Mencía y las meigas.

Cristina, la mamá de la niña Mencía, como todas las noches, fue a la cuna de su hija para besarla y desearle dulces sueños. Mencía aquella noche estaba muy excitada porque había recibido la visita de sus primos de Oviedo, Gracia y Carlitos, y no se podía dormir pese al cansancio de tanto jugar con ellos.

-Que duermas bien y tengas bonitos sueños, mi amor-le dijo la mamá al tiempo que le besaba en la frente.

-Gracias mamá, qué buena eres-contestó Mencía, cuando aquélla abandonaba la habitación.

Mencía, tardó un buen rato en caer en una especie de sopor, resistiéndose al sueño profundo, hasta que una voz le llamó:

-¡Mencía! ¡Hola, Mencía!-dijo la voz.

-¿Y tú quién eres? ¿Y por qué sabes mi nombre?-interrogó Mencía.

-Sé tu nombre porque yo soy tu Meiga.

-¿Tú mi Meiga? ¡Ay, que risa! Mi mamá me ha dicho que las Meigas no existen.

-Las Meigas buenas sí existimos. Una muestra de ello es que estoy hablando contigo aquí y ahora. ¿No te parece suficiente prueba?-preguntó la voz.

-Sí, puede que así sea-contestó, dudosa, Mencía.

-Es más, Mencía, te diré que todas las personas tiene su Meiga buena. Porque las Meigas buenas, somos eso: la parte buena de las personas. Así que en las personas muy, muy buenas, tienen una Meiga grande y poderosa. Y en las

personas ruines y mezquinas, su Meiga es casi insignificante y apenas se manifiesta, salvo en contadísimas ocasiones.

-Ah- dijo Mencía-ya caigo.

– Entonces, ¿también tendréis superpoderes?-preguntó curiosa.

-Pues sí, ya te he dicho que en las personas buenas, nos manifestamos poderosamente. Nuestra presencia es ostensible y brilla con luz propia.

-¿Y podríais hacer que no hubiera más guerras?-se interesó Mencía.

-Sí que podríamos-contestó la Meiga.

-Si todas las Meigas buenas, es decir, si todas las partes buenas de la gente se pusieran de acuerdo, no habría ya más guerras. Pero no lo hacemos porque las personas tienen que ser responsables de sus actos y cargar con sus consecuencias si han obrado mal.

-No lo he entendido muy bien-dijo Mencía- pues tendría que ser suficiente con que la mayoría no quisiera que hubiera guerras.

La Meiga buena de Mencía, un tanto incomoda, se rascó su cabeza de Meiga antes de contestar:

– Bueno, Mencía, es que a veces las partes malas de algunas personas tienen tanta fuerza o están situadas en cargos tan poderosos que pueden sobre las partes buenas de muchas personas, aunque éstas sean mayoría.

Mencía, sin lograr entenderlo de todo, lanzó un profundo bostezo, apenas mitigado por su manita tapando la boca.

-Bueno, Mencía, te voy a dejar, pues ya veo que mi charla te produce sueño-comentó la Meiga.

-No, no es por usted, señora Meiga, es que estoy muy cansada de jugar con mis primos. De todos modos, si eso de parar las guerras es tan difícil hasta para las Meigas buenas, quizá sea más fácil acabar con el hambre en el mundo, ¿no le parece?- preguntó Mencía.

La Meiga buena, volvió a rascarse su cabeza de Meiga, esta vez con tanta fuerza que se arañó la piel Después de un rato contestó a la niña:

-Mira, Mencía, la cuestión es que también es muy difícil eso que propones, porque una cosa lleva a la otra. Las guerras existen porque las partes malas de las personas no quieren compartir con nadie las riquezas que atesoran, Y cada vez acumulan más y más cosas y alimentos, sin importarles un

bledo que otros carezcan de lo necesario. Y si para ello tienen que declarar una guerra, apropiándose por la fuerza de lo que ajeno, pues la declaran.

La Meiga siguió su discurso:

-Así que solo en la medida que la parte buena de las gente crezca y crezca sin parar, y supere a la parte mala…

Pero Mencía, vencida por el sueño, ya no pudo escuchar las últimas reflexiones de su Meiga buena, porque se quedó profundamente dormida.

………………………………………………………….

A la mañana siguiente, Cristina, la mamá de Mencía, entró en la habitación y susurró a su oído unas dulces palabras que la despertaron lentamente. Mencía, esbozó una sonrisa de picardía al mirar a su mamá.

-¿De qué te ríes, mi cielo?- preguntó la mamá.

-Me rió, porque me parece mamá que eres un poco mentirosilla-dijo Mencía.

-¿Y eso?-preguntó la madre.

-Pues, porque tú me dijiste que las Meigas no existían, y yo anoche estuve hablando con mi Meiga, así que haberlas”haylas”. Ahora mismo, yo estoy viendo a tu Meiga, mamá, que es grande, muy grande, tan grande como un castillo- concluyó Mencía entusiasmada.

La mamá, sin comprender las palabras de Mencía, volvió a besar la frente de su hija al tiempo que la arengaba:

¡Venga, a desayunar, mi Meiga hermosa!

Y Mencía, reía y reía sin parar.

FIN

Sobre Jesús Gutierrez Diego 17 Artículos
Ingeniero Técnico Químico. Nacido en Santander, residente en Las Palmas de Gran Canaria. Escritor. Recibe diversos premios en relato tanto infantil y juvenil como adultos. En 1971 publica con Isaac Cuende el libro de poemas "Carne Viva" como consecuencia es procesado en Consejo de Guerra y cumple año y medio de condena. Sigue publicando y recibiendo premios diversos.

Sé el primero en comentar

Deja un comentario