Jackie Kennedy y su esposo

Jacqueline Lee Bouvier nace en 1929 en Southampton, Nueva York, en el seno de una acaudalada familia de origen irlandés: clase media alta.
Por entonces, eso significa bienes materiales, recursos, telas, sedas y lacas.
Jackie será una mujer adulta de cabello oscuro, con rasgos marcados, peculiares.
No es exactamente bella, pero sus ojos cautivan.
Tendrá, sí, un porte distinguido, quizá algo envarado. Tras su apostura había algo de indefensión, una ligera debilidad.
Dispondrá de una firme base cultural, de una gran formación, la propia de una graduada en la George Washington University. Será fotógrafa.
Tuvo querencias europeas, un apego por las humanidades. Dominó el francés y el español, la historia y el arte.
Pero durante un tiempo sólo será una mujer resignada: una madre que cuida a sus hijos, esposa atenta, ama de casa que sobrelleva mil y una infidelidades.
Hay una célebre instantánea de 1959 de Mark Shaw para ‘Life’. Ella está en primer plano y su esposo, de prometedor futuro político, está difuminado. La dama mira de forma penetrante, con un punto de tristeza o de desconfianza.
Están rodeados de lujos materiales y de telas nobles en un mirador bien luminoso. El collar que luce Jackie es elegante y discreto; y el vestido, de corte clásico, es rosado, con un escote audaz: a la vez muestra recato y reserva.
Los esposos no se tocan, no se muestran cariño: sencillamente miran a la cámara, sabedores de que son queridos, admirados, odiados.
Hay otra fotografía anterior… Había sido portada de ‘Life’. Es de Hy Peskin. Data del verano de 1953. Ahí la vemos.
Ella está simplemente bella, adorable. La pareja, que se casará al final de aquel estío, está navegando por las aguas de Cape Cod. Sonríen.
Tienen todo el futuro por delante. En esa instantánea al marido le queda por alcanzar su cenit. Le restan sólo diez años por vivir. Pero él no lo sabe.
Punto y aparte.
Una característica frecuente de la fotografía americana de esas fechas es la pose sonriente.
Quienes figuran en las portadas adoptan un talante relajado, un estado que demuestra bienestar, placidez.
Todo lo contrario sucede con los rivales comunistas. Cuando los soviéticos y aliados aparecen en las cubiertas de las revistas de gran tirada suelen dar miedo y su pronto resulta hosco, incluso amenazador.
En cambio, los muchachos, las chicas o las celebrities de ‘Life’ o ‘Time’ lo tienen todo, disponen de recursos y disfrutan de una vida regalada. Trabajan o descansan, pero obtienen beneficios; se esfuerzan o se relajan, pero sacan ventaja.
En el primer borrador de la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776), Thomas Jefferson escribe que todos “reciben derechos inherentes e inalienables, entre los cuales están la preservación de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
Y estas verdades, sostiene Jefferson, se tienen por sagradas y evidentes. Los derechos no se reconocerán para todos, pero el principio queda inscrito en la declaración.
La búsqueda de la felicidad. La felicidad es un concepto característico del Setecientos: de cuando los ilustrados esperaban superar los obstáculos de la especie humana, cuando los iluministas aguardaban un tiempo mejor gracias a la educación, al talento.
En la Ilustración francesa, la felicidad es una meta colectiva y, en parte quimérica.
En la ilustración anglosajona, la felicidad es un objetivo que se proponen los individuos, algo que no pueden impedir las instituciones. Algo noble y no menos quimérico.
La fotografía de Jackie y su esposo, navegando por aguas conocidas, es una metáfora de la vida americana: tras la felicidad que buscan, que muestran y que demuestran, tras la juventud insultante de la pareja, tras esa indumentaria desenfadada, tras el sol que tibia los cuerpos, hay sombras.
La instantánea de dos jóvenes prometedores es una tapadera. Por un lado, podemos ver esa fotografía como el colmo de la felicidad, del bienestar. Por otro, podemos verla como un sombrío presagio.
Pero, según nos enseñó Susan Sontag, no hace falta interpretar o añadir metáfora alguna.
Por esas fechas, hacia 1953, el senador corteja a Jackie, pero ya tienen una vida convulsa, de amores secretos, una vida que es el espejo ideal y fantasioso en el que se mirarán tantos y tantos estadounidenses.
No saben lo que les deparará el porvenir.
Tampoco ahora lo sabemos…
Justo Serna.
Sobre Justo S. Serna 18 artículos
Valenciano de nacimiento Historiador. Profesor Historia Contemporánea Universidad de Valencia Autor de diversos libros de investigación histórica

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