Golpes sin causa

No es que fuera bajita, Mariloles, tenía la estatura media nacional. Andaría por el 1,60  que para la época  no estaba ni mal ni bien. Normal, se decía. Pero cuando salíamos al patio, o cuando quedábamos los fines de semana, incluso, en los cafés esporádicos a la salida del colegio, cuando el tiempo se nos comía con la prisa de llegar a casa, o quedar con el amorcito  de turno, siempre tuve la misma sensación. Que era pequeña, que su menudez la hacía intrascendente.

Nosotras, las demás, éramos del montón. Como Mariloles, solo que ella no se resignaba. No éramos ni malas ni buenas estudiantes. Nos conformábamos con algún notable en las fáciles, aprobar las complicadas aunque fuera a trancas y barrancas y pasar de curso con sprint final. Tampoco éramos revolucionarias, ni revoltosas, ni brillantes, ni rapaces conquistadoras  de chicos. Normales, con  la connotación de mediocridad que tiene la palabra.

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Del montón, ya digo. Y nos parecía lógico admirar a  Aitana. Porque Aitana era todo menos del montón. Su presencia se hacía notar aun antes de llegar. Refulgían sus pasos por el corredor del colegio con su andar pastueño y elegante que parecía, más que caminar, desfile de pasarela. Aitana sonreía y las nubes se disipaban corriendo a descalabrarse al punto más lejano de la galaxia. No, no exagero nada. Aitana era simplemente Aitana. Decías su nombre y las profesoras, hasta las monjas,  o torcían el gesto o sonreían como bobaliconas, algunas veces ambas cosas. Porque era la única que no tragaba con injusticias,  la que se aprestaba a protestar con voz melosa pero firme y una mirada de hielo que tornaba sus ojos azules en plomo ardiente. También era la primera en saltarse las normas absurdas que rodeaban días de penuria y nublados matinales que no se disipaban. A veces podía ser hasta un poco gamberra pero sin pasarse. Aitana se mantenía siempre dentro de la raya de la compostura. Rebelde pero decorosa.

Era el final de una década que auguraba cambios indeterminados y Aitana soplaba como viento huracanado para acceder a esos cambios. Sin que lo pareciese. Porque en ella todo era dulzura, hasta cuando escupía protestas ante la injusticia, o cuando hacía valer su determinación ante un acoso de jóvenes irredentos que se les borraba la sonrisa de suficiencia y la palabra soez, al momento  que ella aplomaba su mirada y soltaba el látigo de su valiente sarcasmo.

Y se hacía querer. A la vez de admirarla, la amábamos. Porque compartía. Era la primera en pasar los apuntes, en explicar lo que no entendíamos, en preguntar algo que ella no entendía aunque suponíamos que posiblemente fuera una forma de no parecer tan perfecta. Te prestaba la ropa sin condiciones. Te dejaba el bolso y los zapatos para la cita sin dejar la sonrisa cuando se lo devolvías maltrecho y deformado.

Aitana era la mejor amiga. La mejor compañera que se pueden tener a los quince años.

Por eso no entendíamos a  Mariloles. Jamás comprendimos el porqué de tanta inquina. Porque Mariloles con su 1,60, su pelo castaño claro, sus finos labios, la piel granulada de un precario acné que  podía disimular a trompicones con maquillaje barato y sus ojos castaños que no decían casi nada, no era enemiga posible para Aitana.

Entre otras cosas porque Aitana no presentaba batalla. Nunca respondió a los solapados ataques de Mariloles, ni a lo que pretendía ser sarcasmo y se quedaba en ciega burla intentando ridiculizarla son conseguirlo jamás. Alguna vez sí que vimos la mirada dolida de Aitana ante el furor de Mariloles. Y es que no la entendía. Me lo repitió muchas veces.

-No la entiendo, Lucía, ¿Qué le hago yo? ¿Por qué esa animadversión tan implacable hacia mí?-

Yo la respondía que no hiciera caso, que era así con todas, que era envidiosa  y contra ese defecto no había defensa posible, solo el aguante. La mentía descaradamente porque, si bien es cierto que Mariloles era biliosa con todas, el cumulo de agravios que vertía sobre Aitana ni por asomo era compartido por el resto. Aunque mal encarada en general,  era hacia ella que volcaba un odio encerrado en  burdo sarcasmo que quería ser divertido para convertirse en mueca cruel.

Aitana, al poco,  continuaba con lo suyo olvidando la afrenta mientras nosotras, el resto del grupo, nos manteníamos a cierta distancia…a veces regocijándonos con que la ira ciega de Mariloles se ciñera solo ante Aitana y no hacia alguna de nosotras. Porque era dañina. No con Aitana, porque sus burlas eran tan desaforadas que casi daban risa, cosa que la excitaba aún más. Con el resto atinaba. Llamando gorda pesada a la que le sobraban unos kilos, apestosa a la que tenía problemas de sudoración, patizamba a la que tuvo problemas de crecimiento y torcía ligeramente un pie, torpe a la que le costaba estudiar, pringada a la que tenía facilidad,  zorra a la que tenía novio, sosa y frígida a la que no…Mariloles destilaba un venenito superficial que  rasguñaba el alma, sin hacer demasiada sangre pero sí escozor. Por eso, en el fondo, suponía un alivio el ensañamiento con Aitana. La mantenía entretenida dejando en paz al resto.

 

Porque jamás sus golpes semánticos hicieron sangre. Era como los boxeadores sonados que dan puñetazos al aire, mientras el  contrincante, entero,  le contempla con asombro, esperando que tire de una vez la toalla, evitando noquearle. Aitana jamás le lanzó el punch que la hubiera dejado tirada en la lona. Muchas lo esperábamos con fruición, animándola de forma subconsciente a que le endiñara el golpe definitivo y la tumbara de una vez. Talento, sabíamos  que tenía de sobra. Esperábamos coreando y disfrutando por lo bajinis la trifulca con triunfo seguro de Aitana.

Nunca. Jamás se dio. Y creo que ese era el motivo del odio que le anidó a Mariloles en el alma contra la amiga. Porque eran… éramos amigas. Sí, aunque sorprenda, éramos inseparables, tanto en el colegio como los fines de semana cuando liberadas del uniforme jugábamos a ser proyecto de mujer, siempre con ventaja sobre todas por Aitana, naturalmente. Mariloles, incluso, alguna vez se quedó en su casa. Pasó la noche en el cuarto de la enemiga auscultando la decoración de una casa ordenada en donde se respiraba paz, con una madre que todas envidiábamos, hermosa, libre, inteligente y encargada de la sección de internacional de una revista importante. Contemplábamos las fotos de esa mujer sonriendo, al lado de personajes que no conocíamos pero intuíamos importantes,  manoseando los premios y los cuadros que decoraban el salón de la casa con visible emoción, aunque he de confesar que también con una puntita de envidia porque todo era tan perfecto que ofendía.

Habían llegado dos años atrás. Convulsionaron al barrio donde se establecieron. Una divorciada con una hija. Una mujer guapa, elegante que no ocultaba los diversos amantes que pasaban por su cama, desayunando con la hija en perfecta camaradería después de una noche de loco sexo. Aitana no solo comprendía a su madre sino que no entendía nuestra extrañeza…

-¿Escandalizarme por qué? Mi madre es joven, el sexo es sano y ella tiene éxito con los chicos. No quiere pareja fija, porque no quiere imponerme una presencia extraña en casa lo cual no es motivo para renunciar al sexo-

Nos explicaba, ante la perplejidad que nuestras bocas abiertas y los ojos  saltones de pura sorpresa, mostraban. Nos parecía inverosímil su placidez. Y la de la madre al asumir con una sonrisa los cotilleos y el desprecio de un barrio que no entendía pero juzgaba.

Mariloles contemplaba a la madre de Aitana con ojos gélidos. Incluso ante sus muestras de afecto y cuidados maternales soltaba gruñidos incontestables por lo inentendibles de protesta banal. Pero volvía una y otra vez a aquella casa que parecía detestar. Quizá era la que más veces la frecuentaba. Como si hurgara en la herida producida por los agravios que ella solo notaba y la produjera cierto placer malsano torturarse.

Alguna de nosotras la llegó a preguntar alguna vez de dónde venía la animadversión. Cierto que era en contadas ocasiones,  siempre potenciado por la bilis que soltaba intentando explicar las supuestas afrentas sufridas. Que eran humo, humo concebido por una imaginación contrahecha y mezquina.

–  Yo no la tengo manía,  lo que pasa es que os tiene engañadas a todas. Claro, como os hace regalitos, como os invita a su casa, como os deja ropa, babeáis por ella, sin daros cuenta lo pedazo de zorra traidora que es-

-Mariloles, tú vas a su casa. Te deja ropa. Te pasa apuntes-

-Sí, pero yo la conozco. A mí no me compra con sus cositas.  A vosotros os tiene embaucadas-

Y no la sacabas de ahí. Ni un razonamiento, ni una causa, ni un hecho. Porque no había más. No había causa ni motivo para el odio que iba creciendo cual planta maldita en su corazón.

Claro que pudimos hacer más, de puro obvio ni nos lo confesamos, pero no hicimos. Nos dejábamos llevar por la gregaria costumbre de asentir con el silencio al oprobio. Aitana era querida…o quizá, si lo pienso, era más interés que verdadero cariño. Era pensar en lo que nos aportaba más que el amor generoso que, quizá de haberlo sentido, hubiera producido una capa de protección que la hubiera salvado del desastre. No nos percatábamos porque detrás de su sonrisa, que seguía siendo amplia y abierta, se iba levantando el muro de amargura provocado por la soledad. Es muy posible que Aitana hubiera necesitado más apoyo que la mera presencia de un grupo lo bastante neutral para querer ser equidistante y convertirse en cómplice de su verdugo a causa de no dar un paso, un solo paso que hubiera sido suficiente para que ella notara nuestro apoyo.

No se hizo. Jamás se planteó. Al contrario, las pocas veces que hacíamos eco de las condiciones en que se desarrollaban los hechos era, o bien, para reírnos conformando la crueldad en intrascendencia o para calmarnos por la desazón de la bilis que soltaba Mariloles y que terminaba por impregnar al grupo como baba viscosa que desparramaran a su paso táveras gigantes.

El caso es que Mariloles seguía y seguía repartiendo golpes semánticos como boxeador sonado sin cansarse o si lo hacía daba igual porque la inercia la impelía a continuar.

 

Cuando Aitana desapareció era justo a mitad de curso. Todas pensamos, al principio, que se habían ausentado como llegaron, con el mismo sigilo de personas  nómadas, que lo eran. Comenzamos a asustarnos cuando la madre, desencajada y llorosa vino al colegio  -pudimos verla llegar desde los ventanales de la clase, con su andar desvaído, el pelo (esa larga melena rubia tan lustrosa otras veces) alborotado y la mirada febril de quien presiente algo muy turbio- La vimos entrar y luego salir con los ojos hinchados de mucha lágrima y un rictus agrio en la boca como si hubiera absorbido limón.

La monja encargada de  nuestro curso, nos preguntó si sabíamos algo. Al unísono respondimos que hacía dos días que no la veíamos. El silencio de Mariloles se hizo audible hasta que al poco desafió  la turbación  atronadora de la clase, mascullando que ella sí. Que la había visto con un chico saliendo del colegio muy acaramelada. Fijamos la vista en ella, con la extrañeza de no poder corroborar nadie su apreciación y tal que las miradas se la posaban en el rostro, levantó más y más la voz para ratificarse en su primer argumento mientras arqueaba sus pobladas cejas y elevaba el mentón con rala suficiencia.

Las monjas se lo comunicaron a la policía cuando nos visitaron. Llamaron a Mariloles aparte y tuvieron una entrevista  de mucho rato con los agentes.

-Sí, la vi salir por el portón principal, caminaba de la mano de un chico moreno, de aspecto agitanado y macarra. Lo último que vi fue que, ambos, entraron en un coche y se largaron a escape. No me extrañó porque ella solía tener amigos raros-

Nos explicó, ante el interés mostrado por nosotras.

-¿Raros? Mariloles, ¿Qué amigos raros tiene Aitana? Los mismos que nosotras- respondimos varias.

-Vosotras no sabéis nada. No la conocéis, os ha tenido siempre engañadas. Yo sé su vida y conozco cosas que ni imagináis-

La miramos como se contempla a alguien muy enfermo, no sabríamos decir que si con pena o con extrañeza, y la dejamos estar. Su odio no se aplacaba ni con la lamentable idea de su desaparición. Quizá debimos entonces haberle plantado cara. Enfrentarnos a su odio con nuestras pocas fuerza, pero ya digo,  lo dejamos ir.

Pasaron meses, el curso acabó y de Aitana no volvimos a saber. Su madre, ahogada en desesperación marchó del barrio y olvidamos a la bella amiga que se volatilizó de nuestras vidas como si fuera una mariposa que se hubiera detenido un tiempo para mostrar sus bellas alas antes de levantar vuelo, sin más.

Al desplegar hoy el periódico las fotos y las letras tan grandes como un insulto nos recordaron de golpe los años felices en que vivimos sin más preocupación que un examen o un novio que no nos correspondía.

Leí, con una mezcla de desolación y algo de culpa que en plena remodelación del colegio, habían encontrado, en un desván oculto y en desuso, el cadáver momificado de una niña de aproximadamente quince años. Las pruebas de ADN realizadas indicaban, con toda seguridad, que se trataba de la joven Aitana Mayoral desaparecida hacía casi veinte años cuando cursaba estudios en el colegio. Las pesquisas  policiales estaban conduciendo de forma precisa a que el  asesinato fue perpetrado,  posiblemente por alguien de confianza que la condujo hacia un lugar seguro  golpeándola  hasta matarla y una vez consumado el crimen la escondió en el desván tapando el cadáver con ropas viejas, libros antiguos y unos enormes cajones que puso encima.

 

Un cruce de llamadas sucedió a la lectura de la noticia. Algunas voces ya no sonaban familiares porque los años cargan la  dicción con la vida pasada y se ensaña con los timbres juveniles, convirtiéndolos en palabras maduras y descarnadas. Ninguna dudó de quien fue la asesina. Ninguna dudó de  que pudimos evitarlo. Ninguna dejó de sentirse culpable por el vacío que sentimos ante el hecho de una cobardía. Tampoco la lloramos.  Ninguna llamó a Mariloles. Quizá a todas se nos torció el gesto mientras un amargo sabor de polvo viejo invadió nuestra boca. No es que lo sintiéramos demasiado, pero por un momento un rayo de incierta culpabilidad debió de cruzarnos la frente.

 

María Toca©

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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

1 Comentario

  1. Precioso relato, triste en su final y como muy bien escribes: “un solo paso que hubiera sido suficiente para que ella notara nuestro apoyo.”

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