Ilse Kulcsar de Barea (Ilse la de Telefónica)

 

 

Verán que esta biografía será algo distinta a las formas acostumbradas, porque se contará la vida y actividad de una mujer Ilse Kulcsar y  hablaremos bastante  de un edificio que representó a la España republicana porque los ojos de la ciudadanía del mundo democrático y libre se posaron en él como el adalid de lo que representaba la lucha antifascista: La Telefónica -ahora que lo pienso, tiene nombre femenino y bien podría representar a una vieja y lustrosa dama incólume y bravía desafiando las bombas enemigas-.

Empecemos por la protagonista de la historia, Ilse  Wilhelmine Elfriede Pollak, nacida en Viena un veinte de septiembre de 1902. Su padre Valentín Pollak, fue pedagogo famoso que dirigió durante tiempo el Wasa-Gymnasium de Viena, que era un instituto donde los hijos de la burguesía judía de la capital realizaban sus estudios. Alice von Zieglemayer, la madre, procedía de la nobleza. Una de sus tías maternas, Helene, se casó con Johann Schober, político conservador que en 1920 fue canciller federal y opresor de los obreros austriacos ya que reprimió con mano dura al final de la Gran Guerra a los movimientos revolucionarios que surgieron. Siendo presidente de la Policía encabezó la represión de la revuelta de julio en Viena, donde murieron 85 manifestantes.

Ilse, cuyos apellidos fueron cambiando, tomando los de sus dos maridos, comenzó su vida estudiando en la Schwarzwaldschule, el primer instituto femenino de Austria, donde se cursaban estudios secundarios . Profesores famosos de dicho instituto fueron, Oskar Kokoschka,  Adolf Loos y Arnold Schönberg así como el padre de nuestra protagonista, Valentín Pollak.

Desde el principio de su etapa de estudiante de primaria, Ilse mostró actividad política como miembro del Movimiento Socialista de Estudiantes de Enseñanza Media, militando poco después en el Partido Obrero Socialdemocrata (SDAP)

En 1920 comienzan sus estudios universitarios en la Facultad de Ciencias Políticas y también en la de Derecho, en la Universidad de Viena, compaginando sus estudios con la militancia política que en los años de entre guerras bullían de actividad. Asistió al Congreso Internacional de la Juventud, en 1921, invitada por Willi Münzenberg presidente de la Internacional Comunista de la Juventud, realizado en Berlín y en Moscú. Hizo escuchar su voz en el congreso, oponiéndose a la división de la Internacional en tres facciones, dándose de baja en el partido Socialdemocrata y afiliándose a la Juventud Comunista Austriaca y al Partido Comunista (KPO) coincidiendo allí con el que pronto establecería una relación tanto afectiva como de colaboración política durante años. Su primer marido y al que debe uno de sus apellidos, Leopold Kulcsar. Formaron una pareja legendaria, conocida como “los Kulcsar”  sobresalientes, ambos, por su dialéctica revolucionaria, la inquietud política y la rebeldía ante la disciplina partidista que les traería problemas sin tardar mucho.

A la vez, Ilse, comenzó a trabajar como redactora de economía en la revista del partido, Rote Fahne, hasta que se produjo un conflicto con el dirigente del partido y la pareja se vio condenada a no poder publicar durante un año. Al producirse esa condena se dieron de baja en el partido. Sin embargo, en 1925 la legación soviética de Viena, consciente de la valía de Ilse, le propuso realizar una formación de trabajo de campo en la diplomacia. Fue enviada a Rumanía con el fin de contactar con personajes de la oposición, entregarles dinero para la lucha obrera. Fue detenida en Budapest, poco después, junto a Leopold y otra persona austriaca bajo la acusación de colaborar con la Unión Soviética. Poco después, Ilse fue declarada inocente,  siendo expulsada del país.

El matrimonio regresa a Austria y rompen de forma definitiva con el KPÖ desengañados por la falta de implicación del partido en su defensa. Regresan al origen, militan de nuevo en el SDAP, Ilse retoma la escritura además de trabajar en la formación de los cuadros del partido y en las luchas sindicalistas. Europa se ha convertido en una enorme olla donde hierven los movimientos nazi/fascistas que avanzan a paso ligero, en Austria corría el año 1933 cuando el canciller  federal socialcristiano, Engelbert Dollfus, consigue mediante un truco administrativo convertirse en dictador absoluto del país emprendiendo un régimen represor, ultracatólico y conservador, Ilse, de acuerdo con su partido realiza actos de provocación y es detenida de nuevo además de que se emprende contra ella una batalla en los medios de comunicación de descredito, lo que obliga al matrimonio a moverse dentro de la clandestinidad porque el régimen camina hacia un austrofascismo claramente. Fueron unos años duros para el matrimonio Kulcsar ya que en 1934 estalla la guerra civil en Austria que fue el primer enfrentamiento entre grupos de izquierda y el fascismo que avanzaba de forma inexorable por Europa. Esta vez detienen a Leopold, Ilse consiguió escapar y refugiarse en un pequeño piso del político laborista británico, Hugh Gaitskell y en casa de sus padres. Leopold queda en libertad, pero al seguir conspirando y ser descubiertos de nuevo no les queda más camino que el exilio. Marchan a Checoslovaquia donde entablan amistad con Otto Bauer dirigente socialista y las organizaciones del SDAP les prestaron ayuda económica y un empleo para Ilse que trabajó como redactora jefa de los servicios de debate de una publicación.

No se sabe si fue consecuencia de los avatares políticos pero el matrimonio entra en crisis, Leopold ha tomado posición cercana al comunismo soviético, apoya a Stalin, mientras Ilse se mantiene contraria a la disciplina comunista ortodoxa, lo cierto es  que mientras Leopold se queda en Checoslovaquia, trabajando en la embajada española, Ilse emprende el camino que la traerá a España en los inicios de la guerra civil.

Ilse es consciente de que en nuestro país se debate el futuro de Europa, está convencida de que si España cae en manos fascistas, Europa le seguirá rápidamente, porque conoce bien la realidad vivida en su propio país y en Alemania con el avance de los nazis y del fascismo austriaco. Quiere formar parte de la lucha activa y se encamina hacia el Madrid sitiado de los primeros meses de la contienda. Una locura llena de riesgo. Viaja sola, sin dinero, sin más apoyo que una carta de recomendación de Luis Araquistaín ante el gobierno republicano.

El gobierno de la República y su alto funcionariado han huido a Valencia ante el acoso del ejército de Franco porque dan a Madrid por perdido. Me permitirán un aporte personal, ya que escuché  el lamento y la decepción sufrida por la ciudadanía republicana ante esa huida, en boca de mi abuelo. Con que dolor contaba la deserción que él llamaba cobardía,  de un gobierno que abandonó al pueblo de Madrid ante el acoso y el sitio franquista. Todo el mundo contaba con la rendición de Madrid, todo el mundo menos los/as madrileñas que emprendieron un largo y tortuoso camino hacia la resistencia que desembocaría en una derrota tras años de sufrimiento, hambre, bombardeos y desolación, pasando a la historia como un acto de heroísmo inigualable.

Ese Madrid abandonado recibía cada noche cientos de bombas, obuses, bombas incendiarias, que destrozaban el tejido urbano y dejaban miles de refugiados que con lo poco que podían salvar encaminaban sus pasos hacia la ciudad. Una larga marcha de empobrecidos llegaban a un Madrid desolado que solo les ofrecía el amparo de la Telefónica.

Y aquí llega la segunda historia. El edificio de Telefónica, era en ese tiempo, el más alto de Madrid. Desde el piso trece se divisaba con claridad los frentes de batalla que en forma de herradura sitiaban y ahogaban a la ciudad. En ese piso se solventaban dudas de los avances fascistas y se establecían estrategias por el general Miaja, jefe de la defensa de Madrid.

También, en el piso quinto, estaba una sala de prensa donde los reporteros internacionales enviaban las crónicas de guerra al mundo. Se creó un departamento de censura de prensa con el fin de “limpiar” y matizar los textos que faxeaban los periodistas, muchos de ellos partidarios de los golpistas. Al frente de ese departamento de censura estaba el gran escritor Arturo Barea que años después escribiría la obra histórica definitiva sobre nuestro país, La forja de un rebelde.

En los sótanos del edificio malvivían cientos de refugiados, en cada rincón había un camastro o un hatillo donde posar los cuerpos agotados y las mentes devastadas por la guerra. Niños lactantes sin pañales, enfermos, enloquecidos por las bombas que les cayeron encima, se hacinaban casi mil personas en una convivencia atroz, donde la suciedad competía con el hambre y el miedo. El edificio había sido construido por los americanos, de hecho, era suyo, siendo incautado por el gobierno, pero mantenían un piso para ellos, como central de comunicaciones. Su estructura era recia y se mantenía, aunque maltrecha, como faro ante los bombardeos que ponían sus cargas mortíferas más espeluznantes intentando derribarlo.

Cada piso era un mundo. En cada ascensor, baño, pasillo o escalera se desarrollaban vidas desesperadas por el horror de los bombardeos que cada noche, de forma sistemática y asesina, se despeñaban hacia la torturada capital. Madrid tiene el dudoso honor de ser la primera capital atacada por bombardeos a la población civil. Los Junkers nazis sembraron la muerte de forma indiscriminada por la capital y por muchas más ciudades españolas ante la perplejidad de una población que no entendía que la muerte caía del cielo hacia gente inocente…en muchos casos con ideologías similares a los que conducían los criminales bimotores. En las primeras incursiones por el cielo de Madrid, se cuenta, que nadie buscaba refugio, incluso los niños, desde su inocencia, saludaban a los pequeños monstruos que avanzaban en formación protegidos por los cazas, para sembrar el horror. Muchos años después, en su pequeña casita de La Albericia, barrio santanderino machacado también por bombardeos,  mi abuela Modesta, seguía palideciendo y quedando inerte en una esquina escuchando la sirena de una fábrica cercana que en sus oídos se asemejaba al sonido de las alarmas…

A ese Madrid llegó Ilse Kulcsar, avalada por el gobierno de Valencia como periodista asimilándose al grupo de censores de prensa que comandaba el comandante Barea. En el microcosmos de Telefónica estaba concentrado la disparidad del pueblo que defendía Madrid. Anarquistas honestos y también criminales que bajo la bandera rojinegra ampararon sus desmanes en “paseos” infames. Comunistas que intentaban ordenar el desbarajuste de esos primeros meses heroicos y honesto pero  también mentes cerradas que solo atendían a las prerrogativas que llegaban desde Moscú donde el otro criminal, Stalin, maniobraba para sacar tajada del conflicto. Mentes heroicas, corazones honestos junto a psicópatas que justificaban sus odios con banderas dignas.

Todo eso y más confluía en Telefónica que se debatía ante el miedo y la constancia de una Quinta Columna maquiavélica que encendía luces para guiar a los aviones, o “pacos”* indecentes que desde ventanas ocultas tiroteaban a la población cuando corría a comer o buscar amparo y refugio. El general Mola, lanzaba proclamas diciendo que Madrid caería no por las cuatro columnas que la sitiaban sino por esa Quinta Columna que estaba dentro de sus muros.  Todo ello calaba en los defensores convirtiendo a gente normal en auténticos hipocondriacos de la contrarrevolución. Se sospechaba de todos, por lo que una mujer alemana (en esos momentos ya no se diferenciaba entre alemana y austriaca) con ideas diferentes de cómo administrar la información internacional, no podía eximirse del mar de desconfianza que embargaba  a los defensores de la Telefónica. Varias veces estuvo a punto de ser asesinada en un “paseo” También fue detenida y siempre estuvo bajo sospecha de los españoles que manejaban los hilos del poder. Y siempre fue su amparo el que llegaría a ser el amor de su vida, su segundo marido…y el tercer apellido que tomó Ilse. Arturo Barea, que en ese momento estaba casado, tenía tres hijos, una amante despechada y un historial de machista misógino típico de la época que chocó frontalmente con el ideario y la forma de vida de Ilse. Barea se deslumbró ante la inteligencia, la libertad y los conocimientos de una mujer gordita, no muy atractiva para sus gustos, pero brillante y con la que podía hablar y discutir de política, de cultura, de la vida en general.

El mundo se partía, acababa una época entre bombas y muerte, la sangre corría por las calles de Madrid, mientras en el quinto piso del edificio más emblemático de   la ciudad sitiada se desarrollaba una historia de amor que bien pudiera resultar tan vistosa para el cine como Memorias de África, por poner un ejemplo. Mi confesada imaginación romántica no puede evadirse cuando camino cerca de ese edificio visionando con claridad las bombas, los desconchones, los vidrios rotos mientras Barea y Kulcsar se enamoraban en un cuartucho  solventando artículos de prensa para expandir el grito de socorro que la República lanzaba al mundo.

Ilse entendía que había que dejar de contar solo éxitos, inexistentes o muy livianos, porque de hacerlo el mundo se preguntaría ¿por qué no gana la guerra la República exitosa? y ¿por qué sigue el gobierno y el alto funcionariado en Valencia si Madrid está triunfando ante los fascistas? dejando un regusto de falsedad en los lectores del mundo. Había que matizar la verdad, como en toda guerra, por supuesto, pero dentro de una tarea limpia e inteligente. En sus palabras: “ “censura estúpida. Pues claro que tendrían que dejar escribir sobre los problemas internos, porque si se niega todo, el enemigo podrá sacar sus comunicados en la prensa con mayor facilidad. Además, si todo se presenta a salvo de problemas y con esa unidad y coincidencia totales, ¿cómo entender que la República no haya vencido hace tiempo, antes de que los primeros junkers surgieran en el cielo?

Barea, estaba de acuerdo con reticencias, pero era casi imposible que mentes cerradas, casi analfabetos (la población española en ese tiempo tenía más de un 50% de analfabetismo) que pocas veces habían visto a una extrajera, alemana para más inri, que hablaba cinco idiomas y miraba a los ojos de los hombres vestida de miliciana y sin buscar ni coqueteo ni afirmación sexual, se sintieran desazonados y atacados. Lo más sencillo era acusar a Ilse de espía, de quintacolumnista, de saboteadora y emprender planes para asesinarla.

 

Resistió durante largos meses, años, porque hasta 1938 no salieron de España, Barea e Ilse,  agotados y maltrechos por el esfuerzo titánico y heroico de defender a la República española de unos infames ataques. El marido de Ilse, Leopold, en una ocasión intervino de forma clara para salvar la vida a la pareja, con la que mantenía buena relación. Leopold Kulcsar, se había convertido en comunista acérrimo y se conjetura con su participación en diversas checas y torturas en el combate lanzado desde Moscú contra el POUM. Su muerte, en 1938 propició que la pareja formada por Arturo e Ilse, pudieran casarse.

Se exiliaron a finales del año 38 en París, donde vivieron duramente, pasando penalidades y hambre endémico, y es justo en ese momento cuando ambos emprenden sus dos obras importantes. Barea comienza a escribir La forja de un rebelde e Ilse, la novela Telefónica donde cuenta las vivencias en el edificio que se convirtió en su casa y su mundo durante meses. Novela que ha sido reeditada hace poco y les recomiendo porque completa la grandiosa de La forja de un rebelde. A nadie que le interese la historia, más concretamente la de nuestro país, puede obviar leer con detenimiento la obra magna que realizó Barea desde la precariedad del exilio.  La pareja contaba solo con una máquina de escribir y debían turnarse para redactar los manuscritos.

Huyendo de la bota nazi que pisaba París pasaron a Londres, donde sufrieron los bombardeos de la II Guerra Mundial. Ilse trabajó en diversas publicaciones, también como traductora e interprete debido al conocimiento de varios idiomas que tenía.

Barea consiguió trabajo en la BBC, durante la guerra y posteriormente como comentarista en español, hasta que en la noche del 23 al 24 de diciembre de 1953, Barea tuvo un infarto y murió dejando a su compañera de vida en total desolación. Habían complementado sus obras y su vida durante unos años en un pueblecito cercano a Londres,Middle Lodge, colaborando en diversas publicaciones y apoyándose mutuamente como en los inicios de su amor en Telefónica.

Ilse, tuvo siempre una salud muy frágil, acrecentados sus achaques por las estancias en la cárcel y las penurias vividas…además de por los cuarenta cigarrillos que fumaba diariamente, justo la mitad de Barea, que se pulía ochenta cada día. Poco después de la muerte de Barea, Ilse abandona la casita de Middle Lodge y regresa a su país donde siguió trabajando de forma extenuante entre penurias económicas que nunca la abandonaron. Muere después de meses de postración en la cama, el uno de enero de 1973.

El valor, el talento literario que pensamos no fue desarrollado del todo, quizá por el trabajo político que los tiempos y su activismo la reclamaron, merece memoria y revisión.

En el edificio de Telefónica de Madrid se vivieron hechos históricos, dramas personales, amores como el referido ya que durante los tres años que duró la guerra en Madrid, fue refugio y dirección de los poderes republicanos. No hay ni un solo recuerdo en sus paredes, ni una sola mención a la importancia que tuvo ese grandioso edificio que hoy sigue presidiendo con su majestuosidad la Gran Vía madrileña.

En recuerdo de Ilse Kulcsar de Barea, de Arturo Barea, de las víctimas de tanto bombardeo y en honor, también, al edificio se ha realizado esta biografía con más emoción que talento.

María Toca Cañedo.©

*pacos: dícese de francotiradores que disparaban a los ciudadanos de forma clandestinas. El nombre les viene de la guerra del Rif, o como interpretaban los rifeños el sonido de los tiros.

Sobre Maria Toca 1600 artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

4 comentarios

  1. Es muy loable escribir sobre Ilsa Barea-Kulcsar, Ilsa la de la Telefónica, pero sería más loable y de justicia citar también la fuente de dónde saca toda la información

    • Reitero.mi repuesta anterior…Creo que para escribir una pequeña biografía como se hace en https://www.lapajareramagazine.com nos hemos documentado en los libros citados y si lee con atención el artículo verá que no sólo se citan sino que aportamos foto y recomendación. Reiteró, si cree que hay más fuentes, nos lo indica pero fueron los escritos por ambos nuestra documentación.
      Gracias y un saludo

  2. Es muy loable escrbir sobre Ilsa Barea-Kulcsar, Ilsa la de la Telefónica, pero más loable y de justicia sería citar la fuente de la que procede el texto

    • Las fuentes se citan, sobre manera nos documentamos en los libros Telefónica, de Ilse Kulcsar y La Forja de un rebelde, de Arturo Barea. No sólo se citan sino que hay fotografía de ambos.
      De todos modos si registra alguna carencia ,nos lo indica y será incluida al momento.
      Gracias por su lectura

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