La conjura de los necios

Tranquilos porque no voy a hablar de la famosa novela de Jonh Kennedy Toole. O sí, puede que sí, que de alguna u otra manera, y aunque el tema del que quiero hablar sea el auge de la ultraderecha en España, en realidad vamos a hablar de lo mismo. Al fin y al cabo, el protagonista de la celebrada novela
póstuma de JKO, Ignatius J. Reilly, es un tipo inadaptado y anacrónico que sueña con que el modo de vida medieval, así como su moral, reine de nuevo en el mundo. Otra cosa muy distinta es que el protagonista de la novela sea el principal merecedor o no del calificativo de necio y no todos aquellos
personajes que aparecen en la novela y que se empeñan endemostrarnos con sus actos y opiniones lo absurdo y cruel de la sociedad capitalista en la que los individuos como Reilly simple y llanamente no tienen cabida. En cualquier caso, de lo que no me cabe duda alguna es de que el auge de la ultraderecha, ya sea en España como en cualquier otra parte, está intrínsecamente relacionada con una especie de conjura de la mayoría de aquellos ciudadanos que, como Reilly,
se sienten, si no inadaptados, al menos sí incomprendidos y/o desubicados en una sociedad que no llegan a entender y/o que desprecian porque los valores que parecen imperar resultan incompatibles con aquellos en los que ellos fueron educados, siquiera ya solo porque los pocos que tienen son los que han
recibido de sus mayores y para de contar, e incluso por ser esencialmente básicos y por lo tanto los únicos al alcance de su capacidad cognitiva.

Sin embargo, qué feo es eso de llamar necios a todos aquellos que no
piensan como nosotros, siquiera ya solo públicamente y aunque en nuestro fuero interno no nos quepa duda alguna acerca de la necedad intrínseca de los que defienden determinados postulados porque la mayoría de ellos se dan de bruces con el sentido común. No estamos dispuestos a reconocer públicamente la necedad ajena porque sabemos que eso es pecar de soberbia por nuestra parte, colocarnos sobre un pedestal desde el que observamos y juzgamos a los demás como si alguien que solo podemos ser nosotros mismos,
o algo indefinido, nos hubiera dado derecho a ello por nuestra cara bonita. Al fin y al cabo, nadie es tan arrogante para no darse cuenta de que, de la misma manera que nosotros vemos la necedad en ese prójimo cuyas ideas nos horrorizan, ese prójimo también la puede ver en nosotros por el mismo motivo.
Todos somos el necio de alguien y por eso preferimos pecar de prudentes a la hora de catalogar a los que nos abochornan o irritan con la necedad de sus ideas, no vaya a ser que a ellos les dé también por poner en evidencia la de las nuestras.
De ese modo, y da igual si por simple prudencia o por verdadera honradez intelectual, procuramos analizar con mente fría y hasta método científico los motivos que llevan a determinados individuos a defender ideas que consideramos propias de mentes simples y por lo tanto incapaces de elaborar o asimilar un discurso en el que no impere el prejuicio xenófobo heredado directamente del paleolítico, el chovinismo más vergonzante del que no tiene otra cosa de la que sentirse orgulloso que el hecho completamente fortuito de haber nacido en determinado sitio y no en otro, el machismo como reacción instintiva hacia todo tipo de complejos y fracasos personales, la homofobia como verdadera tara psicológica, el fanatismo religioso en pleno siglo XXI como ejemplo de lo que sería una fosilización en toda regla del buen
juicio por voluntad propia o ajena, el egoísmo como principal motivación para todo y, así en general, todo aquello que tiene que ver en esencia con la cortedad de miras de ciertos individuos. Ese análisis que pretende ser frío y concienzudo nos anima a encontrar las causas que movieron a millones de individuos a apoyar los extremismos del pasado como el nazismo en Alemania, el fascismo en Italia e incluso el comunismo soviético, en razón de la coyuntura
de la época y ya más en concreto de la de cada uno de los países donde triunfaron. Así pues, los motivos por los que los nazis llegaron al poder enAlemania serían, así a grandes rasgos la humillación por la derrota en la I Guerra Mundial y el colapso económico de la República de Weimar. Los individuos que apoyaron a los nazis, que se hicieron nazis, solo lo hicieron,
pobrecicos, inducidos por las duras circunstancias del momento histórico que les tocó vivir. Se trata, pues, de una especie de determinismo que establece que en determinadas circunstancias no queda otra que esperar que una mayoría de individuos se incline por seguir a líderes iluminados que proponen acabar con la democracia para imponer un estado totalitario en el que, por ejemplo y entre otras muchas cosas, una de sus prioridades podría ser el exterminio de la raza judía por considerarla la culpable de todo lo malo en el mundo. Así pues, la divisa de este tipo de pensamiento sería algo así como “no soy yo, son mis circunstancias.” Una forma huidiza e ignominiosa de explicar la necedad ajena por razones que no les atañe a los individuos como tales sino a los tiempos que les ha tocado vivir; nadie es responsable, ya no solo de no haber hecho nada cuando primero vinieron a por los comunistas, luego a por los judíos, más tarde a por los sindicalistas, también a por los católicos y al final a por uno mismo –ya saben, el famoso poema de Martin Niemoller-, sino
tampoco de haberse vestido con una camisa parda, puesto un brazalete con la esvástica y haber levando el brazo en alto para vitorear arrebatado a un tal Hitler mientras berreaba su odio a la humanidad desde su púlpito. Si eso ya más tarde, cuando ya han ganado los aliados y toca desnazificarse por decreto: “¡Cómo nos lavaron el cerebro, qué bien nos ocultaron la verdad, qué inocentes fuimos en manos de unos desalmados…
Y como el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pues parece que en esas volvemos a estar en esta primera mitad del siglo XXI; de nuevo a merced de las legiones de necios conjurados con los desalmados de nuestra época. Solo así se entiende la complacencia de
algunos con esa versión actualizada del fascio del siglo pasado que es VOX entre nosotros, o, si lo prefieren, la puesta a punto del nacional-catolicismo franquista para los tiempos que corren. Son xenófobos, racistas, machistas, homófobos y sobre todo supremacistas rojigualdos, esos para los que todo lo que no se ajuste a su monolítica y sobre todo castellanocéntrica visión de
España simple y llanamente no tiene cabida. Sin embargo, por favor, no insultemos a los honrados ciudadanos que los votan llamándolos necios porque eso es de muy mal gusto y además resulta una lectura demasiado simplista, las cosas siempre tienen una razón de ser y es a eso, a intentar encontrarla para ver si luego también podemos encontrar el remedio, a lo que debemos
entregarnos antes de hacer más méritos con nuestros insultos para que la

gente se reafirme en su necedad. Pero no nos engañemos, porque el que pide respetar a los necios que votan la versión actualizada de fascio español de toda la vida, también pide respetar a los políticos que los representan para llegar a acuerdos de todo tipo, y en especial para gobernar con ellos. A fin de cuentas, todos somos respetables independientemente de las ideas de cada cual. Vamos, que no hay ideas necias, nocivas, nazis, sino simple y llanamente disparidad de opiniones. De ese modo, como no podemos denunciar la necedad de ciertas ideas porque eso sería pecar de prepotentes, no queda otra que aceptarlas todas en igualdad de condiciones, es decir, poniendo a la misma altura a los que defienden los derechos humanos y a los que las denigran o combaten.

Ese es estado de las cosas ideal para que las versiones actualizadas de los fascismos de todo tipo y condición, desde Polonia hasta España pasando por la Hungría de Orbán o la Italia de Salvini, germinen tranquilamente a la espera del momento propicio para reunir a todos los necios bajo su bandera.
Porque como todo es respetable ya no se puede criticar al obrero de la periferia madrileña por haber votado a Isabel Díaz Ayuso con la escusa de que si no lo hacía le iban a cerrar el bar donde lo explotan a cambio de un sueldo de mierda, y eso a sabiendas también de que al hacerlo los servicios sociales de
los que todavía disfruta, a destacar el ambulatorio y el colegio público al que lleva a sus críos, cada vez iban a estar más desabastecidos porque la verdadera bandera de la presidenta, no es tanto la rojigualda con la que arranca emociones patrióticas al respetable a cuenta de la perfidia innata de los enemigos de España como los rojos y separatistas, vascos y catalanes, como la del liberalismo castizo que establece que lo público solo tiene razón de ser si es para hacer negocio, a ser posible la casta de aprobetxategis que revolotean como buitres alrededor de los cargos políticos de medio pelo al estilo de los
agiotistas de las famosas mascarillas y por el estilo.

No, ni se te ocurra decir que no hay nada más necio que votar contra tus
propios intereses. Y no me refiero a unos supuestos intereses de clase, pues, a fin de cuentas una cosa son las convicciones de cada cual como resultado de su manera de ver la vida y otra la clase que te ha tocado en suerte y con la que no tienes por qué estar conforme. Me refiero a intereses mucho más tangibles, concretos, en general todo aquello que afecta al día a día de las personas y que en nuestras sociedades occidentales tienen que ver en su mayoría con la gestión del estado de bienestar que disfrutamos independientemente de cómo sea este, si de mínimos como los que conocemos en España, o como los que disfrutan los países escandinavos y que desde hace ya tiempo dicen que corren el riesgo de morir de éxito. Una gestión que puede estar en manos de políticos de derechas o de izquierdas según toque en cada momento, cada cual interpretándolo a su manera en función de lo que decidan hacer con el dinero de los ciudadanos; pero, que por lo general no lo cuestionan como tal. El liberalismo castizo sí lo hace, tanto el de Isabel Díaz Ayuso como el que
pregona VOX en su programa, dado que por algo cuesta tanto distinguir a la una de los otros. Algo de lo que, pese a la militancia de la presidenta madrileña en un partido que se dice por principio de centroderecha y por ello de la familia de los populares europeos como el partido de la que ha sido hasta hace poco la canciller alemana, Angela Merkel, no nos deberíamos sorprender mucho si reparamos en las referencias ideológicas que ha tenido IDA cuando era joven, una falangista por convicción y tradición familiar que, según sus propias palabras, se pasó al PP en cuanto descubrió que el liberalismo era lo que mejor le convenía a ella y a los suyos para hacer negocio con el capitalismo que tanto detestaban los de la camisa azul. Pero claro, una cosa es asimilar como artículos de fe los principios de Milton Friedman y Friederich Hayek porque vienen ni que pintados para justificar el tipo de sociedad ideal en la que IDA se siente cómoda y a la que aspira, y otra muy distinta no poder evitar seguir llevando a José Antonio en el corazón porque, al fin y al cabo, es lo que ha mamado desde pequeña en casa, que no todo el mundo ha tenido un alto cargo de la Falange durante el franquismo como el abuelo, y eso por mucho
que diga ella que en su casa nunca se hablaba de política… Una dicotomía que asoma en lo poco liberales que parecen algunas medidas de la presidenta madrileña, como la censura de todos los libros de texto que incluyan cosas en conflicto con su ideario político. Eso o su curiosa concepción de España al más
genuino estilo del nacionalcatolicismo español de su abuelo, perdón, de losfalangistas de toda la vida. Un nacionalismo español que le lleva a declarar que lo peor de España son Cataluña, País Vasco, Navarra y Valencia, es decir, las comunidades con una identidad diferencia más acusada de la estrictamente castellana y regidos por partidos nacionalistas a solas o en coalición con el
PSOE –aquí es de suponer que la Galicia del PP sería un territorio
debidamente adocenado y poco más-.

En cambio, el liberalismo castizo o rojigualdo de IDA y VOX no puede tener un objetivo más claro: justificar el desmantelamiento del estado de bienestar con la excusa de que su mantenimiento supone extraer el dinero de los ciudadanos, dinero con el que ellos podrían sufragarse la sanidad o la educación de sus hijos y así de paso revitalizar el sector privado. Un axioma tan atractivo para aquellos que llevados por su egoísmo pueden permitírselo en
función de su renta, como pernicioso para los que se ven obligados a hacer malabarismos con sus sueldos. Sin embargo, un axioma que cala entre buena parte de los asalariados, y qué decir de los autónomos siempre con la soga al cuello, que votan a IDA o a VOX, y cuya principal razón de ser, por mucha sociología que se le quiera echar al asunto, no puede ser otra que la necedad innata de los que votan contra sus propios intereses da igual si por ignorancia o por despecho hacia los partidos de izquierdas a los que reprochan haberles traicionado. Y eso aunque, para traiciones, la de IDA con los taxistas de Madrid tras erigirse en su abanderada. Otros que no se habían parado a pensar en qué consistía de verdad el liberalismo castizo de la presidenta de la capital de España, que pensaron que lo de la libertad que pregona ella tenía que ver con salvaguardar sus derechos gremiales adquiridos tras previo y caro pago, y no lo de abrir su sector a la competencia de las VTC (vehículos de turismo con conductor) por mucho que la paladina del pueblo madrileño trabajador asegure luego que: «Nos vienen con las mismas pancartas y las mismas monsergas intentando echarnos enfrente (sic) al sector del taxi, un sector con el que
estamos altamente comprometidos y con el que estamos dialogando todos los días”. Claro que para liberalismo castizo del bueno, ayusismo en vena, nada como lo de las becas para que las familias pudientes puedan matricular a sus vástagos en los colegios de pago. Un dinero que, por supuesto, la Comunidad de Madrid hurta de las becas para los hijos de las clases trabajadoras, porque
a ver qué es eso de que estudie todo el mundo: ¿socio-comunismo? Todavía estoy esperando a que los votantes de Ayuso que le dieron la victoria en los barrios obreros de Madrid nos expliquen por qué siguen voceando lo guapa y lista que es su presidenta a pesar de todo lo que hace, ya no solo para
perjudicarles económicamente, sino incluso para reírse a la cara de todos ellos.

Con todo, insisto, ni se nos ocurra llamar necios a los currelas que
jaleaban a Macarena Olona en un vídeo contra las dirigentes de Podemos, Irene Montero e Ione Belarra. Como mucho podríamos hacerlo por la grosería que demuestran al hacer alusiones de mal gusto acerca de los atributos físicos de las dirigentes de Podemos; pero, no les neguemos el derecho a apoyar a un partido cuyos dirigentes, como la propia Olona en su condición de abogada del Estado, son en su inmensa mayoría miembros de las elites españolas dirigentes o económicas, y que lo primero que harían al llegar al poder sería abolir la recién reforma laboral que, como poco, intenta poner coto a la precariedad y temporalidad del empleo. No, no tenemos derecho a llamar necios a los que votarían a gente cuyo principal objetivo una vez en el poder sería acabar con los derechos de los trabajadores, las libertades de la mayoría de los ciudadanos, o las leyes que protegen a las minorías y a los menos favorecidos, así como las que garantizan el autogobierno de las nacionalidades y regiones de España, porque, insisto, eso es muy feo, muy de gente prepotente que cree que lo único que vale es lo que ella piensa y además demuestra una falta de empatía absoluta para con todo aquel que no es como
ella.

Por esa razón me resistiré a llamar, siquiera solo en público, necios a
todos los que votan a opciones de ultraderecha como VOX o Isabel Díaz
Ayuso. Y lo haré aunque me esté acordando todo el rato del vecino de mi
bloque, un Ignatius J. Reilly hispano, muy hispano él y olé, sin oficio ni
beneficio, acomplejado física e intelectualmente, alguien que se queja
constantemente de no encontrar trabajo por culpa de los inmigrantes, que los acusa del aumento de la delincuencia a pesar de que la policía ya ha pasado varias veces por su casa preguntando por no sé qué hurtos, incapaz de echarse una novia porque según él todas son unas putas que se van con el primer latino con musculitos, alguien que no ha leído un libro en su vida y que, por lo tanto, desprecia todo lo que tenga que ver con la cultura en la convicción
de que solo sirve para que algunos se den el pisto a cuenta de los tipos sencillos como él, un bocazas que cuando le preguntas qué tal le va enseguida te responde que mal por culpa de los políticos que son todos unos chorizos sin excepción, al cual, sorpresas te da la vida que de sorpresa no tienen nada, me
lo encontré repartiendo propaganda de VOX durante las pasadas elecciones en el portal de casa. ¿Un necio de manual? No hombre, no, los necios somos todos los demás por pensar que el fascismo que viene no será igual de dañino y criminal, un fascismo light del siglo XXI o por el estilo, que el que ya hubo a
principios del XX porque los necios de ahora son menos de lo que lo fueron nuestros abuelos.

Txema Arinas
Oviedo, 03/06/2022

Sobre Txema Arinas 19 artículos
Escritor español (Vitoria-Gasteiz, 1969). Reside en Oviedo. Licenciado en historia y geografía por la Universidad del País Vasco. Ha vivido en Francia, Irlanda y Venezuela, y aprendió varios idiomas. En los últimos años ha trabajado como profesor de secundaria y además ha desempeñado diversos cargos en la empresa privada. Ha publicado las novelas Los años infames (2007), Gaitajolea (2007), Anochecer en Lisboa (2008), Euskara Galdatan (2008), Maldan Behera Doa Aguro Nire Bihotz Biluzia (2009), Zoko Berri (2009), El sitio (2009), Azoka (2011), Borreroak baditu hamaika aurpegi (2011), Muerte entre las viñas (2012), Como los asnos bajo la carga (2013), En el país de los listos (2015), Testamento de un impostor (2017), Historias de la Almendra (2018) y Los tres nudos (2019), y los ensayos Sabino Arana o la identidad pervertida (2008) y El imposible perdido (2012). Ha colaborado como articulista en el periódico Berria, las revistas Grand Place y Hegats, las revistas digitales Solo Novela Negra y Zubyah, de la asociación cultural Punica Granatum.

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