EL GENERAL EN SU MONUMENTO, LA DEMOCRACIA EN SU LABERINTO

En España, en septiembre de 2021, puedes desviarte de la N-I cerca de la capital burgalesa para llegar hasta un pueblito llamado Alcocero de Mola. En realidad su nombre siempre fue Alcocero, a secas, pero Franco, según se fue haciendo dueño de España, repartió como quiso los nombres de los pueblos como los botines que iba conquistando o los títulos nobiliarios que creaba, ya sea para pagar favores o como autobombo de la Cruzada. Este pueblo le tocó al general Mola, que se había estrellado con su avioneta en el lugar una mañana de junio de 1937. Mola firmaba sus instrucciones militares como “Director”, por ser quien elaboró los planes del golpe de Estado del 18 de julio de 1936.
Durante la preparación del alzamiento militar, sus instrucciones previas a los futuros golpistas decían cosas como: “Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta, para reducir lo antes posible al enemigo. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas”.
Otras de sus joyas: “No hay aquí otro camino que llevar las cosas hasta el final, hasta el aplastamiento del adversario”; “¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España”; “Yo veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo”; “El arte de la guerra yo lo definiría así: es el medio de juntar veinte hombres contra uno y, a ser posible, matarlo por la espalda”.
Una vez ejecutado el golpe, su instrucción fue la siguiente: “Hay que sembrar el terror, hay que dejar sensación de dominio, eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros. Todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado”. Todo un pionero en la aplicación de las políticas de exterminio que conoceríamos pocos años después en Europa. “Ni rendición ni abrazo de Vergara, ni pactos del Zanjón, ni nada que no sea victoria aplastante y definitiva”.
A semejante figura se le han dedicado, hasta hace dos días, no solo el nombre de avenidas y calles principales en la geografía española, sino también nombres de colegios (¡Colegios!) en las principales ciudades. ¿Alguien se imagina que Hitler hubiera tenido un competidor interno, cerebro de las operaciones militares de exterminio, y que casi un siglo después todavía mantuvieran en Alemania los honores a su memoria por todo el país? En España esto sigue siendo hoy una realidad con gente como el sanguinario Queipo de Llano (que deja las declaraciones de Mola a la altura de un boy scout), descansando en la gloria de la basílica de la Macarena, en Sevilla.
En Alcocero no quedó ahí la cosa. El general Franco ordenó construir una serie de monumentos a modo de un pequeño Cuelgamuros dedicado al cerebro del 18 de julio. Para ello se utilizó a presos republicanos (que durante medio siglo serían utilizados como mano de obra barata para engordar el beneficio de las constructoras y terratenientes que hoy siguen siendo las grandes empresas del país), que levantaron en muy poco tiempo una torre de 22 metros de altura presidida por una cruz imperial con el nombre del general. Picaban piedra de las canteras cercanas y las llevaban al paraje por sus caminos de tierra.
Recién terminada la guerra y sembrada España de cruces y gloria a los caídos, Franco inauguró el lugar acompañado de los embajadores de Japón, Alemania e Italia, y miembros de la Santa Sede. El monumento fue bendecido por el arzobispo de Burgos, por la misma Iglesia que formó parte inseparable de la Cruzada desde el primer momento.
La torre, en lo alto del cerro, se ve desde kilómetros de distancia. Por toda la ladera se extienden 300 metros de escalinatas y gradas, rodeadas de pinares, y abajo, en el lugar donde cayó el avión, se establece un “recinto sagrado”, con otro conjunto de monumentos dedicados a cada uno de los cinco militares que murieron en él, presididos siempre por Mola, con un altar de letras doradas. No solo no ha quedado en el olvido este recinto, sino que se ha invertido para su cuidado e incluso se han instalado cruces nuevas en los últimos años.
Esta monumental exaltación del fascismo, dedicada al macabro director de orquesta del golpe de Estado, y principal teórico de los métodos represivos más salvajes una vez fallado el alzamiento, sigue en pie en septiembre de 2021 con el nombre del pueblo dedicado a su figura. Y damos fe que sigue siendo un lugar de peregrinaje, ya que en nuestra visita nos encontramos con varios coches aparcados y grupos visitando los monumentos (entre ellos, una numerosísima familia donde tres niñas no paran de hacerse selfies con la cruz de fondo, haciendo la señal de la victoria). Parece que aún se siguen celebrando misas en su honor en el santísimo lugar.
Y una de las fuerzas que detiene cualquier intento por eliminar estos lugares sagrados del fascismo es la política municipal, que los salvaguarda. Ayuntamientos como el de Villadangos del Páramo, en León, que organizó un referéndum para declararse insumisos a la exhumación de una fosa en la que se piensa que hay enterradas 70 personas. Así, 22 vecinos impidieron que Rufino Juárez pudiera recuperar los restos de su padre. Rufino murió la semana pasada, esperando que la democracia le devolviera los restos para poder darle una digna sepultura. Cien mil familias siguen esperando lo mismo en este país.
El general Mola nació en Cuba, porque su padre estaba destinado allí en los tiempos de la guerra de independencia. Tras el regreso familiar a España, inició su carrera militar, siendo destinado a la guerra de Marruecos, donde iría subiendo de grado de manera meteórica por méritos de guerra. Después le nombraron Director General de Seguridad, donde sus ideas le proporcionaron una amplia notoriedad por su obsesión con la masonería y los judíos. Ya estaría entre los acusados del intento de golpe de Estado del general Sanjurjo en 1932, pero su caso fue sobreseído. En el bienio negro, en el que el gobierno de la república estuvo en manos de la derecha y la extrema derecha, le readmitieron en el ejército. Tras el triunfo del Frente Popular, le destinan a Navarra para tratar de separarlo de la conspiración en la capital, pero lo único que se consigue con ello es que haga un frente común con los carlistas. Dos días antes del golpe, su superior le cita para preguntarle si está organizando un golpe. Responde: «Yo lo que le aseguro es que no me lanzo a ninguna aventura». Tras el golpe, fusilan de inmediato al que había sido capitán general preguntón y sobre sus despojos pasan revista a los soldados para que sirva de escarmiento al resto.
Iniciada la guerra tras el fracaso del golpe, Mola dirigiría a las tropas fascistas en la zona norte, donde destacan los salvajes bombardeos sobre Bilbao (probablemente los más duros de la guerra). A la población vizcaína les había mandado un ultimátum tras los bombardeos sobre Gernika o Durango: «Ultima advertencia: Estoy resuelto a terminar la guerra en el norte de España tan pronto como sea posible. Si vuestra rendición no es inmediata, destruiré toda la provincia de Bizkaia, comenzando con las industrias de guerra. Cuento con los medios necesarios para cumplir con mi propósito». Ante esto, mandos nazis le preguntaron si no era poco inteligente arrasar la industria de un territorio que pretendía tomar, y le invitaron a cambiar de idea.
Tras llenar de cadáveres cada territorio conquistado, su plan inicial tenía pensado llevar cuatro columnas hacia la capital, para la toma final de Madrid. Viendo la resistencia popular con la que se toparía en la ciudad de Madrid, se le atribuye la invención del concepto “quinta columna” para hablar de los que, desde dentro, ayudarían a sabotear la defensa de Madrid para así apoyar a quienes asediaban la ciudad. Es probable que tanta aportación a la cultura del golpismo y de la guerra contra su propio pueblo sea lo que merezca tanta admiración y culto a su memoria por parte de esta democracia plena sin derecho a cuestionamiento.
Mola está enterrado junto a otro general golpista, Sanjurjo, en un inmenso monumento a los caídos en Pamplona, donde cada día 19 de cada mes una Hermandad (la única con acceso a la cripta del monumento) le dedican misa y Vía Crucis en su honor, y donde celebran una especial cada 19 de julio.
El Ducado de Mola, concedido por Franco un 18 de julio, aún sigue existiendo, con la distinción de Grandeza de España, que representa la más alta dignidad nobiliaria del reino, inmediatamente después del príncipe de Asturias en la jerarquía, en un reino que jamás ha condenado, ni siquiera simbólicamente, el fascismo español.
Igor del Barrio.
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Periodista. Bloguero.Escritor

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