Una amiga valiente

Hace años acompañé a una amiga al médico. Ambas sabíamos que lo que se escucharía atravesando las puertas blancas de la consulta no era nada bueno. Nos quedan resabios del animal que fuimos en origen y olfateamos la tormenta de forma innata. Lo llamamos intuición pero puede ser instinto, o lo que sea. Las pruebas que le habían realizado, los análisis, las esperas…todo apuntaba a una diana. Una diana muy dura que ambas sabíamos suponía un camino largo de tratamientos, dolores, y agonías varias.

Mi amiga tenía temple. Mi amiga tenía un vida vivida  con la fuerza que da ser libre y tener ganas de llegar al fondo de un  tiempo limitado. Había reído como una niña, había llorado también cuando tocó, me consta porque fue sobre mi hombro algunas veces. Había amado y fue muy amada. Disfrutó del sexo, del baile, de la lectura, el teatro, el cine, era amante del ballet e intentaba no perderse ninguno. Había viajado, pero la faltaba Egipto. Una vida intensa y bonita la de mi amiga.

Teníamos una edad que vista desde la atalaya presente, me parece joven, algunas de ustedes podrán decir que era plena madurez, 44 años. No los representaba porque sin ser una guapa al uso, lucía la suficiente lozanía en su cara y su cuerpo para hacer que los treintañeros se volvieran a mirarla. Ya les digo, una tía con clase y con vidilla, mi amiga Pilar.

Nos encaminamos hasta la puerta de la consulta con paso firme y mirada al frente. Sin hablar, porque hay momentos en la vida que hay que escuchar el silencio y cualquier palabra sobra. Dentro esperaba  Alfonso Miralles, el médico. Luenga barba, ojillos acuosos que mostraban afecto y un gesto serio en la boca.

-¿Qué tal te encuentras Pilar?-

-Dígamelo usted, doctor ¿qué tal estoy?-

Mi amiga era seca cuando el miedo la atenazaba las entrañas. Le salían unas púas que podían pinchar el globo de la amabilidad ajena.

-Bien, Pilar, vamos entonces con lo que tenemos . Nuestras sospechas se han confirmado. Hemos analizado todos los resultados de las pruebas y …-

No les contaré la sentencia para dejarlo al antojo de su imaginación. Da igual, era una sentencia firme que conllevaba una vida corta, una agonía larga y un futuro oscurecido. Como se nos oscureció a nosotras el día hasta entonces soleado y bonito. A partir de ese momento, a pesar de que los rayos caldeaban la consulta, a nosotras, a ella más claro está, se nos encenizó el ambiente. Una densa nube de humo acerado nos acurrucó entre abrazos de espanto y miedo.

El médico, cubierto de la profesionalidad, consciente de la crudeza de sus noticias le explicó el camino a seguir. Intentó buscar esperanzas entre la maleza de la negrura pero mi amiga –ya les dije que le salían púas- le cortó en seco.

-Gracias por sus palabras. Voy a luchar por mi vida como un tigre, no le quepa duda. Voy a hacer todo lo que me dice y más. Además, según salga de aquí voy a buscar un viaje para conocer el jodido Egipto, no lo dude.  Pero no se engañe, sé lo que me espera y que quiere que le diga, no creo en milagritos ni en zarandajas de autoayuda. El único consuelo que usted podría ofrecerme en estos momentos es que  pudiera decirme que teníamos una eutanasia libre para enfrentarme con dignidad y sin sufrimiento al final del camino. Lo único ¿Puede? ¿Cuánto falta para que pueda decirme eso?-

El médico protestó. A mí se me velaron los ojos y también protesté. La mirada seca, punzante de Pilar nos cortó a ambos.

-Que no soy gilipollas. Claro que quiero vivir. Amo la vida con locura. Esta vida, la que llevo ahora, que no es nada especial pero es la mía, escogida y labrada por mí. No la que  me mantiene atada a un tubo, a un respirador, a un fuelle durante meses. Esa no es mi vida. Mi único consuelo en estos momentos sería saber que nunca, bajo ningún concepto voy a sufrir lo que temo. A  la muerte la miro de frente, llevo semanas haciéndolo, acostumbrándome a ella porque la siento cercenando el presente. Al dolor, al sufrimiento inútil, a la terrible atadura del soporte vital es a lo que temo. Mi único consuelo, ahora mismo, sería saber que es posible irme en paz, con la mano de  mis amigos/as atada a las mías, sin sufrir y con calma ¿Me puede ofrecer eso, doctor?-

Los ojos de Alfonso  Miralles, también los de la enfermera que le acompañaba, se empañaron un poco, pude darme cuenta porque tenía los míos clavados en ellos, luego ambos los bajaron despacio, como si les diera vergüenza contemplar el desafío que les prestaba Pilar. Mi querida y admirada amiga Pilar, que amaba la vida con locura y miraba a los ojos de la muerte con la valentía con la que había vivido hasta ese momento.

Hoy, Pilar, sigue luchando por su vida. Está doblada pero no rota. Sufre secuelas pero sigue andando a trompicones. Ayer me llamó.

-Mariuca, que ya la tenemos aquí-

-¿El qué Pilar?-

Su voz sonaba a cascabeles. Hacía mucho que no Pilar no tenía ese timbre saltarín en sus palabras.

-Esa ley, que pareces tonta. Esa puta ley que nos va a permitir vivir sin miedo. Esa ley que me va a dejar dormir tranquila por primera vez en años-

Apenas le respondí porque la emoción me acogotaba la garganta y porque ya les he dicho que Pilar no es mujer que acepte zarandajas. La voz y el entusiasmo de mi querida y valiente amiga eran más claros que sus palabras. Yo, que había vivido con ella las rutinas médicas, las tristezas y bajunas de los tratamientos, las secuelas, los efectos secundarios, sabía mejor que nadie la verdad de sus palabras. Por fin Pilar podrá dormir tranquila sabiendo que no tendrá que subir un Gólgota de sufrimiento y degradación cuando le toque irse.

Luego, me sentí muy feliz. Por ella, pero también por mí. La muerte no es nada, un mero paso. Lo difícil es hacer vivible ese paso.

 

María Toca©

 

Sobre Maria Toca 946 artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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