Misoginia masculina

Misoginia: nombre femenino Aversión a las mujeres o falta de confianza en ellas.

Mi padre murió cuando yo tenía seis años.

Cuando llegué a la adolescencia mi madre me pidió perdón por no saber enseñarme a afeitarme ( … no pasa nada, mamá … no pasa nada … eso no me hizo falta … )

La verdad es que nunca me faltó nada de ti, nunca, nada …. Ni como persona, ni como profesional proveedora, ni como madre.

Lo que sí me sobró es que desde afuera se empeñaran sin descanso en señalar como un insalvable problema que en casa no tuviéramos un patriarca … No tardaron en exigirme a mí que ocupara su plaza (y yo no tardé en aceptarla, venía plena de poder y privilegios …)

Toda una sociedad, mayoritariamente los hombres adultos, mis supuestos referentes, minusvalorando a mi madre.

Eso sí que estuvo mal, muy mal … me lo metieron en las venas …. yo solo tenía seis años … he tardado mucho, mucho, mucho tiempo en sacármelo …. y aún todavía …

(Lo siento mucho, mamá … me duele el corazón … ahora que hace tanto que ya no estás …)

 

Si hay algo que me fascina es la dificultad de los hombres en detectar la misoginia, propia y ajena y, cuando es señalada por demasiado evidente, la poca importancia que le otorgamos.

Sospecho que los adultos varones no somos ni remotamente conscientes de la profundidad vital y medular que alcanza nuestro desprecio y rechazo a las mujeres, incluidas las que conviven con nosotros. Por muy progresistas e igualitarios que nos auto-cualifiquemos.

Siento que hemos encontrado una nueva zona de confort consistente en conformarnos con demostrar hacia afuera ciertas actitudes igualitarias en lo externo, en nuestro discurso y posicionamiento social y en nuestras manifestaciones (palabrería). Hacerlo nos hace sentir bien, incluso orgullosos de nuestra labor activista. De alguna forma creemos que ya hemos alcanzado el objetivo “igualitario” en nosotros, que ya hemos terminado el trabajo.

No siento que nos atrevamos a seguir descendiendo a esa zona abisal que es nuestra subjetividad, más o menos inconsciente. Seguimos obviando la relevancia insalvable de la manera en que fuimos construidos, socializados, educados y sumergidos culturalmente. Y no me refiero a analizar intelectualmente la construcción de “los hombres en general”, me refiero a explorar la incuestionable oscuridad de la biografía del hombre que yo habito. Si, bajar a los lúgubres sótanos de mi propia historia.

Solo la intelectualidad nunca fue suficiente para hacer by-pass a la realidad íntima. Sin realizar el viaje interior, no es posible reconocer en nosotros la misoginia que vitalmente nos mueve, la posición subjetiva en la que hemos colocado a la mujer (a todas las mujeres) por el hecho de serlo. Y, si no hay auto-reconocimiento, no hay aceptación y, por lo tanto, ninguna posibilidad de transformación.

La consecuencia de mantener esta asignatura pendiente es que las “memorias misóginas” que conforman nuestra pulsión interior, nuestra masculina manera de ver la vida, siguen activas. Como si fueran pedazos de “códigos de programa” sin depurar que, obviamente, se “ejecutan” cuando aparece ella en la ecuación.

Por eso los hombres no reparamos en la diferente forma en que abordamos una situación cuando el sujeto o el objetivo, directo indirecto, de la misma, es una mujer.

Hasta el psicoanálisis (y el androcentrismo que lo parió) ha normalizado la misoginia en los varones, asociándola a una resolución “razonable” del trauma edípico. Y nos hemos quedado tan panchos (una vez más) con esta supuesta normalidad en la que de nuevo culpamos a las mujeres y pasamos por alto, de manera profundamente misógina, que ellas son las víctimas.

Y este es el aspecto que quiero destacar en esta reflexión: la desfachatez y facilidad (que raya en lo psicopático) con que los hombres obviamos que una mujer (todas) está siendo víctima de nuestros actos, de nuestras conductas, de la estúpida forma en que las minusvaloramos, les “explicamos cosas” y las “tutelamos”, de nuestra desigual manera en que canalizamos nuestras emociones (por ejemplo, la ira) cuando quien está delante es una mujer o un hombre. No, cuando son mujeres, no “sentimos” a las víctimas.

Incluso en nuestro peculiar arte al cantarle poéticamente al amor, convirtiéndola a ella en “esa cosa que da sentido a nuestras masculinas vidas, quiera ella o no quiera” hay profunda misoginia.

Por todo lo anterior, permitidme que afirme que todos los hombres odiamos a las mujeres, sin excepción. Por eso nuestra tendencia natural a justificar, en varonil fratría, nuestras conductas victimarias masculinas (al menos la no delictivas). Nuestra compartida misoginia nos impide percibir que nuestro acto está teniendo una víctima a la que estamos causando daño. Anteponemos nuestra masculina “necesidad” al daño infligido. Y esto es terrible.

Nuestra ancestral misoginia, nuestro desprecio y rechazo a la mujer, es la razón principal por la que toleramos la violencia machista. Es la causa por la que nos mantenemos indiferentes, en silencio cómplice. Porque, al ser ellas las dañadas, no sentimos el dolor causado.

“solo le pido a dios que el dolor no me sea indiferente”, cantaba Ana Belén.

Te invito, lector masculino, a mirar(te) por dentro y a pedir(te) lo mismo.

Justo Fernández

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