Ana y los lobos

La niña de Enrique escribe, empezó a decirse en los 60. Y es que a la niña de Enrique, que tardó en hablar y fue de pocas palabras cuando las trenzas, se le habían conocido sus tempranas incursiones como actriz, pero pocos sabían que el seno de su amor por la literatura se abrazaba ya desde la primera sílaba.
Nadie como ella se acercó tanto a Carmen Laforet, pero resultó inevitable su deriva hacia el teatro. Así que cuando en 1970 dio el bombazo con su obra “Olvida los tambores”, se acabaron los cuchicheos.
Porque en este país parece inevitable el desconfiar de una mujer a la hora de las apariciones (a no ser que se llame Botin y herede), sobre todo si es joven y guapa. Pongamos que está naciendo una poeta, pongamos que tiene la carne tierna, pongamos que escribe y quiere saber si merece la pena o no, pongamos que quiere crecer y va una de estas sorbonas literarias donde dicen que enseñan mejor que nadie: siempre habrá lobitos absolutamente contrarios a los de Goytisolo que maltratan a las debutantes en vez de bailarlas su sabiduría para que crezcan.
A Ana Diosdado se le cayó el respeto y la fama encima en cuanto la dejaron entrar en su hábitat más natural del teatro por la puerta que quería y no por la de chiqueros, la de las niñas prodigio como Marisol, Dúrcal, o hasta Ana Belén, por algo era hija de Enrique Diosado y criada por la gran Amelia de la Torre a quien ella consideró siempre su madre.
Como la literatura -y el teatro es literatura en tiempo real- no tiene por qué ser excluyente, Ana Diosdado no dejó su carrera de actriz, pero se aplicó a su oficio de la pluma de ave para dejar tras de sí ahora el rastro de la gran escritora que fue.
Ella sí murió en el escenario, si escenario llamamos a los despachos donde se toman las decisiones que harán posible o no la continuidad en el tiempo del hermoso oficio de cómico.
Aprovechemos: no es cierto que Moliere muriese en el escenario y vestido de amarillo, y que por eso los cómicos huyen del amarillo cruzando los dedos. Moliere murió en su casa, aunque no sé qué color tenía el cadáver.
Los cómicos, los periodistas, y los flamencos, siempre escaparon al alambre de espino de una España encerrada en la maldición de un nacionalcatolicismo que no dejaba ser feliz a nadie. Así resultaba natural que María Asquerino tuviese su mesa nocturna y amante en el pub de Adolfo Marsillach, desde donde su corazón fue tantas veces Marco Polo, lo mismo que Sofía tenía reservado siempre un asiento en el auditorio para oír a su amado violonchelista Rostropovich. Hay que respetar los gustos de todos.
En su modesto piso de la Dehesa de la Villa madrileña Ana Diosdado, la de los años 60, cenaba muchas veces con amigos y les daban las tantas parlando, por eso los vecinos obreros que tenían que madrugar protestaban con razón.
Resultaba también inevitable que Ana Diosdado y Carlos Larrañaga se enamorasen y viviesen un largo amor juntos, ella era hija de cómicos, él un todo terreno hijo de María Fernanda Ladrón de Guevara, y hermano de Amparo Rivelles que a su vez era hija de la misma madre y del gran Rafael Rivelles, otro hombre imprescindible en el teatro. Carlos ya había probado suerte con María Luisa Merlo, hija de Ismael Merlo y María Luisa Colomina, otros dos cómicos. Todos somos hijos frutales de nuestro paisaje.
Fue natural que Ana Diosdado, ya asentada en el teatro con letras muy grandes, y Pedro Masó, un animal cinematográfico que quizás no hizo nunca una buena película, se juntasen en un proyecto común.
¿El lugar? La televisión, claro. Porque la televisión es la hermana mayor que llama al cine y al teatro por igual. Y de allí surgieron algunas series muy dignas a cargo de los dos, como “Anillos de oro”.
Cuando se nos murió Ana Diosdado  la primera esposa de su único marido, María Luisa Merlo, dio en el clavo: ha sido mejor para ella, se ha muerto a tiempo porque justo ahora empezaba lo peor.
Si lo sabré yo.
Olvida los tambores, sí ¿pero cómo se hace eso?
Por cierto: no hemos avanzado tanto, Clara Campoamor, con eso de los lobos. Te cuento que un parlamentario ha dicho que las diputadas prefieren diputados negros porque la tienen más grande.
Estos son los que nos gobiernan y nos gobernarán desde diciembre. ¿Tanto nadar, Clara, para venir a morir en la orilla?
Alguna tendrá que decirles menos lobos, a ver si me da tiempo a mí para verlo.
Agustín Martín
Sobre Valentin Martín 15 artículos
Valentín Martín estudió Magisterio y Humanidades en Salamanca y Periodismo en Madrid. Ejerció la enseñanza dos años y el resto vivió de escribir. Ha escrito 25 libros. El número 26 es un poemario llamado Santa Inés para volver (Versos de la memoria), que recoge la historia de sensibilidades de su pueblo. Periodista, escritor y poeta, ha publicado en la última década libros de relatos como La vida recobrada o Avispas y cromosomas; el ensayo Los motivos de Ultraversal y los poemarios Para olvidar los olvidos, Poemario inútil, Los desvanes favoritos, Memoria del hermano amor, Estoy robando aire al viento, Suicidios para Andrea y Mixtura de Andrea. A caballo entre los años 60 y 70, escribió dos poemarios y dos ensayos: Veinte poetas palestinos y El periodismo de Azorín durante la Segunda República, inicio de un largo trabajo dedicado a la literatura. En Lastura ha publicado en diciembre de 2017 el libro de crónicas y relatos Vermut y leche de teta.

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