OTRA MANERA DE SER GALLEGO

La primera clase que tuve yo en la carrera de periodismo fue de cine. Entonces había una asignatura de cine, crítica de cine, historia del cine y esas cosas. Apasionante. Y apasionante resultaba la mañana en manos de aquel joven profesor que irrumpía en el aula y sin saludar se subía a la tarima y hablaba de películas, directores, universos cinematográficos que yo -aún acudiendo al cine todas las semanas desde los 4 años y siendo guardián de un cineclub prohibido- jamás había oído. Aquella mañana que nos regalaba el joven profesor justificaba el viaje a Madrid adonde me empujó una señorita muy morena, muy serrana, muy decidida, muy joven, y muy apasionada por el lenguaje de los sordos. Yo creo que en todas las vidas de un escritor hay siempre una Amparitxu, aunque algunos no lo sepan.
Eran tiempos en que había que tener un título para cada cosa.
– Tú sácate un título, tienes que tener un título aunque sea de maestro de escuela que es el más barato.
Y el caso es que yo pude ser maestro de escuela de mi pueblo. Los hijos de colonos como yo teníamos preferencia a la hora de elegir destino. Y aquel destino suponía mil pesetas de sueldo más, una casa en la plaza, y un huerto con un peral. Maestro de mi pueblo y casado luego con una pantalonera (es un suponer) muy joven y muy guapa que me dijera cuando íbamos paseando hasta el bar de Alberta: tú a lo mejor te imaginas que yo por mis años me voy a cansar y en el cariño serrano yo me considero de tu misma edad (porque la esposa me llamaría serrano en la intimidad, como hacían todas las esposas en celo). Pero renuncié e hice caso a la mocita hija de un falangista. ¿Será que yo no quería a mi madre?
Cuando la puerta de la clase se abrió y entró Luis Gómez Mesa, el apócrifo abandonó la tarima y salió por la puerta con el sigilo de un gato. Luis Gómez Mesa musitó:
– Ya pagaron ustedes la novatada. Pero tampoco se apuren, este es sólo de segundo curso.
Y fue entonces cuando yo empecé a admirar al joven de la barba rala y los bigotes chorreando como dos columnas por cada lado de la boca. Un individuo que es capaz de volver a inventar el cine en 10 minutos de clase tiene que ser muy grande. Porque todos los directores y películas -y su mundo paralelo- sólo existían en su fantasía torrencial.
Mira por donde, la vida nos juntó luego en la profesión. En un periódico y en un grupo editorial donde yo dirigí una revista porque él impuso su criterio:
– No busquéis fuera lo que ya tenéis dentro.
Tanto por el periódico como por el grupo editorial desfilaron grandes escritores. Fue amigo de todos, pero más de Paco Umbral que cuando le leyó su primer libro (Animales sagrados) no dudó en escribir:
-Las mejores entrevistas humanas.
Tardamos en vernos, cada uno enviscado en el raro oficio de escribir. Creo que la última vez fue la mañana del 23 de marzo de 1992 cuando junto a un batallón de periodistas inauguramos el AVE. No es cierta la fecha del 21 de abril como pistoletazo de salida de la alta velocidad española en la que el AVE conducido por Alfredo Durán llegó a Sevilla. Ese privilegio lo tuvimos un mes antes cuando Julio de Benito convenció a Borrell de que mejor periodistas que políticos. Porque son los periodistas los que escriben la historia en tiempo real. En aquel viaje, el apócrifo joven profesor de cine y yo fuimos felices.
No tardó mucho en entregarse de lleno a la literatura. En realidad él estaba destinado a la prestidigitación, capaz de convencer al anciano Benedicto que sólo conoció un amor en su vida -el Real Madrid– de que estaba hablando con don Santiago Bernabéu en persona y no con un humorista gallego que escribía como Dios.
Me parece que ahora nos vamos poniendo viejos. Y como la ancianidad tiene mucho vicio, mi consejo para ustedes es pasar de Paul Preston, Gibson, Hugh Thomas, Raymond Carr, y por supuesto de Sanley G. Payne ese propagandista de Franco con vocación tardía. Si quieren conocer la verdadera historia de este país con sus rutinas, ahí están los libros Animales sagrados, El logaritmo binario de la esposa de don Nicomedes, No te lo pongas, no se lo pongas, Al paso alegre de la paz, Gris marengo, Mi mamá me mima, La española cuando besa, La Sección Femenina, Flechas y Pelayos, He aquí la esclava del señor, El sexto, no fornicar, y En el nombre de Franco, del Hijo y del Espíritu Santo. Es parte de la obra de Luis Otero Quintas, un escritor que no es producto de Facebook sino de cuando se vivía de escribir y escribir era solamente una pasión.
Valentín Martín.
Sobre Valentin Martín 42 artículos
Valentín Martín estudió Magisterio y Humanidades en Salamanca y Periodismo en Madrid. Ejerció la enseñanza dos años y el resto vivió de escribir. Ha escrito 25 libros. El número 26 es un poemario llamado Santa Inés para volver (Versos de la memoria), que recoge la historia de sensibilidades de su pueblo. Periodista, escritor y poeta, ha publicado en la última década libros de relatos como La vida recobrada o Avispas y cromosomas; el ensayo Los motivos de Ultraversal y los poemarios Para olvidar los olvidos, Poemario inútil, Los desvanes favoritos, Memoria del hermano amor, Estoy robando aire al viento, Suicidios para Andrea y Mixtura de Andrea. A caballo entre los años 60 y 70, escribió dos poemarios y dos ensayos: Veinte poetas palestinos y El periodismo de Azorín durante la Segunda República, inicio de un largo trabajo dedicado a la literatura. En Lastura ha publicado en diciembre de 2017 el libro de crónicas y relatos Vermut y leche de teta.

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