Sala de espera

Meto primera, arranco y me dirijo a recoger a Marta. La llevaré al Ramón y Cajal, la cita
es a las nueve. Ella ya no conduce.
Marta es mi gemela, como dos gotas de agua y al mismo tiempo tan distintas.
Sube al coche sin decir nada, va muy abrigada. Noto que el pañuelo que lleva hoy a la cabeza es de seda con un estampado de colibríes revoloteando sobre flores tropicales a cual más hermosa.  La imagen ha captado el momento en que se mantienen en el aire para alimentarse. Tienen el pico hacia delante, para llegar al néctar, las alas atrás y la cola extendida. Es muy bonito y con un colorido tan vivo que a mí también me gustaría tener un pañuelo así, pero mismamente ayer, he pasado por la peluquería y me he teñido el pelo en un tono dorado con vetas cobrizas, es mejor que las canas no sean tan vistosas para llevarlo suelto y ondeando. Marta y yo siempre hemos rivalizado por tener la melena más larga y bonita.
Cuando llegamos al hospital, la dejo en la puerta principal y me voy a aparcar. Hemos venido pronto porque la calle se pone imposible. Un joven de color me señala un hueco. Hace frío. Le doy una propina, lo primero que encuentro,  y me dirijo corriendo a la sala de espera. En mi camino paso por un largo pasillo vacío con paredes azul cromo, pienso que podría irme, el tratamiento dura unas tres horas, pero prefiero quedarme. Es un lío volver a casa, perdería el aparcamiento y, de nuevo, volver a empezar a dar vueltas a la manzana. Lo
mejor será sentarme junto al ventanal del fondo e intentar leer un poco.
En realidad, aunque me traigo una novela en el bolso, nunca leo, no puedo concentrarme, la sala me invade. Yo la llamo el no lugar, porque, cuando me quedo sola, miro detenidamente un centímetro de pared buscando bacterias o microbios en ese blanco tan virginal, pero no encuentro nada, ni con gafas. Me gustaría que mi hermana volviera a estar tan pura como esta sala, que su tumor desapareciera y que me regalara el pañuelo que cubre su cabeza.
Este no lugar es algo más que neutro, sería más apropiado decir aséptico, por eso no encuentro ningún germen. Tan apenas hay muebles, salvo unos sillones muy incómodos, de escay duro, frío y pegajoso, en un blanco ajado por el uso, para no restarle trascendencia. La puerta tiene un dintel en azul turquesa que rompe la monotonía, no demasiado; y a mi lado izquierdo, una maceta grande con una planta verde artificial. Por la ventana se cuela el otoño de las veredas. Ahora las tonalidades van del amarillo dorado de los olmos, al rojizo de los arces, pasando por el cobrizo algo morado de los prunos. Al colorido hay que añadir el olor de las hojas descomponiéndose que se cuela por la pequeña rendija abierta. ¡Qué curioso, la putrefacción puede oler bien e iniciar un resorte de la memoria! Marta y yo jugando, en el colegio, de primera comunión.
Tres horas parecen mucho tiempo, justo el que necesito para hacer una fabada, pero se pasan enseguida, además ayer ya dejé la comida preparada. No me apetece volver a casa y ponerme a cocinar.
Tenemos nuestro pequeño ritual. Después del tratamiento vamos a almorzar al
restaurante Gallego que está en la esquina. Me gusta la decoración. La primera vez hice fotos en el baño de mujeres. Quería copiar el efecto del espejo y el lavabo, pero me pasa como con tantas cosas, que luego las olvido y cuando me invade el gen madre hago limpieza de archivos, mejor dicho lo borro todo. No quiero encender el ordenador e ir mirando una foto tras otra.
Los recuerdos no son siempre agradables y la tarea puede ser interminable. Hago un borrado general para no sufrir, como cuando limpio con lejía los suelos. No me entretengo en buscar las bacterias buenas, las elimino todas. Supongo que por eso tampoco hay restos de vida en esta pared, han sido implacables, tampoco han hecho diferencias. ¿Dónde van las bacterias buenas?

En los almuerzos Marta está algo más comunicativa,  hará unos veinte días estuvimos recordando una conversación telefónica sobre Octavio. Ese recuerdo nos devolvió la sonrisa:
“–Lo dejo, no aguanto más. Me ha llamado loca, -gemía entre sollozos al otro lado del
teléfono.
–Mujer, es una forma de hablar, -le contesté yo, con mi superioridad de hermana
psicóloga.
–“Loca estaba yo cuando acepté vivir contigo”, le he contestado, -siguió sorbiendo los mocos.
– ¡Vaya, no has sido muy fina! -dije yo mirándome las uñas, porque sabía que era el comienzo de una larga conversación terapéutica“.
¡Claro que Marta dejó a Octavio! ¡Si no había mujer que lo aguantara! Pero yo no
podía decírselo tan abiertamente. Lo que no he llegado a entender es por qué sigue tan enamorada de él. No pueden vivir juntos y, sin embargo, no deja de llamarlo para cualquier tontería, que si “ayúdame a comprar una mesa para el comedor”, que si “puedes venir a regar las plantas, mientras estoy fuera”. No ha roto en realidad con él, aunque no me haya confesado si siguen teniendo sexo de vez en cuando ni si han hablado de su situación actual.
Yo espero no encontrármelo, no tendría valor para hablar con él.
Este no lugar tiene algo de confesionario, cuyas paredes inmaculadas son el testigo
perfecto para los desahogos. Entra una mujer sin decir nada y se sienta en la esquina opuesta.
Lleva gafas de sol y un pañuelo de nariz bien sujeto en la mano. No parece muy mayor. Yo musito un saludo, pero no hay respuesta. Nunca he llegado a averiguar si mi tono de voz es tan
bajo que nadie me escucha, o si todos me obvian porque carezco de interés. No es la primera vez que me pasa, es lo habitual.

¡Qué rápido pasa el tiempo en el no lugar! En menos de una hora saldré a la puerta para esperar a Marta.
Desde que empezó todo, estamos todavía más unidas. Me hice donante de médula, solo por ella. La mía es la buena. Me cuesta imaginar que se pueda ir. Hemos dado las mismas vueltas al sol y me costaría seguir dando vueltas sin ella. De pequeñas nos agarrábamos muy fuerte de las manos para girar rápidamente bajo la lluvia. ¡Cómo reíamos en el patio del colegio! Confiábamos la una en la otra, sabiendo que no nos íbamos a soltar y ahora no puede
irse.
Por fin la veo aparecer por el pasillo azul cromo. El color me recuerda que tengo que recoger los billetes de la agencia para ir a Ischia. Necesito una semana de vacaciones, es agotador ser cuidadora, y seco rápidamente mi mejilla con la palma de la mano.
Después de pedir en el Gallego lo primero que me suelta es:
–Morirse es muy sano, ¿sabes? (No me lo puedo creer, pienso para mis adentros).
–Pero ¿de qué hablas, qué te han inyectado hoy en vena? Le grito sin darme cuenta.
–Sí, no lo digo por mí -me contesta con toda la parsimonia del gen paterno y yo suspiro aliviada-. Hoy, en la sala -continua- había un señor mayor. Hemos estado hablando allí
tumbados, con las vías puestas (en lugar de ir de bares, a partir de ahora vamos a ir de hospitales, me murmura mi voz interior). Me contaba que su familia más cercana ya había muerto; sus amigos le habían ido dejando uno tras otro; los avances en el mundo se le escapaban, no tenía Smartphone, ni ordenador; los programas de televisión, le parecían de un infantilismo atroz. El hombre se sentía muy solo y para él la muerte se presentaba como una
solución, más que como un problema. Demasiado viejo me dijo, lleno de dolores y sin anclaje social. He tenido que darle la razón, lo entiendo.

Yo la miro a esos ojos sin pestañas y entiendo su inocencia, porque, de las dos, ella siempre ha sido la más niña. ¡Tan ingenua! Me acerco a recoger el pedido de la barra y le digo:
– ¡Claro, Marta, morirse es muy sano con ciento cinco años! Aquí llegan los cafés y dos
churros que hoy nos los hemos ganado, las dietas son para la primavera.

Arancha Naranjo.

Sobre Arancha Naranjo 12 artículos
Arancha Naranjo Lumbreras (Palencia, 1969). Española, educada en varios países europeos: Francia, Rusia, Dinamarca. De formación Historiadora y Bibliotecaria, ha incursionado también en el mundo del Derecho, a través de su trabajo en la Administración Pública. En la actualidad se dedica a la escritura, habiendo publicado cuentos en varias Antologías colectivas: Desde el confinamiento: Relatos de urgencia, proyecto del Hospital de Brugos; Antología de Labios rojos, chocolate y una rosa, proyecto amadrinado por Rosa Montero que surgió de las colecciones de Carmín y Chocolate; y ahora participa en un proyecto coordinado por Liliana Blum que ha surgido de los Talleres de Sonia Higuera.

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