MIRAR ATRÁS

Cuando un preso abandona la cárcel una vez queda libre, no puede volver la vista atrás.
En el lenguaje de la hermandad reclusa, mirar a la prisión trae mal fario y quiere decir que tarde o temprano regresarás a ella.
Y volver es regresar a la soledad de los diez metros cuadrados, a que a las 20h suene el cierre automático de la celda para no volver a abrirse hasta las 8 horas  de la mañana. Es acostarse cada noche con la culpa y sin la luna, y amanecer viendo cómo el amor se fuga entre los barrotes de la ventana, al igual que se escurren los minutos en el desagüe del vacío. Es tener prohibido volver a la celda hasta la noche, dejando todo a la vista en un mundo sin cajones ni privacidad, para pasar la jornada en zonas comunes con gente a la que no has elegido.
Es el silencio obligatorio y la obediencia total. Elegir siempre entre las escasas opciones que te permiten. Es regatear en el patio a la depresión y a la hepatitis, al VIH y a la tuberculosis, hacer fintas con la droga o sentir cómo se van destrozando las rodillas de correr en círculo un día tras otro. Son las peleas, el castigo en las celdas de aislamiento, la contención mecánica de pasar horas atado a un colchón. Los minutos de visita una vez al mes para acariciar un cristal. Recibir solo la información permitida de lo que sucede fuera, tener prohibido el acceso a la red o a un teléfono móvil en todo momento. Es poder tener una TV especial siempre que la compres en el centro. Es que la autoridad uniformada ejecute lo que decidan los despachos oscuros, desde tus progresos personales a las actividades culturales que te permitirán disfrutar.
Fieras domesticando animales salvajes, hienas despreciando las sobras del sistema que continuamente genera estos problemas.
El espacio que separa el vacío de la vida lo delimita una valla de varios metros de altura entre dos muros de hormigón. El perímetro está protegido por una concertina y las medidas de seguridad más sofisticadas, como la videovigilancia con infrarrojos o microondas.
Las fronteras de España también están protegidas por vallas, muros, concertinas, videovigilancia, cámaras térmicas, radares… Y dentro de esa jaula en la que el pájaro que vuela cree que es libre, podemos encontrar ya no dos sino tres Españas: la España vaciada, la España saqueada y la España calcinada. Las tres caminan voluntaria e inexorablemente hacia un horizonte que las haga regresar a los tiempos más oscuros y rancios de la historia reciente, en los que todo el país era una cárcel sembrada de cruces y aristócratas, la mujer estaba encerrada en casa y la caza y la tortura animal eran la cultura obligatoria. Donde solo unos pocos accedían a una educación o una sanidad dignas, y el principio de autoridad era sagrado como la sumisión a la bandera o a Dios.
Cuando llegue ese momento, solo habrá dos direcciones posibles: nos empujarán hacia abajo o hacia fuera. Y esta vez, espero que no se nos olvide aquello de no volver la mirada.
Igor del Barrio.
(Foto: vista del patio desde una celda de la vieja cárcel de Carabanchel, construida por presos políticos tras la guerra civil, símbolo de la memoria histórica, y derribada en 2008).
Sobre Igor del Barrio 16 artículos
Periodista. Bloguero.Escritor

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