Capítulo 1. Pioneros Españoles en Hollywood.

Antes de que María Antonia Abad fuera Sara Montiel. Mucho antes incluso de que naciera. Muchísimo antes de que Antonio Banderas, Javier Bardem o Pé pisaran Hollywood. Ellos, los olvidados, ya habían estado allí. 

 “Recordar es volver a vivir” José Crespo, actor español que triunfó en Hollywood

 

El autor norteamericano James Salter escribió en una de sus novelas: “llega un momento en la vida en que todo parece un sueño, y solo aquellas cosas preservadas en la escritura tienen alguna posibilidad de ser reales”. Bien es verdad que el cine le añade el plus de mantenerlas adheridas en una cinta, siempre y cuando, claro, ésta no se pierda entre toneladas de polvo, desdén y olvido.

Mucho antes de que Antonio Banderas pisara con pie firme los estudios de Hollywood. Muchísimo antes de que Javier Bardem y Penélope Cruz hicieran lo propio. Antes de que María Antonia Abad, Sara Montiel, dejara atrás el chupete. Años antes incluso de que la Saritísima naciera, había ya actores y actrices españolas en Hollywood que caminaban con soltura por las alfombras de la meca del cine, alguno con estrella en el paseo de la fama incluida.

Cuando a finales de los años 20, principios de los 30, el teatro filmado, como se llamó al cine mudo, comienza a dar sus últimos estertores ante la llegada irreversible del cine sonoro, no pocos son los actores y actrices que ven tambalear su atalaya de fama y glamur, sabedores de que la telegenia y el mimo ya no son suficientes para seguir subidos a la voraz e imparable noria del star-system. Se imponen los castings, las pruebas de voz, que dejan al descubierto timbres demasiado gruesos o demasiado agudos o dicciones defectuosas que provocan risas y ridículo entre el público. Adiós después de veinticinco años al silencio en las salas copadas por miradas expectantes de magia y diversión. Hasta nunca a la mímica y al gesto. A carreras brillantes hasta entonces vitoreadas por los flashes y el dinero. Clara Bow, Pola Neri, Louise Brooks, Nita Naldi, Mary Pickford, Norma Talmadge, Lillian Gish, John Gilbert, Harold Lloyd, Roscoe Arbuckle, Gilbert Roland, Lou Tellegen o John Browers, entre otros. Estos dos últimos, por cierto, eligieron como último plano de sus vidas el suicidio. También los hubo que para evitar el pánico ante el abismo del olvido eligieron el alcohol y otras adicciones varias que ralentizaran la última escena antes del inevitable The End. Juguetes rotos todos ellos, abandonados a su suerte y sin remordimientos por una máquina insaciable de hacer dinero. Potra la de Rodolfo Valentino cuya muerte prematura en plena juventud y belleza impagables, le hizo saltarse el mal trago del portazo y el ahí te quedas, encumbrándole directamente, y sin paso previo por purgatorio alguno, al olimpo de la eternidad convertido en mito for ever and ever.

Tampoco se libraron los estudios tal como estaban configurados hasta entonces, ni las cámaras tomavistas o los aparatos de proyección. Louise Brooks afirmaría, “odio Hollywood y odio el cine sonoro”. Un cine sonoro que convirtió exitosas producciones silentes en interminables bovinas inservibles que cargaban en barcos y lanzaban al mar, tan poco valor dejaron de tener. Un cine mudo del que se ha perdido un noventa por ciento y del que apenas se recuerda al Gordo y al Flaco, a Buster Keaton o a Charlot.

 

El silencio en la gran pantalla tocó a su fin. Bienvenido el cine sonoro anunciado en grandes luces de neón cuya llegada, sin embargo, no estuvo exenta de contratiempos varios que los estudios fueron solventando con éxito. Y es que el cine mudo, al hablar un lenguaje universal apenas intercalado por frases escritas, resultaban producciones muchísimo más baratas muy fáciles de exportar. El nuevo cine traía consigo serios problemas económicos a unos estudios que controlaban todo el proceso de producción, distribución y exhibición, lo que les obligó a invertir ingentes cantidades de dinero, no solo para producir películas sonoras, sino para, entre otras cosas, acondicionar las salas de cine o modificar el modo de exportación.

Para acaparar ese mercado internacional se intentaron varias vías como que sus estrellas rodaran también en otras lenguas, tal es el caso por ejemplo de Oliver y Hardy que repetían los diálogos en castellano tras aprenderlos fonéticamente, si bien no funcionó. Al igual que tampoco resultó el doblarlas o subtitularlas, intento este último que chocó con la realidad del alto grado de analfabetismo que existía entonces en muchos de los países donde se exportaban. Es entonces cuando los grandes estudios deciden que la mejor solución para acaparar todo el mercado internacional es filmar ellos mismos las versiones originales en francés, español, italiano y alemán, para lo cual se llevaron a Hollywood actores, actrices, guionistas, directores, adaptadores con el fin de hacer versiones como churros, si bien la Paramount en un momento determinado considera más rentable rodar directamente en Europa, en los estudios de Joinville, a las afueras de París a cuyo frente de la Spanish Unit pone a Edgar Neville, figura ya emergente en Hollywood. Pena que Antoñita Colomé no esté aún entre nosotros, pues podría contarnos muchas y sabrosas anécdotas de esa época parisina. Fácil imaginar que para los estudios supuso un derroche mantener la producción en diferentes idiomas, sin contar con que a “los recién llegados” a la meca del cine los tenían un tiempo aclimatándose y preparándolos, mientras les pagaban 250 dólares .

Los estudios que rodaban desde Hollywood, una vez acabada la versión original en inglés, usaban los mismos decorados, planos generales exteriores, utilería, equipamiento técnico y vestuario para rodar por la noche y a destajo las versiones en las diferentes lenguas. Así, si durante el día se filmaba Drácula con Bela Lugosi, por ejemplo, por la noche ocupaba el estudio el equipo de la versión en español con el actor Carlos Villarias como protagonista, el resto del reparto, director y demás equipo. Entre 1930 y 1935 el ritmo fue imparable. Un hacer talkies como churros hasta que se impuso la técnica del doblaje.

 

Por aquello de que los estudios desde su ignorancia entendían que español era el que se hablaba en Madrid, Buenos Aires, Bogotá o Lima, en las versiones españolas te podías encontrar en una misma película con acentos diferentes que iban del argentino al español de España, pasando por el mexicano, el colombiano o el cubano. Batiburrillo éste que generaba disgusto y confusión entre el público hispanoamericano hasta la llegada a Hollywood del empresario teatral y dramaturgo español Gregorio Martínez Sierra, como árbitro con los estudios a petición de Edgar Neville una vez estos entendieron el error y resolvieron el problema. Así fue como se rodó en 1930 la adaptación española El Presidio, bajo la dirección de Neville a la que le seguiría La traviesa molinera y una larga lista de títulos.

Edgar Neville. Abogado. Escritor. Dramaturgo. Periodista. Amigo de muchos de los nombres de la generación del 27. Director de cine. Pintor. Simpático. Ocurrente. Bon vivant. Cosmopolita. Brillante. Agregado a la embajada española en Washington, y posteriormente al consulado de los Ángeles. IV Conde de Berlanga del Duero. Él, fascinado por el cine y por Hollywood. Hollywood fascinado por un aristócrata de verdad, de los de carne y hueso con olor a naftalina de la auténtica. Un amor a primera vista que duraría casi cinco años. Mary Pickford, Marion Davis, Douglas Fairbanks y Chaplin, sus nuevos y grandes amigos.

Fiestas millonarias regadas en dry-martini y champán francés. Excelentes condiciones económicas. Glamur. Sol generoso. Piscina. Tenis. Hollywood, el paraíso. El lugar donde cuando entras en una tienda a comprarte una corbata, la dependienta te aconseja cuál es la ideal para filmar aun cuando desconoce si eres actor o no. Y cine. Mucho cine. El afán por aprender. Tanto que llegará a afirmar años después que Chaplin le marcará su visión cinematográfica. Solicita excedencia en su carrera diplomática y se instala en Hollywood. Y es que Edgar Neville pisa Hollywood en ese momento justo en el que el cine sonoro está empezando a dar sus primeros pasos. Una aventura que él no está dispuesto a perderse. Es Charles Chaplin quien le abre las puertas de la Metro-Goldwyn-Mayer que le contrata como guionista y dialoguista en aquellos primeros balbuceos sonoros. Es Chaplin quien le contrata en 1931 para hacer el papel de policía en Luces de la ciudad. Neville siente que a los treinta años ya ha conseguido hacer realidad buena parte de sus sueños.

“Paso muchos días en casa de Chaplin, o en la de Mary Pickford y Douglas Fairbancks. Los viernes, al salir del estudio, vamos al rancho de W. Randolph Hearst en Pasadena. Viajamos toda la noche en un tren de su propiedad con coche cama y vagón restaurante. Una vez en el rancho, los invitados tenemos a nuestra disposición un caballo y al vaquero Pancho, viejo californiano que habla español. Solo hay una condición que es estar puntuales a la hora del almuerzo y de la cena. El champán y el caviar hacen mucho para que tales normas se cumplan”, cuenta Neville en una entrevista en 1962. Vida a todo tren, como podemos ver, y nunca mejor dicho.

Edgar Neville, apoyado por Mary Pickford, Douglas Fairbanks –fundadores junto con Griffith de la United Artists– y Charles Chaplin, es el principal artífice de que se establezca el Spanish Department de la Metro-Goldwyn-Mayer en Hollywood. El lugar ideal para vivir y continuar aprendiendo. La oportunidad perfecta para que sus compatriotas y amigos directores, dramaturgos, guionistas, escenógrafos, sigan sus pasos y no dejen pasar la oportunidad que él mismo está gozando. Luis Buñuel, José López Rubio, Jardiel Poncela, Miguel de Zarra, Baltasar Fernández Cue, Antonio de Lara, “Tono”, Eduardo Ugarte, Martínez Sierra, Benito Perojo, Florián Rey entraron de su mano en aquel mundo deslumbrante, tan diferente en el modo de trabajar al de España entonces.

 

Scott Fitzgerald rebautiza la mansión de Charles Chaplin en Beverly Hills con el nombre The House of Spain pues se convierte en el punto de encuentro de toda la comunidad de actores, actrices, directores, dramaturgos, guionistas españoles que se instalan en Hollywood desde 1930. Días de ocio y glamur junto a las grandes estrellas del momento. “En plena ley seca y nunca faltó el alcohol”, exclamaría Edgar Neville. ¿Alguien da más?

 

Jardiel Poncela afirmaría unos años después: “En Hollywood pasé la mitad del tiempo tumbado sobre la arena mirando las estrellas, y la otra mitad, tumbado sobre las estrellas mirando la arena”.

Decenas de anécdotas para recordar. Antonio Lara, “Tono”, dibujante, humorista, guionista, escenógrafo, escritor, llegará a convertirse en el guionista mejor pagado, 10.000 dólares por un solo chiste.

Cuando ante el avance del doblaje en off el sistema de versiones va desapareciendo, muchos regresarán a España para continuar haciendo cine y teatro que interrumpieron para cruzar el charco. Edgar Neville será de los primeros. Otros, permanecerán en Hollywood trabajando en inglés para la industria o rodando películas españolas. Otros, por su parte, se trasladarán a la costa Este a hacer teatro y/o trabajar en doblaje. Otros, como Luis Buñuel, volverán a Hollywood años después.

Para 1930, más de cien cineastas españoles entre actores, actrices, guionistas, directores, habían sido contratados por los grandes estudios de Hollywood. Pero antes de que ese tsunami llegara callando el cine mudo para siempre. Antes de que todos ellos desembarcaran para trabajar en las talkies. Cuando retumbaba como un eco instalado y constante a modo de soniquete “you ought to be in pictures” (deberías hacer cine) -tan popular se hizo la frase que se convirtió en canción- había actores y actrices españolas que ya estaban allí afianzados, con cuentas en el banco más que saneadas, codeándose con la crème de la crème de Hollywood. Pioneros como Antonio Moreno, María Alba, José Crespo, Rosita Moreno. Fuentes de esfuerzo, desafío, sacrificio e ilusión que cruzaron el charco cuando la larga travesía se hacía en barco con billete no siempre de ida y vuelta y el horizonte no te aseguraba que al otro lado fuera a brillar el sol. Vidas de película que refuerza el paradigma de que la realidad supera a la ficción que merecen ser recordadas para así, como decía uno de ellos, José Crespo, volver a vivir. Pasen y lean.

Continuará en el Capítulo 2. 

Los olvidados: Españoles en Hollywood (2)

Pilar Lebeña Manzanal.

Sobre Pilar Lebeña Manzanal 11 artículos
Periodista en diversos medios de prensa y audiovisuales. Profesora de inglés y español. Escritora. Lebaniega y sevillana a partes iguales...

Sé el primero en comentar

Deja un comentario