, parezcan reacios a implicarse en una campaña a gran escala a favor de las reivindicaciones iranís. ¿Acaso sus reivindicaciones no son las mismas del movimiento feminista occidental? Puede que no, porque a decir verdad son mucho más perentorias y primordiales que las de cualquier mujer occidental que, siquiera sobre el papel, tiene reconocida su condición de ciudadana en pie de igualdad con el varón. En Irán, como en la mayoría de los países islámicos donde todo el tinglado constitucional se inspira directamente en la Sharia, la mujer es simple y llanamente una ciudadana de segunda que debe ser tutelada toda su vida por un varón, ya sea su padre, marido o cualquiera de sus hermanos. Eso y someterse, por las buenas o las malas, a un estricto código moral de comportamiento en el que se incluye la obligación de vestir según los dictados de imán o ayatolá de turno. Sí, algo así como durante la época de Franco con los curas, solo que eso ya pasó y ahora los que cuentan con el beneplácito de las autoridades civiles para imponer su moral y costumbres por la fuerza de la ley son esa mayoría de estados islámicos a los que nos referimos. En cualquier caso, una verdadera ignominia que nos demuestra a las claras cómo todos esos estados sometidos a la interpretación caprichosa de la Sharia por parte del clérigo de turno se dan de bruces directamente con los derechos del Hombre y del Ciudadano. Razón de sobra para que todos aquellos que nos consideramos herederos de aquellos que han luchado históricamente porque la susodicha Declaración de los Derechos del Hombre y Ciudadano fuera el texto que inspirara en esencia todos y cada uno de nuestros ordenamientos constitucionales nos sintamos concernidos con lo que está pasando en Irán.

 

¿Y quiénes somos los herederos putativos de los que lucharon, entre otras cosas, para que hoy en día la igualdad entre hombres y mujeres esté recogida en dichos ordenamientos jurídicos? Pues ni más ni menos que la izquierda, porque ha sido la izquierda la que históricamente ha tenido por bandera la inmensa mayoría de las reivindicaciones a favor de la libertad y el progreso de los ciudadanos frente a lo establecido hasta el momento. Luego, es verdad, toda esa gente autoproclamada como conservadora, o ya directamente de derechas, ha ido asumiendo como propias, una vez más insisto que al menos sobre el papel, cosas que hoy en día la mayoría juzgamos irrenunciables, cuando no hasta de puro sentido común entre nosotros, ya sea la libertad de expresión, la separación de la Iglesia y el Estado, e incluso la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Pero, ¿entonces por qué no está la izquierda en la calle solidarizándose con los las reivindicaciones de las mujeres iranís? Porque no lo está, al menos no esa izquierda que todavía acostumbra a movilizarse por lo que considera causas justas al estilo de la palestina o la saharaui. ¿Será que esa izquierda todavía activista simpatiza con el régimen iraní y no con las mujeres iranís? Sería un verdadero dislate si tenemos en cuenta que el régimen de los ayatolá nos recuerda tanto a la Europa previa a las revoluciones liberales del XIX, sobre todo en aquellos países católicos donde la Iglesia pretendía supervisar en todo momento la aprobación de leyes por parte del poder civil en previsión de que estas pudieran poner en tela de juicio una concepción de la sociedad en la que lo público, e incluso lo privado, se quiera o no, debía estar subordinado a lo religioso. Una Iglesia Católica que todavía en pleno siglo XX ha procurado condicionar la vida civil de aquellos países en los que su influencia social y política era indiscutible, al estilo de la Irlanda anterior a su conversión en el llamado Tigre Celta, la Polonia de nuestros días y qué decir de la España de Franco, y que, sin embargo, nunca llegó a supeditar lo civil a lo religioso del modo tan represivo y hasta homicida como en el caso del Irán chií o la Arabia Saudi suní.

La izquierda, por lo tanto, y sobre todo si no quiere traicionar sus principios de defensa de los derechos humanos y del ciudadano, debería ver con horror y hasta verdadera repugnancia todo lo que sucede en esos países donde todavía hoy en día la superstición religiosa condiciona todos los aspectos de la vida y somete a las personas, y muy en especial a las mujeres, a absurdos y opresivos códigos legales y de conducta que simple y llanamente anulan su voluntad como personas. Sin embargo, no la izquierda, sino cierta izquierda, sí ha simpatizado históricamente con el islamismo, e incluso más en concreto, con el régimen de los ayatolás. Solo hay que recordar la fascinación del conocido filósofo francés,  Michel Foucault, por lo que sucedía en Irán durante la revolución contra el Sah y su fascinación por la figura de Jomeini, la cual lo animó a escribir dos famosos artículos en Le Monde en los que aplaudía el derrocamiento del segundo y último monarca de la dinastía Pahlavi y ensalzaba la figura del ayatolá Jomeini como si se tratara de un líder revolucionario, liberador, al estilo de Fidel Castro o el Che Guevara. Una fascinación cuyo origen en el caso de Foucault estaba basada sobre todo en su complacencia por la victoria y el establecimiento de un régimen, la República Islámica de Irán, que era ante todo antiestadounidense. La simpatía de Foucault por Jomeini respondía al principio de “el enemigo de mi enemigo es, por lo tanto, mi amigo”. Claro que en este caso Foucault también olvidaba que ese nuevo “amigo” suyo no habría dudado ni un segundo en darle matarile, ya no solo por su condición de izquierdista que defendía la separación de Estado y la Iglesia, o su defensa del feminismo, sino ya solo por su condición de homosexual. Y del mismo modo que hablamos de Foucault como prototipo del intelectual europeo complaciente, en su momento todo un entusiasta, con el integrismo islámico –se supone que siempre y cuando  a estos no les diera por abandonar sus desiertos de arena para venirse a Europa a tocar los cojones con guerra santa a cuestas y, ya en especial, esa manía de querer degollar a infieles del tipo del famoso filósofo francés, ateo, maricón y además de izquierdas-, aquí también podríamos hablar de otros más cercanos como Juan Goytisolo, un autor que del mismo modo que nos acercó la amplia y diversa realidad del mundo islámico a través de sus libros, y en especial aquella que nos es más cercana, la de nuestro pasado andalusí y sobre todo la de nuestro vecino marroquí, también nos hurtó mucho, si no todo, de la realidad, también tan amplia y diversa, de las mujeres en el Islam.

Así pues, cómo es posible que cierta izquierda, por lo general la que se tiene a sí misma como la más pura, radical, pueda simpatizar con una ideología como el islamismo, la cual representa todo aquello que ha estado combatiendo durante siglos en sus sociedades de origen. Pues ni siquiera se puede achacar del todo al principio antes citado de “el enemigo de…”, el cual era tan evidente en el caso Foucault tal y como él mismo se encargó de proclamarlo a los cuatro vientos, y como lo es también en el de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, un régimen tan autoritario como reaccionario, en realidad una potencia imperialista pura y dura, en el que la izquierda que no ocupa no duda en responsabilizar a EE.UU, OTAN mediante, de ser el principal inductor y responsable de todos los crímenes que se están cometiendo sobre el terreno. Ni mucho menos, en el caso de la tibieza con la que cierta izquierda, insisto que la que parece tener más apego a sus mitos y prejuicios del pasado que a los valores humanista y principios de igualdad y justicia que la definen, asiste tanto a las injusticias que se cometen en los países islámicos en nombre de Alá, como al empeño por parte de los islamistas que viven entre nosotros de arrancar concesiones a los gobiernos occidentales como en caso de la aceptación del velo en las escuelas o en los edificios públicos, el empeño de convencernos que debemos tolerar ciertos aspectos de su cultura que se dan de bruces no solo con la nuestra, sino sobre todo con nuestro ordenamiento legal, con la excusa del respeto a sus peculiaridades religiosas y culturales -y mejor dejar para otro momento la condescendencia con la que se ha tratado el terrorismo islámico, una vez más, y como en el caso de la invasión de Ucrania, como si la verdadera víctima fuera el verdugo al que no le queda otra que serlo obligado por la maldad de Occidente y bla, bla, bla-, solo se puede deber a un muy arraigado complejo de culpa por parte de la izquierda occidental a causa de la colonización de los países de los que proceden la mayoría de los musulmanes. Un complejo de culpa que hace concebir a los naturales de esos países, los cuales han sido hasta hace apenas cuatro días colonias de los nuestros, como los verdaderos oprimidos del mundo, aquellos por los que cualquier persona de izquierdas que se precie debe luchar por muy incompatible que sea su concepción de la sociedad, del mundo, con la nuestra. Todavía más, si con alguien hay que ser tolerante, complaciente incluso, es precisamente con esos nuevos parias de la tierra que son los inmigrantes del tercer mundo, da igual si su intención es la de integrarse en nuestras sociedades sin por ello renunciar a su religión o costumbres, o, por el contrario, más bien a reproducir entre nosotros todos los parámetros socioculturales que le son propios en sus países de origen, a destacar la concepción de la mujer como un eterno ser menor de edad al que no se le reconocen los mismos derechos que los de los hombres.

Pero claro, este complejo de culpa por ser también, y de alguna u otra manera, siquiera ya solo por una cuestión de origen en incluso en razón de una determinada pigmentación más clara de lo habitual en el resto del mundo, los herederos putativos o casi de los antiguos colonizadores, aquellos cuya riqueza y progreso se supone que se ha construido en su inmensa mayoría a costa del saqueo y la explotación de los países de los que proceden la mayoría de los musulmanes, parece predisponer a cierta izquierda occidental a tragar con todo aquello con lo que no estaría dispuesto a tragar en el caso de que, en lugar de parias del tercer mundo, se tratara de simples ciudadanos occidentales. Dicho de un modo más explícito, puede que contundente, y también al estilo de las declaraciones de la famosa actriz francesa, Juliette Binoche, cuando dijo que las mujeres de occidente tenían unas prioridades distintas a las del tercer mundo y en especial a la de los países musulmanes: el feminismo para las mujeres occidentales muy bien, comme il faut, lo que debe ser, aquí todos somos feministas; pero, para el resto de las mujeres del mundo, y en especial para las que van cubiertas con un velo o de arriba abajo, pues ya no tanto, o acaso de otro modo –una vez más poniendo en tela de juicio la universalidad de los derechos humanos y del ciudadano- porque las pobres tienen otras cosas y además más importantes por las que preocuparse, el imperialismo occidental –porque el ruso o el chino como que bienvenidos- y por el estilo. De ese modo, para cierta izquierda como la que nos ocupa, no es lo mismo la opresión del heteropatriarcado sobre la mujer en la figura de un macho europeo, blanco y hasta cristiano, una figura contra la que ir a degüello, y no diré yo que no, y esa otra que puede ejercer un emigrante del tercer mundo, de tonalidades cuanto más oscuras más proclives a la solidaridad y así, y no digamos ya musulmán, el paria por excelencia, y si no mira lo que les estamos haciendo los occidentales a los palestinos a través de Israel.

Con todo, lo más curioso de este complejo de cierta izquierda occidental respecto a lo islámico, no es solo que recuerde y mucho a la parábola de la rana y el escorpión, pues a nadie le cabe duda de que si en algún momento los islamistas consiguieran “empoderarse” de verdad gracias a la ayuda o complacencia de la izquierda de marras, las primeras víctimas de su inveterada intolerancia no iban a ser otros que la gente de izquierdas que defiende un modelo de sociedad completamente en las antípodas del suyo –de hecho, es más probable que simpaticen con la derecha occidental y cristiana más tradicionalista o integrista con la que tanto tienen en común, que con aquellos que les habrán facilitado al camino a la vez que demonizaban a aquellos que decían o escribían cosas como las del que subscribe estas líneas desde su infinita ingenuidad de persona que cree que la izquierda son valores y no empanadas mentales a lo de Juego de Tornos-. No, lo más curioso de este complejo de culpa histórica que inclina a cierta izquierda occidental a simpatizar, siquiera ya solo a contemporizar, con el islamismo de alguna u otra manera, es que se trata de un verdadero resabio racista por el que se considera que los originales de los países del Tercer Mundo, y en especial los de los países musulmanes, no están capacitados, al menos no socioculturalmente, para asimilar valores como los derechos del hombre y el ciudadano que nuestros antepasados concibieron como universales y no exclusivos de las sociedades blancas, cristianas y hasta ricas.

Valga como ejemplo de esta hipocresía sin par el caso de la activista somalí-neerlandesa-estadounidense Ayaan Hirsi, escritora y ex política holandesa, la cual, tras escapar de su país y su familia para instalarse en Europa adquirió gran notoriedad mediática tras declararse feminista y atea, contraria a la mutilación genital femenina y una de las escritoras más críticas y valientes con el Islam, motivo por el que fue amenazada de muerte tras haber colaborado en 2004 en la realización del cortometraje Submision (Islam) del director Theo van Gogh, el cual fue asesinado al poco por el joven Mohammed Bouyeri, hijo de inmigrantes magrebíes. Pues bien, en lugar de ser alabada por su valentía a la hora, tanto de contar su experiencia personal como de criticar el Islam por lo que tiene de religión en contra de los derechos y libertades de las mujeres, la izquierda holandesa no dudó en culpar a la propia Hirsi de ser la instigadora o principal responsable de todo lo que le había pasado por no haber tenido la boca callada, vamos, de lianta para arriba. Razón de peso para que todo el activismo ateo y en especial anti-islámico de Hirsi haya sido encauzado posteriormente a través de asociaciones o partidos vinculados a la derecha europea o americana, los cuales presumen además de ser los únicos que defienden los verdaderos valores de la Ilustración en los que se basa nuestra civilización occidental. Pero claro, cómo no va a ser así cuando la izquierda occidental, no toda, parece haber renunciado a blasonar de heredera del Siglo de las Luces para que no la acusen de prepotencia eurocéntrica y hasta de racista.

Porque es precisamente de eso de lo que parece que se trata cuando hablamos de la anuencia de cierta izquierda occidental con el fanatismo islamista, que por muy en contradicción que estén sus proclamas con nuestros propios principios, incluso por muy irracionales que sean sus actos, y no digamos ya salvajes como el asesinato de director de Submisión, los muertos en el atentado a Charlie Hebdo por las famosas caricaturas de Mahoma o cualquier otra proeza del terrorismo islámico, siempre habrá alguien desde la izquierda siempre más a la izquierda de todos que no dudará en justificarlo con el mantra de las culpas eternas e imborrables de Occidente, siquiera sacando a colación los crímenes de EE.UU y de la OTAN contra países musulmanes, y así en general toda la monserga al uso, la cual, insisto, es lo más parecido, se quiera o no, a tirar piedras, no solo sobre nuestro propio tejado, sino en el de toda la humanidad.

 

Txema Arinas

Oviedo, 03/11/2022

 

 

Sobre Txema Arinas 18 artículos
Escritor español (Vitoria-Gasteiz, 1969). Reside en Oviedo. Licenciado en historia y geografía por la Universidad del País Vasco. Ha vivido en Francia, Irlanda y Venezuela, y aprendió varios idiomas. En los últimos años ha trabajado como profesor de secundaria y además ha desempeñado diversos cargos en la empresa privada. Ha publicado las novelas Los años infames (2007), Gaitajolea (2007), Anochecer en Lisboa (2008), Euskara Galdatan (2008), Maldan Behera Doa Aguro Nire Bihotz Biluzia (2009), Zoko Berri (2009), El sitio (2009), Azoka (2011), Borreroak baditu hamaika aurpegi (2011), Muerte entre las viñas (2012), Como los asnos bajo la carga (2013), En el país de los listos (2015), Testamento de un impostor (2017), Historias de la Almendra (2018) y Los tres nudos (2019), y los ensayos Sabino Arana o la identidad pervertida (2008) y El imposible perdido (2012). Ha colaborado como articulista en el periódico Berria, las revistas Grand Place y Hegats, las revistas digitales Solo Novela Negra y Zubyah, de la asociación cultural Punica Granatum.

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