El huerto de la resistencia

Me gusta. Me gusta mucho ese empecinamiento que tenemos la gente normal que camina de frente con mente libre y mirada limpia. Frente a la tiránica persistencia del poder ignominioso, la resistencia . Frente al abuso, la  firmeza paciente del resistente. Frente a la inacción la barrera firme de manos quietas pero erizadas de fuerza para empujar. Como hormiguitas disciplinadas que no se arredran ante la dificultad y siguen transportando el grano al hormiguero.

Seguir es la consigna.  Resistir sin  dejarse triturar por el miedo.

Viene a cuento esto, a la gozosa visión de gente anónima que ante el avasallamiento de un alcalde malvado por lo bajo y el absurdo  de sus acciones,  ofrecen el ataque de la persistencia. Los vecinos de la plaza, Gloria Fuertes,  de Lavapiés habían rehabilitado una zona en huerto urbano. Plantaron sus cosillas y andaban felices con el gusto de armar rincones de ese Madrid sobredimensionado y polucionado con ramitos de verde. Sembrando esquinas de vida ya que la muerte parece ondear perpetua bandera.https://www.eldiario.es/madrid/somos/lavapies/noticias/ayuntamiento-arrasa-huerto-vecinal-plaza-lavapies_1_9285378.html

La orden de arrasar el huertecillo llegó de la Alcaldía sin dilación. Nos preguntamos por qué, a quién podría molestar un oasis en zona olvidada. No busquemos respuestas a la inanidad del perverso poder. Ese pequeño alcaldito, don Almeida, que se pliega ante la muñeca diabólica de Ayuso, con sumisión de esclavo, desprende humo luciferino contra los vecinos de Lavapiés. Patrulla municipal enviada y arrancamiento del huertillo. Fue la respuesta al vecindario que plantó con mimo la esquina. Sin más.

Los/as vecinas de Madrid son pertinaces. Lavapiés es barrio que dicen  gentrificado pero no tanto,  en tiempos zona donde una saltaba del  mojito cubano con son y grito a un chigre africano con olores difusos que llegaban de lejos. Ese barrio, como les digo, conserva esencias del Madrid galdosiano de chulapa y malencarado por bonito y pinturero no se dejó plegar tan fácilmente  y volvió a buscar otras plantas para repoblar lo arrasado por el alcalde. Allá se fueron jóvenes y viejas a plantar su huerto pisoteado.

 

Incansables. Inabarcables. Incontestables. La guerra de las pulgas la llamaba mi admirado Manolo de Cos. Decía el buen hombre, que una pulga solo molesta un poco a un elefante, pero mil, millones de pulgas pueden tumbar y derrotar al  animal y dejarle inactivo. Los/as vecinas de Lavapiés conforman esas pulgas molestas y diminutas que intentan seguir adelante con lo que creen sin importar el tamaño del elefante al que se enfrentan. Creo que ni se enfrentan, solo ofrecen resistencia a algo que les parece insulso por lo pequeño y perverso. Destrozar  el huertillo que ellos/as han plantado por principio de autoridad, quizá, o solamente es estupidez. Tan inútil como perverso.

Como hicieron ante la malévola acción de arrancar los versos del poeta Hernández en el aniversario de su muerte. O con el ninguneo ante el entierro de Almudena Grandes. Esas pulgas benditas llenaron de poesía los rincones de las redes, las esquinas de la ciudad. Esas pulgas incansables llenaron el cementerio de la Almudena con libros que blandieron en silencio y con una lágrima amorosa hacia su escritora. Con el amor  y la persistencia que jamás generarán los del poder. Esas guerritas de pulgas diminutas que joden al  fuerte porque no pueden derrotarle de frente. Guerrilla urbana de la mejor especie. Es poco, apenas nada, pero persistiendo y persistiendo, seguro que el acoso se torna molesto. Y cansino.

 

 

 

Con los años he dejado de creer en muchas cosas. En las grandes revoluciones, en las paradas militares, en las patrias, en las banderas (menos en las que molestan al facho, esas sigo enhebrándolas en mi ventana a cada poco, por llevar la contraria, no más) en los grandes ideales, en las grandes palabras y los himnos, en los dioses grandilocuentes que me ofrecen vida eterna y cielos desconocidos mientras no me ayudan a pasar el puente de una vida doliente. He dejado de creer en tantas cosas que tengo que rebuscar dentro del saco de las creencias para encontrar alguna que me impulse a seguir.

Esta es una de ellas. La resistencia. La guerra de pulgas pequeñas y piconas que no dejen en paz al poder, que  soslayan los rabazos del borrico infame que nos quiere domeñar y siguen tal cual. Sin inmutarse, pero persistiendo en la lucha cotidiana. La minúscula lucha cotidiana que resulta molesta pero no mata. He dejado de creer en las grandes causas, en arreglar el mundo de un plumazo para ir en pos de esos granitos de arena que construyen el futuro. El buen futuro. Quizá  no se llega a  meta pero ocasiona pequeños avances hacia el final que puede ser descalabro o no. Como sin querer, se avanza. Y de paso se pierde el miedo.

Ese es otro convencimiento clavado a base de experiencia y observancia. La cantidad de batallas que se dan por perdidas sin lucharlas. De antemano, por miedo.

El miedo a perder lo poquito que llevamos en la cesta nos impide correr en pos de la utopía. Sin darnos cuenta que la bolsa suele ir vacía, que no hay nada más que el esfuerzo personal, lágrimas secas de muchas lloradas y logros sencillos que se deben únicamente a nuestro valor. Pero el miedo atenaza el cuello como si poseyéramos el alma y al plantar cara fuéramos a perderla.

Las batallas que he visto perder sin luchar son infinitas, en cambio, las que he visto ganar, o quedar en tablas…o al menos mantener la gallardía de presentar batalla ante la afrenta, les juro que son casi todas. No hay batalla perdida si se lucha, aunque se pierda. Sí, no es un contrasentido porque al luchar le decimos al poder, que vale, que tiene la fuerza, que tiene hasta el éxito, pero lo vendemos caro. Que no sale gratis pisar el huerto, vaya. Que volveremos a plantar. Las veces que haga falta.

Como las pulgas con el elefante. Hasta tumbarle y si no podemos al menos le daremos por el saco un buen rato. Le incomodaremos tanto, tanto, que quizá le cansemos y marche a otro lugar más tranquilo.

De eso se trata, queridas amigas/os, de eso. De cansar al adversario ya que no podemos vencerle porque tiene la fuerza. Nosotras le marearemos hasta que agotado nos abandone por pesadas. O persistentes. O resistentes. Porque no olvidemos que el elefante es uno y las pulgas, millones.

Me gustaría que ese huertillo fuera  la alegoría de estos tiempos tan jodidamente duros que se avecinan. La resistencia de volver a plantar una y otra vez el huerto arrancado por espurios motivos de un alcalde que debe vencer sus limitaciones y las humillaciones que le produce la niña siniestra con lo que plantan los vecinos de Lavapiés.

María Toca Cañedo©

Sobre Maria Toca 1282 artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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