LA OTRA CARMELA

Para escribir una biografía hay que prescindir del frenesí. Tengo una amiga sin frenesí que empieza todas las novelas por el final, y luego las va leyendo hacia atrás, hasta que al llegar al comienzo descubre el camino seguido por el escritor. Dice que le da más tranquilidad. Se admiten apuestas sobre quién es más raro, si ella o servidor. Aunque los amos de la astucia somos mi prima Tere y yo, dos sordos que se oyen muy bien, hay que admitir con cariño la biodiversidad a la hora de escribir y a la hora de leer.
Los libros que no se pueden escribir por el final son las biografías, lo mismo que se recomienda evitar los zureos. En asunto de biografías ricas pero de formalidad más ascética en los pórticos, nadie como José Luis Ferris.
Ferris es un escritor múltiplo de sí mismo, por eso es tan abundante. Es el poeta más azoriniano que se puede encontrar. Su condición de mejor biógrafo puede apabullar y reducir el concepto que se tenga de él. Yo ahí no caigo en la tentación ni me dejo. Siempre le pienso en toda su amplitud.
Con Carmen Conde lo vuelve a hacer. Digo que sigo el curso de mis lecturas y relecturas. Y que lo mismo que escribió Orihuela, dibuja Cartagena, esa rebelión murciana. Antes de llegar a la seducción de Carmen Conde, dan ganas de recrearse en el paraíso de una población con puerto de mar que Ferris nos enseña del derecho y del revés. Para eso él tiene la destreza de un matanchín. Y, aunque un poco más leve, le pasa a aquella Melilla cuando cae en sus manos.
Para escribir una biografía -sea de Miguel, de Carmen, de María Teresa, de Maruja, o de San Serenín (un santo que no le caía bien a Miguel)- hay que pensar que no existen mundos abstractos, y empezar por el paisaje físico y humano donde todo sucedió o va a suceder.
Después del introito necesario llega una Carmen Conde apasionante y necesaria. Pasa siempre con Ferris, que una vez camelado por la curiosidad, te mete en tu casa al personaje. Y ya te puedes dar por muerto feliz. Nadie como él para engatusar.
Yo, que empecé en el oficio hace 63 años, he escrito decenas de biografías. Todas muy resultonas, a lo mejor es que aprendían palmito de lunes a viernes y luego se vendían en domingo. No digo sus residuos económicos para que no me tomen manía.
De esto ha pasado mucho tiempo, probablemente todo el tiempo. Y con la última intentona (un gatillazo) he descubierto que soy hijo de Goytisolo. No me crucifiquen ustedes, si les pasó a Di Stéfano y a Kubala en el Español donde fueron a morir ¿ cómo voy a estar yo libre de pecado?
Tampoco me azogo, ahora mismo me conformo, como Carmela, con que no se salga el mar. Porque la vida sigue y resiste, como confirma la historia: un año antes de acabar la primera guerra mundial se inventó el TEBEO, y en plena guerra civil española nació MARCA. Y es que los viejos plumillas estamos hechos a prueba de bombas. Aunque ahora ya sean de humo.
Valentín Martín
Sobre Valentin Martín 53 artículos
Valentín Martín estudió Magisterio y Humanidades en Salamanca y Periodismo en Madrid. Ejerció la enseñanza dos años y el resto vivió de escribir. Ha escrito 25 libros. El número 26 es un poemario llamado Santa Inés para volver (Versos de la memoria), que recoge la historia de sensibilidades de su pueblo. Periodista, escritor y poeta, ha publicado en la última década libros de relatos como La vida recobrada o Avispas y cromosomas; el ensayo Los motivos de Ultraversal y los poemarios Para olvidar los olvidos, Poemario inútil, Los desvanes favoritos, Memoria del hermano amor, Estoy robando aire al viento, Suicidios para Andrea y Mixtura de Andrea. A caballo entre los años 60 y 70, escribió dos poemarios y dos ensayos: Veinte poetas palestinos y El periodismo de Azorín durante la Segunda República, inicio de un largo trabajo dedicado a la literatura. En Lastura ha publicado en diciembre de 2017 el libro de crónicas y relatos Vermut y leche de teta.

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