PERPLEJIDADES SOBRE EL FASCISMO DE NUEVO CUÑO

 

 

Perplejidades, sí, acaso solo preguntas, las más retóricas, para enfrentarnos ante una realidad que va tomando forma de un modo alarmante a nuestro alrededor y casi sin darnos cuenta. Perplejidades también porque cuando uno no es maestro de nada y se atreve a ponerse delante de una página en blanco para opinar de lo divino y lo humano, no hay nada más ridículo que pretender sentar cátedra sin otros mimbres que la información que está al alcance de cualquiera con un mínimo de curiosidad por las cosas. Perplejidades también para no caer en esa indolencia ciudadana que uno percibe en eso que se llama la gente de la calle, siquiera en una buena parte. Ya no solo la sorprendente y acaso irresponsable indiferencia con la que un número a mi juicio extraordinariamente nutrido de nuestros conciudadanos, y esto reconociendo de antemano todo lo subjetivo que pueda haber en mi afirmación, parece asistir al triunfo progresivo, y desde luego que para nada paulatino, de las nuevas formas que toman en nuestra época el fascismo puro y duro de siempre,  sino, sobre todo, al rechazo que parecen suscitar las reacciones frente a esta realidad por considerarlas exageradas, siquiera ya solo las obsesiones de los cuatro rojeras hiperconcienciados y coñacetes de siempre. La gente, por lo general, siempre parece estar a otras cosas, en especial a lo de solucionar sus cosas del día a día y no digamos ya en tiempos tanto de crisis como de cambios siempre inescrutables. Y me temo que precisamente de eso, de las penurias y miedos que nos atenazan a todos y de cómo están condicionando nuestro presente y futuro más inmediato, también va a ir buena parte de lo que viene a continuación.

Porque puede que hubiera tenido que hacer está lista de preguntas hechas al viento mucho tiempo antes, y no precisamente ahora, a unos pocos días de la, no por prevista, menos insólita victoria del movimiento neofascista Fratelli di Italia de la que con toda probabilidad será la próxima primera ministra de Italia. Ni más ni menos que de Italia, la tercera economía de la UE, el país del Renacimiento en el que durante siglos se estuvieron reflejando el resto de los de nuestro entorno europeo y occidental, el país que todos admiramos y disfrutamos como compendio de todo lo que más nos gusta de Europa. Italia, sí, no la lejana y fría Polonia, la siempre exótica y tapada Hungría o la desconocida y además insignificante Eslovaquia. Ni siquiera Suecia, por muy fuerte que fuera también el golpe al descubrir que la ultraderecha había quedado allí, en lo que durante décadas fue algo así como el paraíso socialdemócrata, o dicho de otro modo, la confirmación de que había un camino a la izquierda al margen de los experimentos autoritarios del otro lado del Telón de Acero y que además funcionaba a las mil maravillas, el modelo de sociedad al que debería acercarse cualquier país que apostara por compaginar con éxito libertad e igualdad, como segunda fuerza en las elecciones de apenas hace unas semanas. Pero Italia es otra cosa, y lo es a pesar de conocer el insólito y enmarañado devenir político del país desde el final de la II Guerra Mundial, cuando todavía era inconcebible que podría repetirse la pesadilla que los italianos habían vivido durante casi tres décadas a merced de los caprichos, dislates y fechorías de un estrafalario y megalómano personaje como Benito Mussolini. Pero ahí están de nuevo sus hijos o nietos putativos al mando de la bella y contradictoria Italia, país tanto de la finezza y el buon vivere a modo de verdaderas señas de identidad, como de las pasiones desbordadas y encontradas que desencadenan cada cierto tiempo el caos más o menos inherente a la idiosincrasia del país, y, en cualquier caso, el país al que cualquier español, o de cualquier otro sitio, con dos dedos de frente se iría a pasar una temporada sin dudarlo para poder disfrutar precisamente de todo lo dicho antes. Así que toca preguntarse qué ha pasado, por qué, cómo revertir esta segunda puesta en escena de un fantasma que creíamos, muy ingenuamente, haber desterrado para siempre del mundo de los vivos a ese otro del averno.

Para empezar, es evidente que el vilipendiado fascismo de los años 30 dejó un poso tras la derrota que se ha ido transmitiendo generacionalmente hasta nuestros días. Sin embargo, ya fuera porque la derrota de la serpiente fascista fue tan absoluta, cautivo y desarmado menos donde ocurrió justo lo contrario, y ya en especial la evidencia de sus crímenes para ejemplo de las generaciones venideras, amén de una legislación en países como Alemania e Italia –si bien en este último país con exigua eficacia a la vista del prohibido partido fascista de Benito enseguida resucitó con los debidos retoques, maquillajes, en el Movimiento Social Italiano de Gianfranco Fini para seguir adaptándose a la realidad del momento hasta llegar al Fratelli d´Italia de Meloni; hecha la ley…- cuyo propósito era poner coto a cualquier tentativa de reorganización de la bestia dentro de las democracias liberales del occidente europeo, el caso es que la serpiente siguió poniendo sus huevos. Pero al menos al principio eran unos huevos contados, individuos fanatizados de casa o ya luego fuera que reivindicaban un legado envenenado que los catalogaba al instante como tipos grotescos y peligrosos a los que nadie en su sano juicio hacia caso, puro lumpen en la mayoría de los casos. Y sin embargo, algunos de ellos supieron sobreponerse a la devoción nostálgica y prohibida para adaptar su ideario al devenir de los nuevos tiempos. Los primeros en hacerlo fueron los franceses de Front National con el padre de la señora Le Pen, y antiguo torturador en Argelia, al mando. Ella ha pulido todavía más durante estos últimos años su ponzoñosa oferta ultranacionalista, racista y anti europeísta para hacerla más digerible a amplias capas de la sociedad francesa, y ya van dos elecciones a la presidencia de la República, nada más y nada menos, en las que la lideresa de la ultraderecha francesa ha sido candidata en segunda vuelta. Así que se podría decir que, dejando a un lado la lectura que podría hacerse del éxito de la ultraderecha en países del antiguo bloque socialista como Hungría o Polonia donde el pasado reciente explica casi todo lo que ha ocurrido en ellos, en lo que respecta a nuestro entorno europeo y occidental, todo comenzó en Francia. Todavía más, todo comenzó cuando la clase trabajadora que poblaba el extrarradio de las grandes ciudades como Paris, Lyon o Marsella dejaron de votar al Partido Comunista y se pasaron en masa a la versión actualizada del fascismo de los años treinta que era sin lugar a dudas el Front National de uno de los amigos más entregados y sinceros de ese otro dechado de virtudes democráticas llamado Vladimir Putin, da igual si el padre o la hija.

Porque, vale, de acuerdo, al frente de los partidos de ultraderecha actuales parece seguir estando la misma gentuza que los dirigía en décadas pretéritas, solo que ahora no visten camisas pardas, negras, azules o de cualquier otro color, ahora apenas se distinguen de cualquiera de nosotros; de hecho procuran distinguirse a toda costa de los cuatro pirados de su credo que todavía se pirran por los uniformes de cualquier tipo porque eso no solo no les renta nada entre la gente por lo general extremadamente convencional o conservadora a la que se dirigen, sino que incluso les resta. Gente, por lo general de las élites empeñadas en defender sus privilegios con la ayuda de aquellos que en el fondo siguen despreciando por considerar que no están a su altura ni deben, y mucho tarado a rebosar de ardor patriótico y/o resentimiento de clase, entre los que abundan funcionarios del Estado de turno, antiguos militares o funcionarios de las guerras coloniales que albergaban cantidades ingentes de resentimiento hacia los políticos que decidieron poner punto y final a las supuestas glorias de la patria a pesar de su propio sacrificio o el de sus mayores, y, así en general, una verdadera legión de mediocres de todo tipo para los que blandir una bandera en mitad de su manada es en la práctica el único ejercicio que les hacer recuperar un orgullo perdido por mil y una razones. Gente que, en todo caso, supo sintetizar el ultranacionalismo que los caracterizaba y su odio hacia todo lo que huela a modernidad en un mensaje antisistema en el que podían reflejarse esas clases populares que empezaban a sentirse amenazadas por la inmigración o la competencia extranjera, y, ya muy en especial, convencidas de haber sido traicionados por la izquierda tradicional de toda la vida, ya fuera la comunista por prácticamente inoperante tras la caída del Muro, es decir, ya sin un modelo que contraponer al de la democracia liberal que oprimía a la clase obrera y toda la monserga al uso, o esa otra socialista, o socialdemócrata a secas, con un discurso esencialmente de clase media e ilustrado cada vez más alejado de las prioridades de la clase obrera. Gente que con el paso del tiempo ha sabido sumar a sus caladeros tradicionales de votos, por lo general los blancos cada vez más empobrecidos de los banlieues con su sentimiento de abandono por parte de los partidos tradicionales de izquierda, o ese campesinado de franceses de bonne souche –patas negras- en conflicto permanente con las directivas agropecuarias de la UE y convencidos de concentrar en ellos el frasco de las esencias patrias, a cada vez más miembros de las clases medias desencantados con las políticas de simples parches para salir al paso, cuando no postureo puro y duro según el caso, de las dos grandes familias ideológicas a izquierda y derecha que han sido los dos pilares principales del desarrollo de Europa Occidental durante las décadas posteriores a la II Guerra Mundial. 

Y ahí es donde toca preguntarnos qué se ha hecho mal durante las últimas décadas de nuestra reciente Historia para que ese bipartidismo de facto que era la derecha más o menos democristiana o liberal, y el socialismo moderado o la socialdemocracia pura y dura, las dos grandes familias ideológicas a las que me refería antes como garantes del orden surgido del trauma de la guerra hayan ganado en descrédito entre sus antiguos votantes a pesar de haber protagonizado, y sobre todo propiciado, las décadas de mayor progreso socioeconómico de toda la Historia de la humanidad.  ¿O es que acaso todavía hay alguien que duda de que todo ese descontento que acaba canalizándose hacia la ultraderecha no es sino producto del desengaño y subsecuente enfado de unas masas que disfrutaron por primera vez en muchas generaciones de unas políticas de progreso económico y social que consiguieron sacar de la miseria a la mayoría e incentivar la movilidad social de buena parte de esta también como nunca antes? Porque, no nos engañemos por un apego más o menos romántico a las viejas utopías redentoras que el tiempo demostró que la mayoría de veces acabaron en pesadillas, fue precisamente ese largo periodo de progreso y estabilidad, el periodo más largo de la Historia de Europa sin conflictos bélicos hasta lo de Yugoslavia –y este en realidad una consecuencia de las tensiones internas sin resolver de un país del antiguo bloque socialista-, el que precisamente puso evidencia la inconsistencia, cuando no el absurdo, de dichas utopías redentoras. A partir de entonces ya no había lugar para la creencia de una sociedad mejor que no fuera la que ya se había obtenido como consecuencia de un pacto social táctico entre familias ideológicas a los que solo separaba ciertos matices y en la mayoría de los casos relacionados con la tradición, religión o la identidad individual y/o colectiva.

De modo que ha sido precisamente el desmantelamiento progresivo de la sociedad de bienestar tal y como la conocieron nuestros mayores, y que también llegamos a conocerla muchos de nosotros, y poco importa si como consecuencia de la reacción de las élites capitalistas que se revolvieron contra un estado de cosas que constreñía su desmedido instinto acaparador, o porque el modelo no daba para más como todo aquello que con el tiempo acaba degenerando irremediablemente por culpa de sus propias incongruencias o excesos, el que ha hecho, está haciendo, que las masas tanto de trabajadores, como la pequeña y mediana clase media, hayan dado, o estén dando, la espalda a los todavía principales sostenedores de lo que, así grosso modo, conocemos como la democracia liberal, como diría Churchill el menos malo de todos los sistemas de gobierno que conocemos; repito, la derecha de inspiración democristiana o liberal, y la socialdemocracia. Y les han dado la espalda, no porque crean que la ultraderecha les ofrece una alternativa juiciosa al estado de cosas que hoy conocemos, sino porque añoran todo lo bueno que conocieron hasta no hace mucho y consideran que de alguna manera tienen que expresar su desencanto contra aquellos a los que responsabilizan de la imparable decadencia de todo lo que les rodea. Se trata, por lo tanto, de una reacción esencialmente conservadora en el mejor sentido del término, conservar aquello que era bueno para todos, pero que concibe como una amenaza casi todo aquello que es nuevo desde hace unas décadas a esta parte, ya sea la globalización entendida como un nuevo “sálvese quien pueda, volvemos al Salvaje Oeste, que seguro que serán los de siempre, los mejores posicionados una vez más, o el progresivo desmantelamiento de un paisaje sentimental que no es otra cosa que la resistencia por miedo e ignorancia a aceptar que ya nada es ni será como antes, me refiero a cuando todo parecía tener un sentido porque era abarcable y todo funcionaba más o menos como se esperaba porque cada pieza estaba en su casilla y dicho estado de cosas no tenía visos de que fuera a cambiar de la noche a la mañana. 

¿Y qué podemos hacer para revertir esta situación en la que miles de conciudadanos que se sienten traicionados por los partidos tradicionales apuestan por los extremismos populistas de cualquier tipo, sea o no con la esperanza de un cambio de tornas que nos reintegre parte de esa sociedad del bienestar cada vez más en proceso de estar bien solo a medias y sobre todo para unos pocos, o ya solo como simple voto de protesta a lo “¡Anda y que reviente todo de puta vez!”? Pues no tengo ni la más remota idea, cómo iba a tenerla, por qué. Lo único que me dice el instinto es que no será precisamente demonizando a las masas que ahora votan a la ultraderecha por ser esencialmente manipulables e indocumentadas, o ya directamente de estar idiotizadas como consecuencia de la omnipresencia de la sociedad de consumo, todavía más la del ocio, digitalizado o no, y cuya principal razón de ser no parece ser otra que la alienación del individuo a toda costa y en todo momento. A decir verdad, ni siquiera una población medianamente instruida previene a una sociedad de caer en las garras del populismo fascista, tal y como quedó demostrado en la Alemania de los años 20 y 30, la sociedad en aquel entonces más culta e instruida que se había conocido nunca. Pero es que, además ¿Qué se gana insultando al adversario?  Sobre todo cuando todavía estamos a tiempo de que no devenga en un enemigo ya irreconciliable como consecuencia de sus actos, sino hacer que se reafirme en sus prejuicios, y en este caso en concreto en ese tan conocido que acusa a la izquierda de una soberbia innata y sin límites en su mirada y trato para todos los que no le bailan el agua, ni más ni menos que la que deriva de la convicción de estar siempre en el lado correcto de la Historia, aunque con ello no se consiga una mejora sustancial para esas masas de las que estoy hablando todo el tiempo.

Empero, tampoco podemos contemporizar con este fascismo de nuevo cuño como ya hicieron otros, a decir verdad la práctica totalidad de las derechas occidentales, con el original de los años treinta. Así que toca adivinar dónde puede estar el frágil equilibrio entre lo que debe ser una respuesta contundente y sobre todo eficaz que oponer a la ultraderecha, siempre con el fin de procurar minar sus apoyos entre las masas poniendo en evidencia sus falsedades y contradicciones. Unas masas con las cuales todavía queda la esperanza, si no el consuelo, de pensar que su voto es circunstancial en la mayoría de los casos, es decir, por lo menos hasta que empiecen a sentirse también defraudados por los partidos neofascistas en el poder. Puede que incluso sin necesidad de tener que esperar a que lleguen el poder, pues basta con que la gente que los apoyó con su voto en un primer momento se canse de ellos, ya sea porque la ultraderecha es muy proclive a auto destruirse a la menor de cambio por esa cosa de los egos de cada cual, o porque juzgan que ya no les sirven para expresar su descontento a través de ellos, y simple y llanamente les dan la espalda  como ocurrió en el Reino Unido después del Brexit. pero, también una respuesta al mismo tiempo lo suficientemente inteligente para no acrecentar una polarización que solo serviría para que cada cual se atrinchere en sus posiciones, generando con ello el ecosistema ideal para que los extremismos de un lado y otro se retroalimenten impidiendo el regreso a la senda del progreso y la estabilidad dentro de lo que, por mucho que les pese a algunos, sigue siendo el mejor sistema, el más justo y equitativo, también el más eficaz socio-económicamente que ha habido nunca a lo largo de la Historia, el que más seguridad y felicidad ha proporcionado a mayor número de seres humanos, siquiera ya solo en esta parte del mundo a la que pertenecemos, y que a mí no me duele prendas a la hora de afirmar que debería ser una especie de puesta a punto –no me pregunten el cómo o en qué, pues no tengo ni la menor idea, y tampoco creo que sea asunto mío como humilde opinador de todo sin saber de nada- de lo ya conocido en los países escandinavos sin ir más lejos, no por nada insisto que se trata precisamente del rincón de nuestro planeta donde la riqueza creció tanto como se repartió dando origen a lo que fue motivo de admiración durante muchas décadas por mucho que otros tuvieran la mirada puesta en extraños remedos del paraíso sobre la tierra que fueron para muchos, y durante demasiado tiempo, los países del bloque soviético y sus sucedáneos caribeños o de cualquier otra parte. 

El problema es que los acontecimientos que estamos viviendo en este primer cuarto de siglo, tan increíblemente parecidos a los del pasado siglo y sin embargo también salvando las distancias, con una crisis económica, una pandemia, una guerra local en pleno corazón de Europa –sí, pura y hasta si se quiere cínica realpolitik, porque, dejando un lado el buenismo al uso del santurrón de turno, todas las demás han sido meros conflictos locales por muy trágicos, injustos e indignantes que hayan sido- la cual además amenaza con internacionalizarse a poco que alguien dé un paso en falso, y, faltaría más, la consecuente crisis económica con los problemas de suministros que paralizan la economía y una inflación que ahoga todavía más a las clases populares, no parecen que pronostiquen un cambio de rumbo inmediato. De modo que solo queda cruzar los dedos y desear con todas nuestras fuerzas que el neofascismo triunfante ahora en Italia, como antes en Hungría y Polonia, tan a las puertas del triunfo en cualquier momento como en Francia, Austria, Holanda, Suecia, Finlandia, etc., se desinfle como un globo en el ejercicio siempre ingrato del gobierno, es decir, a la hora de demostrar de lo que verdaderamente es capaz para mejorar el día a día de la gente que les ha dado su voto. Eso o tomarse en serio el ejemplo que nos ofrece siempre el país que peor parado salió de su flirteo demencial con la versión más atroz de todos los fascismos, el nacionalsocialismo hitleriano. Me refiero al llamado cordón sanitario que todos los partidos políticos democráticos aplican con denuedo a cualquier formación ultraderechista con opciones a gobernar en cualquier institución de la República Federal Alemana. Pero, claro, ya sabemos que eso sería demasiado pedir en países como España donde el fascismo nunca fue derrotado, ni siquiera oficialmente deslegitimizado, donde como mucho se adaptó a las circunstancias por obra y gracia de la sacrosanta Transición. Razón también por la que cuesta tanto distinguir a la ultraderecha española encarnada en Vox de ese otro partido hasta ahora mayoritario de la derecha española que nunca ha condenado el franquismo porque la mayoría de sus miembros se saben herederos directos o putativos de este, un partido que, por eso mismo y a diferencia de esa otra derecha democristiana o liberal de la que hablaba antes como uno de los pilares de las

democracias liberales europeas, es capaz de tener entre sus miembros a una persona como la presidenta autonómica madrileña, Isabel Díaz Ayuso, que no duda en celebrar la victoria de la neofascista Giorgia Meloni a la vez que aprovecha dicha victoria para arremeter contra la izquierda en el gobierno de España, y una vez más no tanto por sus errores, supuestos o no, sino por lo que ella considera su ilegitimidad para estar al frente del gobierno de España por haberse coaligado y/o firmado pactos con otros partidos democráticos, los cuales simple y llanamente no son de su gusto, si eso también con el mismo entusiasmo que lo ha hecho también ese dirigente de Vox, un tal Buxadé, el cual es verlo y venirme inmediatamente a la cabeza la caricatura de un agente de las SS en gabardina de cuero negro, porque, oye, para algo están los prejuicios de cada cual. Una connivencia tan obscena y peligrosa con el neofascismo italiano que digo yo que no haría falta pensar mucho por dónde, o a quién, se podría empezar a aplicar el susodicho “cordón sanitario”. Pero, tranquilos, que eso no va a pasar ni en el mejor de los sueños. Así que ya solo queda esperar a ver qué pasa con el devenir de nuestra versión local del neofascismo que asola Europa, ese contubernio, qué si no…, de nostálgicos del nacional-catolicismo en su versión Una, Grande y Libre, integristas católicos de todos los pelajes, y no digamos ya amantes de los de las tradiciones en peligro, cuanto más absurdas o denigrantes mucho más convencidos de la necesidad de su defensa, y que van desde la caza a la tauromaquia convertida en la principal seña de identidad de España, pasando por la de zurrar a la parienta o a los hijos cada vez que se les solivianta un poco, rezumando resentimiento por todos los poros hacia una modernidad que, por lo que se ve, no son capaces de asimilar porque a ellos los ha pillado todavía en la Edad Media. Una versión demasiado chusca y majadera de la vida como para que pueda triunfar entre nosotros si tenemos en cuenta que el otro y verdadero gran partido de la derecha sigue siendo en la práctica el verdadero depositario a todos los efectos de las esencias puras, siquiera por herencia, del fascismo que estuvo en el poder en España durante más de cuarenta años y que a la muerte de su Caudillo apenas hizo otra cosa que cambiar de chaqueta para así poder acoger en su seno a los pocos moderados o verdaderos demócratas que había desperdigados al estilo de lo que decíamos antes que era la norma en la derecha del resto de Europa. En resumen, para qué temer la aparición de la Meloni española de entre las filas de Vox si a poco que te descuides, y en concreto que le vayan mal las cosas a un tal Feijoo, la probabilidad de que la Meloni española esté esperando su turno desde el palacio de las presidencia de la Comunidad de Madrid es cada vez más grande.

 

Txema Arinas

Berrozti, 27/09/2022

 

Sobre Txema Arinas 18 artículos
Escritor español (Vitoria-Gasteiz, 1969). Reside en Oviedo. Licenciado en historia y geografía por la Universidad del País Vasco. Ha vivido en Francia, Irlanda y Venezuela, y aprendió varios idiomas. En los últimos años ha trabajado como profesor de secundaria y además ha desempeñado diversos cargos en la empresa privada. Ha publicado las novelas Los años infames (2007), Gaitajolea (2007), Anochecer en Lisboa (2008), Euskara Galdatan (2008), Maldan Behera Doa Aguro Nire Bihotz Biluzia (2009), Zoko Berri (2009), El sitio (2009), Azoka (2011), Borreroak baditu hamaika aurpegi (2011), Muerte entre las viñas (2012), Como los asnos bajo la carga (2013), En el país de los listos (2015), Testamento de un impostor (2017), Historias de la Almendra (2018) y Los tres nudos (2019), y los ensayos Sabino Arana o la identidad pervertida (2008) y El imposible perdido (2012). Ha colaborado como articulista en el periódico Berria, las revistas Grand Place y Hegats, las revistas digitales Solo Novela Negra y Zubyah, de la asociación cultural Punica Granatum.

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