Lo que cuesta.

Cuesta mantenerte alejada de las noticias trágicas, de la inmediatez de las redes y sus patadas a la tranquilidad.
Cuesta no empatizar con los dolores ajenos, la huidas imposibles, las criaturas en riesgo, la angustia marítima, económica buscando otros mundos.
Cuesta volver tu mirada hacia el mar, displicente y serena, cuando asalta el terrorismo machista y una cliente de consulta te ha revelado abusos por parte de un familiar durante décadas.
Cuesta ilusionarte con un viaje de fin de semana lleno de sabores, de esos sin programa previo, y no quebrarte con y por el hombre que te pide dinero en la puerta del restaurante sudoroso, ácido y triste.
Cuesta saber acerca de quien lo está pasando mal, muy cerca de ti, y no encontrar fuerzas para poner presencia diaria y sentir tu impotencia propia ante la debacle social y mental circundante.
Cuesta leer sobre aquellos que se juegan la piel huyendo del terror, los que van por el mundo buscando un espacio donde existir y son tratados como delincuentes.
Cuesta gestionar la violencia propia ante los discursos falaces y el fascismo ideológico imperante.
La negación de lo obvio me/ nos enloquece.
Cuesta pasar días olvidando imágenes de personas heridas en una matanza, en un terremoto nocturno, abrir las ventanas virtuales al mundo y notar que el oasis es eso, una burbuja que construimos privilegiadamente para oxigenarnos por un tiempo.
Un oasis de una tarde, dos días, unas vacaciones.
Y cuesta, al tomar monodosis de aire de realidad, sonreír.
Por mucho que quien está cerca de ti te anime con una de esas frases tipo para acallar conciencias sensibles con sentido de la justicia social.
-¡Sonríe, mujer, sonríe, que estás de descanso!
Pues sí, cuesta estar en paz cuando afuera hace guerra, locura, mundo del revés.
Y que no me lancen bombas de determinismos, karmas e individualismo capitalista neoliberal, que respondo con la espada verbal que lacera, digo y me digo:
María, nunca dejes de ver lo privilegiada que eres.
Por mucho que la olvidadina sea la medicina social de nuestros días, prescrita para no sentir.
Por mucho que la indefensión campe a sus anchas como estrategia de supervivencia o la psicopatía se desvele el mejor armazon de adaptación.
Por mucho que ocurra todo lo expuesto, lo difícil es ser conocedora y poder darse resuello un par de días.
Dos privilegiados días de no pensar.
Para seguir después.
Buen día, otro día.
María Sabroso.
Sobre María Sabroso 111 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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