Elecciones generales, o el delirio del mundo al revés

El sueño de la democracia consiste en un mundo en el que los ciudadanos, libres e iguales, eligen con su participación a sus representantes, los cuales llevarán a cabo el programa de gobierno que han ofrecido a sus votantes.
La realidad de este reino (que nació de una consulta trampa bajo amenaza constante de golpe militar, que ni siquiera pudo votar si quería a los Borbones y nunca ha sido refrendado democráticamente en medio siglo) dista mucho de aquella fantasía.
Las próximas generales del 23-J lo explican bien. El nuestro es un sistema confeccionado para que, aunque se conquiste alguna pequeña victoria, nunca cambie nada sustancialmente. Un sistema en el que la derecha política se pueda perpetuar en el poder sobre el soporte de la derecha mediática, judicial y financiera, y para que la izquierda que pueda surgir desde el ámbito extraparlamentario pueda ser domesticada a corto plazo por el poder a través de ese poderoso batallón.
El 23-J, como en todas las elecciones anteriores, el votante de derechas tendrá opciones a mano para defender sus intereses de clase: si quiere bajada de impuestos a los ricos, nunca les falta el partido que lo proponga y lo lleve a cabo desde el primer día. Tampoco fallará la promesa de recortar los subsidios para la chusma, los menas, los comedores escolares o el acceso a FP o a la universidad para hijas e hijos de las familias trabajadoras… Por eso, en los municipios adinerados salen siempre a votar con unos porcentajes altísimos (hay áreas ricas de Madrid que superaron el 85% de participación el 28-M). Para el votante de derechas, ir a votar es un trámite como lo es ir a sellar el paro para las clases trabajadoras. En la sociedad de clases, para unos la democracia defiende sus privilegios y para otros, con suerte, se consigue arrancar algún derecho.
Porque, ¿tienen los votantes de izquierda opciones que defiendan sus intereses de clase? Hasta la llegada de Podemos, había un bipartidismo que nos dejaba elegir entre lo mismo y lo mismo. Con el gobierno de coalición, el empuje del partido morado sacó adelante medidas que antes habían resultado impensables y que, aunque claramente insuficientes, realmente ayudaron a vivir mejor a millones de trabajadores. Pero esa insuficiencia patente quedó reflejada en que la participación en zonas obreras el 28-M, en sus tradicionales feudos, estuvo incluso por debajo del 50%.
El batallón mediático, judicial, político… con la inestimable participación del ala derechista del PSOE han conseguido finalmente quitarse de encima esa incómoda piedra en el zapato de una izquierda consecuente, cambiándola por una alternativa más llevadera de compañeros de viaje que no auguran enfrentamientos con la política exterior, la guerra, el control de los precios o para denunciar la violencia de los insultantes beneficios empresariales en tiempos de crisis económica, energética y alimentaria.
Ahora, regresaremos a un bipartidismo que se presenta en forma de a cuatro, con dos bloques claramente diferenciados. Pero la diferencia entre ambos no es tanto que haya un bloque de derecha y otro de izquierda, sino que hay un bloque de izquierdas moderado (que desactiva la respuesta popular y consigue amansar a todo el mundo a través de concesiones consiguiendo una paz social verdaderamente admirable) y un bloque de derechas absolutamente consecuente con lo que quiere, que va a derogar de un derechazo los avances conseguidos los últimos cinco años y a implantar progresivamente el modelo al ultraliberalismo que conocemos en Madrid.
La situación nos recuerda a esas elecciones francesas en las que el pueblo acaba teniendo que votar al candidato de derechas (Chirac, Macron) para que no salga Le Pen. Y ahí claro que hay diferencias entre que salga un partido u otro, aunque la pregunta tenga poco que ver con la democracia real de elegir con quien verdaderamente te sientas representado.
El PSOE (el partido socialista y obrero) es en realidad el garante del sistema, de la monarquía, de la sumisión absoluta a la OTAN, del pacto social entre sindicatos desarmados y patronal satisfecha, o incluso con la Santa Sede. Es el guardián del régimen del 78, a medias tintas con la amnesia obligatoria frente al genocidio de la dictadura que nunca murió, sino que pervivió infectando todas las instituciones, políticas, judiciales, policiales y militares. El Borbón y cuenta nueva” hasta nuestros días. Quien si concede algo a las clases trabajadoras es porque ha hecho una concesión mayor a la patronal. Es el que aguanta los palos, los insultos y las mentiras sin romper nunca la baraja, el que escurre siempre el bulto, el que pide perdón si a alguien de los suyos se le escapa alguna verdad. El desleal con quien se baja al fango. El del chuletón imbatible, la guerra de Putin o te invito a dar una vuelta en el Falcon.
Eneko expresaba en una viñeta “la democracia es la mejor de las dictaduras”. Y hoy, la desmovilización planificada de la izquierda puede hacer que, a través de las papeletas, regresemos a una especie de franquismo posmoderno.
Para las derechas, el PSOE (cuya investidura de gobierno declararon ilegítima desde el primer minuto) es el partido de los que quieren destruir España, aunque probablemente esté ahora en el momento más tranquilo con los nacionalismos desde el 78. La más que probable victoria de PP y Vox va a traer un enfrentamiento frontal instantáneo contra ellos. Una auténtica fábrica de independentistas, que más que retrotraer el país a 2017 lo va a acercar a 1934. Los sindicatos, que llevan más de una década sin organizar ninguna movilización importante, se verán obligados a despertar ante lo que más que seguramente implique dinamitar una paz social en la que hasta la patronal ha salido a decir públicamente que defenderá la derogación parcial de la reforma laboral del bloque de investidura de Sánchez.
Lo que nos espera con la victoria de PP y Vox es el triunfo de los que quieren vender el país a precio de saldo. Los que privatizan todo para que los tentáculos de los fondos buitre lleguen hasta todo rincón que dé dinero.
Son quienes quieren que las escuelas concertadas estén en manos de la iglesia católica (en Madrid ya lo son el 60%), que se eliminen ayudas a las familias vulnerables para desviar el dinero público a becas para los más ricos, y así perpetuar esta élite engominada. O a crear cheques para que las rentas altas contraten el servicio doméstico. Todo esto es ya una realidad en Madrid.
Son los que quieren que el carné de la juventud del PP vuelva a ser como el carné de Falange, con acceso prioritario a las discotecas cayetanas con copas gratis.
Son los que hacen un inmenso negocio con la salud de todos, poniendo a amigos o familiares como comisionistas en la compra de mascarillas o para surtir de material a los hospitales, o directamente asignando con contratos a dedo millones de euros que van siempre a las mismas empresas amigas. Mientras tanto, afirman que la justicia social es un invento de la izquierda, que les corroe la envidia de que a otros la vida les sonría.
Porque, si el PSOE es un partido que hace concesiones continuamente para ganarse la estabilidad (sindicatos, patronal, monarquía, banca, eléctricas, republicanos catalanes, el IBEX al completo…) el PP está especializado en hacer las concesiones únicamente a sus amiguetes.
Del PP sabemos que, en lo peor de la pandemia, decidieron llevar a los hospitales a los enfermos leves para dejar en las residencias a los graves, donde murieron como cucarachas quienes no tenían contratado seguro médico privado en un número que no ha tenido gravedad similar en toda Europa.
Eso sí, si hablamos de Vox, estos defienden abiertamente la eliminación de la Sanidad Pública. Es decir, llevarnos al modelo estadounidense en el que, si enfermas tú, tu pareja o tu hijo, la familia se endeuda de por vida (por no hablar de que niegan la atención a migrantes o gente sin recursos, algo absolutamente inconsciente ante una pandemia como la que hemos vivido o ante cualquier brote).
Nos acordaremos de ello cuando la deriva del mercado haga que tu, de momento, asequible seguro privado, sea solo para los más ricos y a ti te quede una cuenta estándar que no te cubra ni un resfriado.
Son los que niegan el terrorismo machista y victimizan a los hombres que, oh, pobres, tienen miedo a la mujer sin miedo, obviando las más de 1.200 asesinadas por el machismo en los últimos 20 años.
En Náquera (València), lo primero que firmaron ambos fue prohibir (¡prohibir!) las concentraciones de repulsa cada vez que una mujer sufre un asesinato a manos del terrorismo machista.
Ya están dando poder a activistas antiabortistas, homófobos o a fundadores de sectas paramilitares ultracatólicas.
Son quienes untan con ingentes cantidades de dinero público a medios de comunicación que acometen una estrategia de acoso y derribo al gobierno progresista, difundiendo bulos y mentiras, y poniendo el grito en el cielo cuando alguien lo denuncia. Mientras tanto, nunca critican ni incomodan a gente como Ayuso, que es de escándalo diario, ni airean los pasados oscuros de la bancada de la derecha.
Son quienes se mean en la Constitución desde hace más de cuatro años, bloqueando la renovación del CGPJ para mantener su control de la justicia, y que, con Feijóo, preparan el blindaje total con cargos vitalicios de la carcundia judicial postfranquista.
Lo primero que han pactado en Valencia (siguiendo la senda de Madrid) ha sido eliminar los impuestos a quien tiene más de 3 millones de euros de patrimonio.
Se auto-rescatan con dinero público cuando les salen mal los negocios, mientras a los trabajadores, si les sale mal, pierden primero el empleo, luego la casa y, por último, la vida. En Madrid, mientras abandonaban a miles de ancianos, corrieron a rescatar durante la pandemia a las casas de apuestas y casinos con dinero público, y ahora en Galicia sacan una ley que otorga al sector del juego unas facilidades hasta para que los niños puedan jugar en los bares.
Para ellos la libertad es que las 1.800 mayores fortunas de España, con 19 millones de euros de riqueza neta, aporten al Estado los mismos impuestos por su patrimonio que yo por trabajar. Lo siguiente que hacen, tras eliminar impuestos a los ricos, es pedir más dinero al Estado, como han hecho en Baleares.
Son los que niegan la crisis climática, que claman por el derecho a que las tartanas más contaminantes se paseen por el centro de las ciudades (obviando que en metrópolis como Madrid haya 5.000 muertes al año causadas directamente por la contaminación del tráfico). Los que ya están quitando cientos de kilómetros de carril bici de nuestras ciudades (que seguían las indicaciones europeas).
Son los que dijeron que el calentamiento global “está bien, porque así menos gente morirá de frío” (ahora que nos encaminamos hacia la desaparición de toda forma de vida y seguimos sin hacer nada -hace un mes se batió el récord de vuelos simultáneos en el planeta, actividad de lo más contaminante).
Rajoy explicaba que el fenómeno de la lluvia era algo que sucede sin que nadie sepa muy bien por qué. Y tenía un primo científico que afirmaba que era imposible saber si iba a hacer calor en 300 años cuando no aciertan al tiempo que hará en Sevilla mañana. Aznar ironizaba a su manera poniendo en duda el cambio climático. Y Rafael Hernando, Arsacio entrañable, decía que la crisis climática era cosa del “ecocomunismo”. Eso sí, con una maceta en cada balcón (el que lo tenga), salvaremos el planeta de la mano de Isabel.
Vox va más allá y tira a la basura la Agenda 2030, votada por 197 gobiernos mundiales. Llamando “estafa” y “tomadura de pelo” o “camelo climático” al cambio climático.
Son quienes aman a España poniéndose banderas “no nacionalistas” en cada centrímetro cuadrado, pero no dudan en ir a Europa para impedir la “excepción ibérica” o torpedear cualquier negociación que permita avances y mejoras para el país.
Son quienes no dudaron en comprar diputados para ganarse la Asamblea de Madrid, aunque aquello dañara irreversiblemente a las instituciones. O quienes en una negociación desleal y barriobajera dicen que van a votar a la nueva reforma laboral, cuando en realidad votarán en contra, faltando a su palabra para tumbar la votación (que saldrá adelante por la ineptitud de otro compañero que se equivocó al dar al botón… ¡Chúpate esa, Berlanga!).
Son los que piensan que “inaudito” es un insulto. Los mismos que están todo el día a bombo y platillo con que la lengua española está en peligro, y son los que peor la tratan. Solo la saben usar para lanzarla contra las demás lenguas del Estado (cuando una lengua existe para amarla y aprenderla, no para hacer de la ignorancia bandera).
En Asturias, Vox firmó con Foro eliminar aquellos aspectos que supongan igualdad entre personas” (por lo visto, fue que no lo supieron redactar correctamente).
Eso sí, si no saben inglés es culpa del presidente, que convocó elecciones justo el día en el que comenzaban las clases.
Son los que miran con lupa las listas ajenas, pero siempre se les escapan los piezas que hay en Vox, muchos de ellos militantes de partidos fascistas o neonazis en el pasado (que pedían golpes de Estado para restituir el franquismo o el régimen de partido y sindicato únicos) y detenidos por delitos, agresiones o incluso con causas pendientes (Ortega Smith tiene en su currículum todo lo anterior).
Son los que se burlaron en el parlamento de la salud mental, o los del grito “¡Que se jodan!”, desde sus poltronas de sueldo fijo, cuando se votaba el recorte de subsidios a los parados.
Son los que quieren secar Doñana para priorizar los intereses económicos de las empresas de la zona. Los que defienden los 30 asentamientos chabolistas de Huelva donde malviven miles de migrantes para recoger la fresa. Son quienes abandonaron a un migrante muerto, sin papeles ni contrato, a las puertas de un hospital andaluz tras morir recogiendo aceituna en condiciones miserables.
Son quienes priorizan los 109 campos de golf en Andalucía (el equivalente al consumo de agua de un millón de personas) mientras la sequía más grave en 30 años destruye a los agricultores y genera restricciones al consumo humano.
Son quienes, sin invertir en cuidar los bosques ni tener una buena política de prevención, solo se les ocurre organizar un concierto benéfico para enfrentar uno de los peores incendios de nuestra historia, que se llevó la vida de cuatro personas (y que finalmente ni siquiera pudieron organizar porque los artistas se negaron a participar en él). Vamos, que van a gobernar quienes no fueron capaces ni de organizar un concierto.
Son los que aseguran defender el campo español, y a quien defienden es al señorito y sus macrogranjas que solo producen basura a todos los niveles. Quienes ni siquiera diferencian entre ganadería extensiva e intensiva, como Casado, que visitó una explotación familiar de las que defendía el gobierno (de 70 vacas sueltas en el monte) para decir que a él no le parecía que fuera contaminante la ganadería intensiva (que hacina animales en espacios cerrados, es responsable del 14% de las emisiones totales del efecto invernadero, según datos oficiales, y libera a la atmósfera niveles tóxicos y por encima de los límites legales… aparte de producir carne de peor calidad).
Son los que hacen sonar la sintonía del NO-DO cuando va a intervenir Vox en el Parlamento Andaluz. Los que ponen a un torero franquista como consejero de Cultura del País Valencià. Cuando coloquen a José Manuel Soto, Bertín Osborne o Jesulín como ministro de Cultura ya no nos sonará a broma. En Madrid ya han prohibido la representación de «Orlando«, de Virginia Woolf.
Son a la vez depredadores y vividores de lo público.
Feijóo lleva toda su vida saltando de un cargo público a otro, con episodios oscuros a sus espaldas, como la amistad incuestionable con el contrabandista y narco Marcial Dorado (a pesar de tener numerosas fotos juntos, él dijo, como la infanta o como Ana Mato cuando veía un Jaguar nuevo en casa, que no sabía a qué se dedicaba su amigo).
El gallego se defiende declarándose un buen gestor, pero cuando quiso reflotar la fabricación de barcos en Galicia, se trajo de inversor a Pemex. Tras dos años de corruptelas, Pemex se retiró del accionariado, solo se construyeron dos de los 20 barcos prometidos por Feijóo y la empresa se declaró en concurso de acreedores. Pero ningún periodista le preguntará por estas cosas al presidente, ni de cómo dejó la sanidad gallega después de comenzar a asignar contratos millonarios a la sanidad privada.
Santiago Abascal, hasta el día antes de fundar Vox, trabajó en la Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social, donde no sacó adelante NINGUNO de sus proyectos pese a recibir casi 200.000 euros y dejar unas pérdidas de 35.000. Nieto de un alcalde franquista e hijo de un dirigente del PP, antes solo había vivido de cargos públicos.
El discurso de Vox se basa en aquella matraca cuñada de que hay muchos políticos y se llevan todo el dinero, por lo que, si eliminamos a los políticos, arreglaríamos todo. Pero, una vez llegan al poder, como pasó en Castilla y León, aumentan hasta un 33% el gasto en asesores y aumentan el número de cargos en el Ejecutivo (y ahora estamos viendo, tras las municipales, cómo hay lugares en los que ya han pactado, desde el primer día, subidas astronómicas de sueldos y número de cargos). Y han terminado la legislatura ocultando información sobre sus ingresos y donaciones sus 52 congresistas.
Son los que, como hizo el alcalde de Madrid en una entrevista por Zoom con un ruso que se hacía pasar por el alcalde de Kiev, se someten absolutamente para prometer deportar a los refugiados ucranianos para el frente (algo prohibido por la legalidad internacional), castigar a los “bastardos rusos” y donde hasta explicó de manera humillante por qué le llaman “dick face”. Toda una seguridad de éxito en la política exterior.
Al mismo alcalde de la capital de España le dio una vejatoria colleja el poderoso Florentino Pérez mientras hablaba a la prensa para recordarle quién manda.
Aparte de gestores deficientes, son los de los currículum vacíos (el campeón mundial de lanzamiento de hueso de aceituna, la Comunity Manager del perro de Esperanza Aguirre…). El partido con 900 imputados por corrupción que se fusiona con los de la exaltación patriótica, el macho ibérico, la raza y la Cruzada. Toda una fiesta.
Por no hablar de que volverán los que nos dejaron para la historia al tonto de las Azores, los que utilizaron la mentira como arma de desinformación masiva el 11-M, los incompetentes del Prestige o los del rescate financiero a la banca privada que iba a devolver hasta el último céntimo y no ha devuelto ni uno.
Son los que fomentan el odio a los migrantes, a los pobres, a los homosexuales, a los transexuales, a las mujeres, a las feministas, a los ecologistas, a los pobres, a los catalanes, a los vascos, a los animales, a lo diverso, a lo colectivo, a lo público, a quien recupera la memoria histórica de los vencidos, a quien habla su lengua, a quien disfruta su cuerpo, a quien no cree en su dios, en sus guerras ni en sus banderas…
Por no hablar de que volverán los que nos dejaron para la historia al tonto de las Azores, los que utilizaron la mentira como arma de desinformación masiva el 11-M, los incompetentes del Prestige o los del rescate financiero a la banca privada que iba a devolver hasta el último céntimo y no ha devuelto ni uno.
Al final, este régimen de democracia incompleta nos ofrece votar entre seguir igual o una nueva suerte de franquismo. No nos caemos ahora del guindo descubriendo que esta democracia no la hicieron pensando en nosotros. Obviamente, no nos permiten elegir lo que queremos, pero sabemos que no queremos la opción que viene. Es como cuando en tu trabajo ves que la empresa ha preparado una lista para las elecciones sindicales, que les permita manga ancha para pactar despidos o impedir reclamaciones de los compañeros, y, aunque no te seduzcan los Comités de Empresa, sabes que ahí necesitas cerrarles el paso.
Es entonces cuando recordamos aquello de “si en una mesa hay un nazi y diez personas que lo respetan, en esa mesa hay once nazis”.
En sus urnas no está el país que queremos, pero sí tenemos en la mano una oportunidad de impedir que tengamos cada día en nuestra mesa a los franquistas con nuestra indiferencia y volvamos al blanco y negro de julio de 1936.
Igor del Barrio
Sobre Igor del Barrio 29 artículos
Periodista. Bloguero.Escritor

3 comentarios

  1. Totalmente de acuerdo, pero es lo que toca en democracia. Luego, cuando los demás (yo no me cuento) vean los recortes, la falta de atención pública, de servicios públicos, pensiones y sueldos de hambre y un largo etcétera, «Allí será el llanto y crujir de dientes».
    Una pena que no se den cuenta antes de que suceda.

Deja un comentario