LA IDENTIDAD ESPAÑOLA (1)

Vamos a ver si nos entendemos…
En las sociedades primitivas, la gente se dividía en hombres y mujeres, nobles y plebeyos, cristianos y musulmanes. Existía la identidad territorial española, pero sin adquirir el sentido de nación que hoy conocemos. ¿Qué era, entonces, España? La denominación más antigua para designar el territorio de iberos y celtas fue el vocablo griego “Iberia”, a la que seguiría el romano “Hispania”, sin que en ninguno de los dos casos correspondiera a una nación, sino al espacio geográfico peninsular que englobaba también al actual Portugal. La España romana nunca existió, sino en todo caso, varias provincias – la Tarraconense, la Gallaecia, la Cartaginense, la Lusitania, la Bética, la Mauritania Tingitana, en el norte de África, y la posterior de la Baleárica –, que formaban una extensa Hispania habitada por una serie de tribus que opusieron resistencia a los romanos cuando se sentían hostigados por éstos. Si a Viriato le hubieran preguntado si luchaba por España, ni siquiera hubiera entendido la pregunta, pues él sólo conocía unos cuantos valles y comarcas de su entorno lusitano, pero desconocía el conjunto peninsular y mucho menos su concepto político. Fue la historiografía del siglo XIX la que proyectó hacia atrás las realidades de su tiempo, e intentó encajarlas en épocas remotas para poder explicar así que su ideología venía de mucho tiempo atrás, que era muy antigua. De hecho, los nacionalismos periféricos, surgidos de culturas no reconocidas oficialmente por los Estados, han seguido el ejemplo de sus antecesores para justificar que su existencia es poco menos que eterna.
¿Cuándo se comienza, entonces, a hablar de identidad española (no de nación española aún)? Puede afirmarse que con la llegada de los griegos, allá por el siglo IX antes de Cristo, cuando ya habían dejado su impronta en la historia de la humanidad importantes civilizaciones, como la india, china, persa o babilonia, sin que encontremos en sus vestigios la menor referencia a nuestra península bajo cualquier denominación, a pesar de su estratégica situación en el mismo borde occidental. Aquí desembarcarán sucesivamente fenicios, griegos y cartagineses para establecer sus colonias a medida que se van haciendo con el Mediterráneo. Pero la península no entrará en contacto con una civilización “central” hasta la llegada de los romanos, atraídos por nuestro Finisterre, o fin de la Tierra, lo que suponía también un lugar de misterio, aventuras y exotismo, incluido en el extremo de su imperio. La península fue así romanizada, cubriéndose de ciudades, carreteras, acueductos y puentes, utilizando el latín como lengua común unificadora del territorio.
Ahora bien, las visiones de los nacionalismos son tan deformadoras que se han alejado de esta realidad. El nacionalismo español, en concreto, se ha basado en el mito de la independencia de España y la belicosidad de los españoles contra cualquiera que ha intentado dominarles. Los libros de Historia estudiados en el siglo XIX dedicaban todas sus páginas a describir las luchas de los “españoles” contra toda dominación – Sagunto contra los cartagineses, o Viriato y Numancia contra los romanos, llegando los habitante de ambas ciudades a arrojarse por voluntad propia a las correspondientes hogueras para no morir en manos enemigas, lo que no ha sido jamás probado ,para en unas cuantas líneas posteriores pasar de largo sobre los cinco o seis siglos fundamentales en nuestra Historia. A pesar de ser éstas las centurias de mayor paz del país, se dio siempre más importancia a los episodios bélicos, pues se pretendía demostrar que los “españoles” eran, por encima de todo, amantes de su independencia y fieros luchadores por su libertad. Es palpable la herencia recibida por el nacionalismo vasco de los mitos del español.
Con la conclusión del imperio romano y la llegada de los visigodos queda establecida, según la visión nacionalista, la unidad política peninsular, olvidándose de Portugal, por supuesto. Esta unidad se complementa con la conversión al catolicismo. A su llegada a España, los visigodos eran cristianos arrianos, herejes por lo tanto, hasta que en tiempos de Recaredo decidieron convertirse al catolicismo, lo que dio pie para la tesis de la fundación de la identidad y la unidad nacional. En la Plaza de Oriente madrileña, frente al Palacio Real, se erigen las estatuas de los reyes visigodos, ocupando Ataulfo la cabecera como primer rey de España, quien no fue sino un guerrero que recorrió Portugal y la península itálica, para entrar por los Pirineos y morir en Barcelona dos meses después. Nunca llegó a dominar más de un 10% del territorio peninsular, por lo que otorgarle la primacía de los reyes españoles es una manifiesta exageración.

Bien es cierto que cuando Recaredo se convirtió al catolicismo, el gobierno comenzó a regirse por los concilios eclesiásticos, delegando en los obispos decisiones políticas fundamentales, como la elección del rey, fuente hasta entonces de constantes conflictos internos. A lo largo de una serie de cruentas guerras civiles, alguno de los bandos contó con aliados exteriores, como los musulmanes, que a comienzos del siglo VIII cruzaron a la península y, tras una pequeña batalla con las tropas del último rey visigodo, don Rodrigo, se apoderaron de todo el territorio sin problemas. Los musulmanes de aquella primera etapa eran bastante tolerantes, pues permitían que los cristianos pudieran seguir practicando su culto, e incluso reunir concilios y elegir a sus obispos; mantener, en definitiva, una organización cristiana. Bien es cierto que a los propios musulmanes les convenía esta situación, pues si estos cristianos se convertían al Islam, pagaban menos impuestos, así que preferían que no lo hicieran. De hecho, cuando cambió esta situación, también lo hizo su tolerancia.

Madrid, Spain – february 26, 2017: Sculpture of Ataulf King at Plaza de Oriente, Madrid. He was king of the Visigoths from 411 to 415. Sculpted by Felipe de Castro
Los primeros 300 años de dominio musulmán (entre el año 700 y el 1000) fueron relativamente pacíficos y de gran esplendor cultural, sobre todo en la época de los califatos cordobeses y los Abderramanes, especialmente el tercero. Este monarca gobernó durante 60 años sobre el 85% de la península, y sin embargo, no tiene dedicada una estatua en la Plaza de Oriente porque no fue rey de España. Evidentemente, no es así considerado porque no era cristiano. ¡Paradojas del nacionalismo…! A él no se le puede considerar “español”, mientras que al citado Ataulfo sí.
EUSEBIO LUCÍA OLMOS
Sobre Eusebio Lucía Olmos 11 artículos
EUSEBIO LUCÍA OLMOS es graduado social y diplomado en Relaciones Laborales, profesión a la que ha dedicado toda su vida, tanto en entidades públicas como en empresas privadas. Su aproximación académica a las ciencias sociales y humanidades le acercó al estudio del movimiento obrero en nuestro país, así como a la importante contribución de éste a la historia nacional. Esta dedicación ha tenido también su correspondiente proyección literaria, con intención de acercar al gran público hasta una serie de importantes e interesantes hechos históricos. Hasta el momento ha publicado múltiples relatos y artículos en diversos medios, el capítulo sexto de la Historia del Socialismo Español (1989-2000), que inició el profesor Tuñón de Lara, y una novela larga (“Cosas veredes”, Endymión, 2009), sobre la huelga general revolucionaria de 1917.

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