Alexandra David-Weel

 

 

Para aquel que sabe mirar y sentir, cada minuto de esta vida libre y vagabunda es una auténtica gloria

Alexandra David-Weel

Obedecer es morir.

Alexandra David-Weel

 

Nace esta mujer con los nombres de Louise Eugenie Alexandrine Marie David, en Saint-Mande, en Francia, el 24 de octubre de 1868. Su padre, profesor, hugonote, masón, amigo de Víctor Hugo,  de ideología anarquista conforma su mente en los parámetros de la libertad. La Comuna de París aún humea siendo Alexandra aun niña. Su padre, implicado en la lucha por la libertad de aquellos revolucionarios, la lleva a contemplar los fusilamientos de los prisioneros de La Comuna, a pesar de su corta edad, para demostrarle que el mundo en el que vive, es duro, e injusto. Al contrario del progenitor, la madre, es una ferviente católica que la quiere educar para ser madre y esposa lo que  le lleva a un choque frontal con ella. El padre, siendo aún una niña huye, exiliándose fuera de Francia, debido a la  simpatía mostrada por La Comuna. Alexandra, ya con cinco años muestra rebeldía escapándose  de la casa materna en busca de libertad. La devuelven al hogar, pero con  diecisiete años vuelve a marchar, esta vez sin vuelta atrás.

Estudia en la Sorbona, diferentes materias,  como antropología y música, convirtiéndose en una cotizada soprano que interpreta operas por diversos teatros europeos,  pero siente que su vocación es viajar y caminar en pos de una  espiritualidad filosófica que ya ha intentado formándose con los clásicos del anarquismo como Bakunin y demás teóricos anarquistas. También se imbuye de  las ideas  feministas . Colabora, como articulista libre, con La Gronde, pero pronto se aparta de las mujeres que solo propugnan conseguir el voto, considerando que la revolución de la libertad debe ser más profunda, pasando por el derecho al trabajo, a tener leyes igualitarias y sobre todo a la erradicación de la pobreza. Considera a las feministas  unas “palomas burguesas”.

Comienza su periplo viajero, teniendo apenas veinte años. Visita Suiza, recorre toda Francia, también lo visita España que la recorre en bicicleta. Poco después marcha a Egipto y a los países del norte de África, donde mantiene contactos profundos con el islamismo, estudiándolo en profundidad. Su inclinación espiritualista ha surgido mucho antes, como decíamos, viviendo en Francia, siendo adolescente, ha contactado con la  sociedad teosófica -muy en boga en el momento-  de Madame Blavastsky. Su primer maestro Elisée Reclus, la ha educado en el anarquismo y en la profundidad filosófica y espiritual.

En Túnez conoce al que, después de cuatro años siendo amantes, será su marido por unos años y gran amigo toda su vida, Philippe Weel, un ingeniero de los ferrocarriles tunecinos con el que se casa el cuatro de agosto de 1904. El matrimonio no le hace feliz, comprobando pronto que no ha nacido para casada. Su esposo transige con sus viajes, no la coarta en las aventuras pero ella comienza a sufrir crisis nerviosas y dolores de cabeza. Decide que debe volar sola y marcha a la India abandonando el matrimonio. Se había negado tajantemente a tener hijos por lo que goza de total autonomía. A pesar de la ruptura, Alexandra y Phillipe, mantuvieron siempre contacto epistolar además de  un grato y amigable respeto, hasta la muerte de Philippe. Al recibir la noticia del fallecimiento, ella dice que ha perdido al mejor amigo y a un buen marido.

El viaje inicial a la India, que debía durar dieciocho meses se convierte en un largo periplo de veinte años.

En su viaje, estando cerca de Madrás se entera de que el Dalai Lama ha huido del Tibet,  Alexandra, decide que quiere conocerlo. Ningún occidental se ha entrevistado con él y menos siendo mujer. Con su energía y talento aventurero consigue  el encuentro siendo la primera mujer en hacerlo. Impresionada, quizá, influida por la figura del Dalai decide viajar a Nepal. Visita diversas ciudades del país y conoce a un joven de poco más de catorce años, Aphur  Yongden, que se convierte, primero en criado, luego en discípulo y más tarde en hijo adoptivo, muy amado por ella.

Aunque recorre Nepal, su objetivo es llegar a Lhasa, la ciudad prohibida, del budismo tibetano. Ha vivido en monasterios con los lamas, siendo admitida por ellos, ha meditado durante cuatro años en una cueva con la sola compañía de su guía. Ella misma lo cuenta en uno  de sus libros:  «Viví en una caverna a 4.000 metros de altitud, medité, conocí la verdadera naturaleza de los elementos y me hice yogui.¡Cómo había cambiado mi vida!, ahora mi casa era de piedra, no poseía nada y vivía de la caridad de los otros monjes».

Al final de su estancia en la cueva, recibiría por parte de los monjes,   el nombre de Lámpara de Sabiduría.

Ha ascendido hasta estadios muy altos en la meditación. En los templos en los que ha residido  pudo comprobar la paradoja de que los monjes llegaban a vivir y hacer cosas mágicas para la mente occidental, son capaces de fundir hielo, incluso a kilómetros de distancia, de correr a velocidades muy altas, casi levitando… Ellos la educan, la enseñan y aprende los más sofisticados métodos de concentración hasta conseguir crear un tulpa. Los tulpas, son la materialización del pensamiento y las emociones hasta el punto de  llegar a crear un cuerpo físico con entidad corpórea. Esto, que ella cuenta en sus libros y en sus conferencias en sus visitas  a Europa, parece irreal y raya con el esoterismo para las mentes occidentales, pero ocurre cuando los niveles de espiritualidad y concentración son tan altos como los que ella consiguió a través de la meditación filosófica. El tulpa, que ha creado, comienza siendo un gracioso esclavo que cumple los deseos de su creadora  para convertirse poco después en alguien molesto y persistente, tanto que Alexandra decide hacer desaparecer.

Los intentos de llegar a Lhasa son infructuosos, cuantas veces marcha es devuelta por la policía a zona más segura, hasta que idea junto con Aphur, disfrazarse, ambos, de mendigos. Alexandra,  mancha su cara con hollín y barro para oscurecerla, tiñe su pelo con tinta china, se visten con harapos, portando  algo de dinero y una pistola, porque el camino está lleno de salteadores. Caminan de noche, se esconden de día, piden limosna para sobrevivir y después de varios meses la ciudad prohibida de Lhosa se muestra ante ellos. Están delgados, famélicos, llenos de polvo, pero consiguen atravesar las puertas de la ciudad prohibida. Dejamos, otra vez, que sean sus propias palabras las que cuenten este viaje: «Les dijimos a todos que íbamos en busca de hierbas medicinales. Yongden se hizo pasar por hijo mío. Me teñí la piel con ceniza de cacao, usé pelo de yak que teñí con tinta china negra, como si fuera la viuda de un lama brujo. Decidimos viajar de noche y descansar de día. Viajar como fantasmas, invisibles a los ojos de los demás. Alguna vez tuvimos que hervir agua y echar un trozo de cuero de nuestras botas para alimentarnos»

 

El increíble  viaje duró cuatro meses  recorriendo dos mil kilómetros a pie por el Himalaya, Alexandra logró su objetivo. Era el año 1924,  Alexandra David-Wéel se había convertido en la primera mujer occidental en entrar en la capital del Tíbet, pasando a la historia de las grandes viajeras del mundo.

Durante esos años, ha escrito libros de viajes contando sus experiencias, textos que inspiraron a grandes autores como Jack Keruac. El éxito conseguido al llegar a Lhasa, ha trascendido consiguiendo una fama legendaria, hasta llegó a ser portada del Time.

Alexandra David-Weel, ha recorrido Asia, África, ha vivido en India, China país en el que padece la guerra civil que llevara a Mao Zhe Dong al poder. Mientras en Europa se agita la II Guerra  Mundial, a cuyo fin , retorna a Francia donde adquiere una propiedad,  en Digne-les-Bains, una pequeña localidad al pie de los Alpes franceses, donde construyó su casa, a la que bautizó como Samten Dzong (fortaleza de meditación). Este lugar sería desde entonces su refugio. Allí escribió más de treinta libros sobre sus aventuras, dio charlas, recibió a personalidades y siguió leyendo textos budistas.

No se estuvo quieta, la gran aventurera, a pesar de los años que iba cumpliendo seguía buscando emociones. A los 67 años, Alexandra se sacó el carné de conducir  volviendo  en el Transiberiano hasta China, país que recorrió durante diez años. Al cumplir los 100 años,  renovó el pasaporte«Por si acaso», aseguró cuando los funcionarios la miraban extrañados por la edad.

Durante toda su vida vivió sin cortapisas, demostrando al mundo que las mujeres podían llegar a donde quisieran a condición de ser libres y poder tener autonomía económica. Su ideario anarquista fue siempre con ella, y la gran espiritualidad que buscó a lo largo de su vida fue un camino de la propia perfección filosófica.

Alexandra David-Weer, viajera incansable, feminista y anarquista, murió a punto de cumplir los 101 años en Samten Dzong. Sus cenizas fueron esparcidas junto a las de su querido Yongden, fallecido 14 años antes, en el río Ganges. Ha dejado un gran numero de libros contando sus viajes y experiencias místicas y el ejemplo de una valiente aventurera.

 

María Toca Cañedo©

Con mi agradecimiento a mi querida Maite Paqué, por descubrirme a esta joya. Mil gracias.

 

Sobre Maria Toca 1282 artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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