¿UNA NUEVA VIDA?

Ya no podíamos pagar el alquiler y ocurrió el milagro. Llamó mi hermano, cosa rara, a decir que se había muerto el tío S, hermano de mi madre y mi padrino. Yo llevaba milenios ignorando a la familia, y los testamentos y herencias no entraban en mi mente. Ni siquiera conocía a los nietos de todos ellos, caso de que los tuvieran.
Por eso me quedé estupefacta cuando me dijeron que el tío S me había dejado su piso de Zaragoza, de cuando vivían aquí antes de trasladarse definitivamente a Madrid.
Me emocioné un poco, porque en ese piso había estado yo millones de veces cuando era niña. El tío y su mujer eran muy cariñosos, y con la excusa de que yo era la ahijada, me invitaban a su casa cada lunes y cada martes.
Enseguida me aceleré: recordé que era muy grande (o yo muy pequeña); podría habilitar una habitación de trabajo para mí, y otra para J; al chico lo pondríamos en una de las grandes, con una buena mesa para zona de estudio… Casi se me saltan las lágrimas cuando seguí recordando que tenía “office” (oh, “office”) y multitud de armarios empotrados por toda la casa.
No me lo podía creer: yo no podía tener tanta suerte. Seguro que era un error. Llamé a mi hermano a preguntarle y se molestó: “mira, no me vengas con tus historias, búscate un abogado y empieza a hacer papeles, porque esto va rápido”. Colgué casi mareada.
Pero lo raro fue cuando llegó J de trabajar. Le hago sentar, le saco la última cerveza que quedaba y se lo cuento. Me miró y no dijo ni palabra, sólo dio un trago a la cerveza. Yo, nerviosa: “pero, qué porras te pasa”. “Nada, que te tendrás que espabilar con la mudanza. Y con todos los zarrios que tienes que tirar”.
Por resumir: J no vino con nosotros al piso del tío (bueno, mi piso nuevo, que no me acostumbro). Decidió que era el momento de separarnos, porque yo ya no me quedaba en la calle. En unos pocos días, recogió sus cosas y se marchó. No quiso acompañarme a ningún trámite de la herencia, por no ver a mi familia y que pensaran que quería aprovecharse de la situación. Le vino bien que yo tuviese abogado para organizar uno de esos divorcios-exprés. Yo entre unas cosas y otras era una autómata.
Ha sido siempre tan raro… Bueno, ya está.
Menos mal que mi padre me prestó dinero para el traslado y dos viajes a Madrid a firmar, y para la chica que tuvo que quedarse con el niño. El próximo alquiler del piso donde aún vivíamos no lo iba a poder pagar, y me interesó acelerar todo.
Llegamos a la urbanización como dos reyes, mi chico y yo. En una de las mejores zonas, y mucho más cerca de mi trabajo. Lo malo fue cuando comencé a encontrarme, en el ascensor, en los jardines, con el camión de las mudanzas, a “gente conocida”. Lo que en esta tierra se llama “gente conocida”, que te conoce de toda la vida, que se queda un poco atónita porque hace años que no te ve, y que se embarulla con el saludo que no tiene más remedio que ofrecerte según su buena educación, claro
Caí en la cuenta de que, al ir a vivir allí, había vuelto al “status” de mi familia, al círculo de toda la vida, el que había perdido de vista desde que a los 20 años me casé embarazada y me tuve que poner a trabajar.
Y, al verme allí, en su entorno, con mis vaqueros rotos, mis deportivas, una camiseta enorme manchada de pintura y el pelo revuelto, no sabían qué hacer conmigo. Si estaba el chico, era la gran solución: “qué guapo”, “que alto está para su edad, ¿verdad? Porque debe tener…” Yo nunca contestaba, pero sonreía mucho.
Utilicé los días libres que había en el convenio “por traslado dentro de la misma localidad”. Pero solo eran dos, y también tuve que usar días de las vacaciones de verano… Aún quedaba lejos y no me quise preocupar en lo que haría con el chico, si no quería quedarse unos días con el abuelo.
Por cierto ¿por qué lo llamo el chico, si ya tiene once años? Guardé la idea en el cajón de pensar luego, porque había mucho que hacer con la mudanza.
El piso era tal como yo lo recordaba, pero vacío y luminoso, eso sí. Con mis cosas, (menos las que se quedó J, la tele entre ellas, el cabrón, porque la había comprado él), quedó algo menos vacío, simplemente monacal.
No pude evitar que mi familia viniera a ver “mi casa”, muertos de curiosidad. Me fastidiaba que lo vieran con mis cuatro trastos. Se dedicaron a enviarme (sin preguntar) lo que a ellos les sobraba o habían comprado en rebajas.
Y el magnífico piso de la magnífica urbanización del centro quedó variopinto, extraño, por no decir hecho un batiburrillo, con muebles de diversos estilos, incluso repetidos. Menos mal que era grande.
Comenzó la vida habitual. Levantarse, despertar al chico (la inmensa ventaja era que cada uno teníamos un cuarto de baño), café, tostadas, primer cigarrillo, decir adiós en la puerta a mi hijo, que había exigido bajar él solo a la parada del bus, y emprender un agradable paseo hacia mi trabajo, en lugar de un autobús con transbordo, como antes.
Con las prisas mañaneras, todo se quedaba desordenado. Ni el chico ni yo comíamos en casa, ambos salíamos a las cinco de la tarde. Coincidíamos a medio camino, nos dábamos un beso y él se encaminaba a la academia de inglés, o al baloncesto. Volvía a casa sobre las ocho.
Yo aprovechaba ese rato para ordenar un poco, poner lavadoras y pensar en la cena. Bueno, normalmente. O cogía un libro y me tumbaba en el sofá. Era del todo adicta a la teoría del “lo haré mañana”.
Uno de esos días no normales, sumergida en Dorothy Parker con las piernas encima del sofá, llamaron al timbre. Eran tres vecinas, discretas y arregladas. A dos las conocía “de antes”.
–Hola, guapa, queremos hablar contigo de la comunidad de vecinos. Tú también eres propietaria y tienes que venir a las reuniones… —
Con ojos muy abiertos miraban a su alrededor, intentando disimular.
Yo no soy muy diplomática, mi vida no lo permite:
–¿Y eso cuesta dinero? –
Se desplomaron en el sofá y en los dos sillones diferentes de estilo y color. Sin dejar de mirarme, ahora a mí. Que por cierto llevaba el chándal viejo de andar por casa y sin zapatillas. Me encanta pisar descalza el suelo de madera.
–¿Cómo?… Bueno, claro, hay una cuota, unos gastos… Por cierto, que tienes que darnos tus datos, que el administrador no los tiene.
–¿Qué datos? —con la dichosa angustia en la boca del estómago.
–Mujer, nombre, DNI, cuenta corriente… mira, aquí traigo el impreso.
Encendí otro cigarrillo y acerqué hacia mí el desbordante cenicero, notando cómo se retiraban instintivamente y fruncían la nariz.
–Pues ya lo siento, pero la cuenta no os va a servir de nada. Está bloqueada porque es indistinta y, como mi marido no quiere pasarme la pensión del chico, lo ha ordenado el juez. –Los tres rostros se deslizaban hacia abajo.— Cuando se solucione abriré una yo sola, domiciliaré el sueldo allí, todos los recibos, y la pensión del chico. Mientras tanto…
Exhalé una larga bocanada de humo hacia el techo, en el que vi la bombilla colgando.
En silencio se fueron incorporando. Al pasar hacia el recibidor se veía la cocina en un estado, digamos, atípico.
Ya en el descansillo, una de ellas, la que no conocía de antes, se volvió hacia mí y me preguntó entre suave y arisca:
–Oye, guapa, y tú ¿verdaderamente eres bibliotecaria?
Luisa Horno.
Sobre Luisa Horno 15 artículos
Luisa ha sido bibliotecaria, amante de la lectura porque su padre la inculcó el amor infinito a los libros. Luego la vida se la tragó un rato, justo el tiempo que tuvo de tener tres hijos y una vida vivida y quizá sufrida. Llegó el divorcio, la jubilación y decidió escribir. Hizo talleres y no ha parado, ha ganado el premio Caixa Forum de Relatos. Maestra indiscutible del relato corto...

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