Pasión por el cine

Se llama Bibiana, tiene unos sesenta años, una hija casada -la chica- y un hijo, Cristian, que trabaja en la Opel. Su marido es representante y varios días a la semana está fuera. No lo echa de menos. Ella se levanta temprano para dejar la casa aviada cuanto antes. Sobre las once y media se sienta en la cocina ante el ordenador portátil que le trajo su hijo, cuando el médico dijo que ella tenía la depre. Para que te distraigas un poco, la besó Cristian, qué buen hijo es. Y la enseñó a manejarlo. Siempre se ha dedicado mucho a ella, le ha enseñado muchas cosas, hasta llaves de kárate. Con lo que a Bibiana le gusta el deporte.
Por las tardes va a buscar al nieto a la guardería, le da la merienda y lo entretiene en casa hasta que la chica sale del turno de tarde en Mercadona. Los fines de semana, entre limpiezas generales y alguna visita familiar, tampoco puede abrir el guguel. Por eso las mañanas de lunes a viernes se han convertido en el tiempo más importante para Bibiana, deslumbrada por el mundo descubierto tras la pantalla.
De pequeña no la dejaron nunca ir al cine. Es caro y no sirve para nada, gritaba su madre, sólo para pájaros en la cabeza. Ella se moría de envidia oyendo comentar a las chicas del colegio las escenas, los actores, el amor, la tragedia. Lo pudo remediar de algún modo coleccionando pequeños anuncios de las películas del barrio, o de las que estrenaban en el centro. Se los proporcionaba Teodoro, el repartidor del colmado, que iba mucho al cine y había averiguado la pasión cinematográfica de Bibiana. Teodoro negoció con ella: le conseguía los afiches de las películas a cambio de que se dejase besar un poco, o meter otro poco la mano bajo la ropa. Alguna tarde, en el callejón de detrás de la tienda. Y ella se dejaba, con una oscura sensación entre placentera y de pecado y culpa. Escondía las octavillas en su armario, bajo el montón de las bragas, dentro de un sobre mediano que rescató de la basura. En la absurda idea de que su madre, cuando guardase la ropa limpia, nunca iba a tocar la última braga. Todas las noches contemplaba los pequeños y coloridos carteles, uno a uno, bajo la colcha a la luz de la linterna. Su preferido era el de Casablanca, tan guapos los dos. Y esa canción tan triste, que a veces oía en la radio de la vecina de abajo.
Pero un buen día le llegó la regla sin que nadie la hubiera avisado de nada. Angustiada, no fue consciente de que utilizaba todas las bragas limpias. Mientras trataba de hacer los deberes, volvió a la realidad por el grito y el estirón de pelo que le dio su madre. Siguieron dos o tres bofetadas. Nunca le habían pegado y se quedó como sin sangre. Luego su madre hizo trizas su preciada colección de películas y la tiró a la basura, mientras la acusaba de mentirosa, de pecadora, de sucia.
Ahora tampoco va al cine, casi nunca ha podido ir. Pero ya no le importa pues ha aprendido a ver películas en el ordenador de Cristian. A veces piensa que no va a tener tiempo suficiente para ver todas las que le faltan. Ha organizado sus mañanas informáticas. Dos de ellas ve cine y otras dos “busca gente”. Se ha especializado en maltratadores. Va anotando datos en un antiguo cuaderno inacabado de cuando la chica iba al colegio. Nombres, calles. Juzgados. Siempre encuentra en su barrio, o cerca. Incluso conoce algunos que no salen por internet. Una vez localizados, los estudia atentamente. Costumbres y eso. Luego, en sus pocos ratos libres, hace “el seguimiento”. Por ejemplo, un fin de semana dice me voy a ver a mi cuñada. Su marido no la acompaña, siempre prefiere irse al bar. Pensando en él, que cada día pasa menos tiempo con la familia, se le ocurre añadir sus datos al cuaderno. Ya no le da pena, los hijos son sólo de la mujer. Por lo menos eso le dijo él cuando se quedó embarazada de joven y tuvieron que casarse.
Si considera finalizado el seguimiento, se hace la encontradiza con el sujeto. Sabe que se llaman así por las series de la tele, de las que también ha aprendido mucho. Los hombres son todos iguales en ese tema. Si te insinúas todos responden. Claro, mientras no seas un callo. Y ella tiene la suerte de no serlo. Las canas se las pinta. Y algún kilito de más, para ese menester no importa. Diga la tele lo que quiera.
En el momento oportuno utiliza cloroformo, o las pastillas de cuando la depre, que se las siguen recetando. A veces ya no hace falta usar nada más. Si no es así, asesta el golpe de karate que según su hijo es mortal, y Cristian nunca miente. O despliega la navaja grande de su marido, que lleva ahora en el bolso. El tonto de él no la ha echado de menos.
Aún no la han pillado. En el barrio hay bastante violencia, de género o de la otra, y en otras partes de la ciudad también. Quién va a sospechar de ella. Con esa pinta de madurita repulida. Con esa vida tan anónima, tan corriente. Siempre dedicada a sus hijos y a su nieto, que es una hermosura.
A veces nota que ya va teniendo cierta edad. Que se cansa. Por las noches, tumbada en la cama mirando al techo, se apodera de su mente una espiral en la que giran su madre, Teodoro el del reparto, su marido y los hombres del ordenador.
Y un instante antes de que la venza el sueño piensa que a lo mejor podría haber tenido otra vida.
Luisa Horno.
Sobre Luisa Horno 14 artículos
Luisa ha sido bibliotecaria, amante de la lectura porque su padre la inculcó el amor infinito a los libros. Luego la vida se la tragó un rato, justo el tiempo que tuvo de tener tres hijos y una vida vivida y quizá sufrida. Llegó el divorcio, la jubilación y decidió escribir. Hizo talleres y no ha parado, ha ganado el premio Caixa Forum de Relatos. Maestra indiscutible del relato corto...

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