UCRANIA, PERPLEJIDADES E IMPOTENCIAS

Como mero espectador a este lado de la pantalla me debato entre la perplejidad y la impotencia. Me resulta imposible no sentir un desprecio absoluto hacia los «siniestros» de entre nosotros empeñados en justificar la invasión de Ucrania aludiendo a que si los EE.UU hicieron otro tanto en Irak, o bombardeando Serbia, Libia, Siria, etc., por qué Putin no va a poder hacer lo mismo, se entiende que dando por buenos sus argumentos imperialistas, a destacar ese que niega la existencia de la nación ucraniana porque es un puro invento -¿suena o no suena mucho a ese otro del nacionalismo de estado español respecto a sus nacionalidades periféricas?- y obviando siempre, pero siempre, el hecho de que una mayoría de ucranianos votó en referendo a favor de la independencia de su país tras el colapso de la URSS.  Siniestros entre los que destaco, por su inmensa incongruencia al alinearse con el nacionalismo imperial ruso contra la voluntad del pueblo ucraniano, la cual, recordemos, no es otra que el deseo de acercarse a Occidente para huir del primo abusón ruso y, sobre todo, de ese concepto postsoviético de la sociedad en la que las libertades individuales siguen siendo una pamema porque la democracia es una mera formalidad a mayor gloria del déspota de turno y los oligarcas que lo mantienen, a muchos, demasiados, nacionalistas de la periferia española, los cuales, llevados por ese izquierdismo primario para el que todo lo que venga de EE.UU es malo por principio y todo aquel que le planta cara digno de encomio. Pura esquizofrenia la de estos siniestros de la periferia ibérica que los lleva a coincidir con aquello que más odian, la ultraderecha europea en general, y, en lo que viene a ser una sangrante paradoja, con la española en particular, en su admiración hacia un tirano de manual como Putin.

Lo dicho, perplejo e impotente ante la reticencia de tanto siniestro personaje de entre nosotros a reconocer lo obvio: Rusia ha declarado la guerra total, ni siquiera esa otra local que se preveía en la región del Donbass como respuesta a la petición de ayuda de los rebeldes pro rusos en su guerra contra Kiev, a un estado vecino sin previa provocación, como mucho utilizando el conflicto antes citado como mera excusa para una operación a gran escala cuya verdadera razón de ser parece tener mucho más que ver con el deseo de Putin de reconfigurar el mapa de Europa, y en especial las claves geoestratégicas del futuro, a su antojo. Tanto que, siquiera ya como mero espectador al que me refería al principio, me resulta imposible no caer en la tentación de trazar peligrosos paralelismos históricos cuando veo a los ucranianos resistir con heroísmo la acometida del gigantesco ejército ruso como hicieron los españoles del XIX contra la de la Grande Armée napoleónica. Imposible no simpatizar con los ucranianos que, contra todas las previsiones, han parado el primer embate ruso en Kiev como hizo el pueblo madrileño en el 36 contra el diez veces, o cuantas veces fuera, superior ejército de Franco. En resumen, imposible no hacer nada de lo anterior cuando de lo que de verdad se trata, por mucha monserga que se le eche al asunto por parte del experto de turno, es de la enésima lucha de  David contra Goliat.

 

Por eso también no puedo evitar sentir un desprecio sin límites ante el pacifismo cobarde y cómplice de Izquierda Unida cuando para protestar contra la invasión rusa acompaña a sus pancartas con un «OTAN no» como en la manifestación contra la guerra de Ucrania de hace apenas unos días en la Puerta del Sol de Madrid. ¿No a la OTAN por lo de Ucrania? ¿Quién es ahora el agresor, quién ha engañado durante meses al resto de mundo acerca de sus verdaderas intenciones, quién ha decidido cercenar vidas y destruir el presente y el futuro de un país de más de cuarenta y cuatro millones de personas? ¿Estamos a setas o a Rolex? Que se lo digan a los suecos y finlandeses recientemente amenazados por Putin después de décadas de cultivar una prudente neutralidad en el seno de la Unión Europea para nada, a todos los naturales de los países del antiguo bloque soviético que Putin considera meras piezas de su ajedrez. Leo y oigo a los siniestros hacer suyo el argumento de Putin de que la ampliación de la OTAN a estados del antiguo bloque soviético como Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, incluso a otros que lo fueron de la antigua URSS como los países bálticos, y me pregunto por qué obvian el hecho de que la OTAN en ningún momento les puso una pistola en la cabeza para que se unieran a ella, que lo propusieron ellos incluso antes de que la organización militar hiciera amago alguno de pedírselo y por las mismas razones por las que lo ha hecho insistentemente Ucrania en los últimos años: para alejarse definitivamente de la órbita rusa que para ellos supone siempre un peligro. ¿Acaso hay que recordar las invasiones soviéticas de la antigua Checoslovaquia y Hungría para evitar precisamente que dichos países se alejaran de la órbita soviética? ¿Acaso la actual invasión de Ucrania por parte del ejército ruso no presenta todas las trazas de aquellas otras dos invasiones bajo el pabellón soviético? Se trata o no se trata de la confirmación de que tenía razón el pueblo ucraniano, siquiera el que eligió por mayoría un gobierno contrario a los intereses rusos tras la llamada Revolución Naranja de Maidán, y por muy preocupantes que fueran las fanfarronadas neonazis de un sector siempre minoritario, cuando temía que el régimen ruso hiciera todo lo posible para impedir un acercamiento de Ucrania a Europa. Por eso creo que tiene razón el presidente Zelenski cuando afirma ante el parlamento europeo en pleno, que Rusia les ha atacado por querer ser uno más de nosotros, siquiera ya solo por aspirar a compartir los mismos valores de democracia y progreso que compartimos todos los europeos y a los que, por supuesto, podemos y debemos poner todas la pegas que hagan falta, al menos desde una perspectiva de izquierda siempre alerta para criticar y combatir aquellas políticas de la UE contra la igualdad de oportunidades y el respeto a las libertades individuales y los derechos humanos que tan a menudo son cuestionados y/o arrinconados por  la lógica despiadada del liberalismo económico al que la UE se entrega en demasiadas ocasiones.

Sin embargo, los más siniestros de entre nosotros cuestionan el derecho de los ucranianos a quitarse de encima el peso del yugo ruso que individuos como Putin, desde una perspectiva ultranacionalista para la que Ucrania simple y llanamente no existe como nación, sino que incluso es la cuna de esa otra rusa en lo que no deja de ser la enésima mistificación historicista para alimentar el credo nacionalista de cada cual, a la par que por mera conveniencia geoestratégica, consideran indisoluble. Pero, por lo menos dudan antes de sumarse sin titubeos al carro del argumentario ruso. Ni más ni menos que lo que hizo hace unos días Podemos criticando el envío de ayuda militar a los ucranianos, al pueblo que sufre y resiste el ataque imperialista ruso, poniéndose a la altura de las democracias liberales que negaron ese mismo apoyo a la República española en el 36 ante el ataque de los militares golpistas de Franco con el argumento de que era «un asunto interno español» y por miedo al fantasma del comunismo. Suerte que Podemos ya ha rectificado y acepta el envío de ayuda a Ucrania por parte del gobierno español, siquiera ya solo, y de momento, humanitaria, lo cual me hace sospechar que el debate en el seno de Podemos ha debido ser uno más entre los más fieles a la ortodoxia de la siniestra más siniestra y esos otros del pragmatismo democrático, es decir, entre el apego dogmático a las viejas consignas izquierdistas del pasado y la evidencia de que más allá de una socialdemocracia puesta a punto solo existe el precipicio electoral.

 

       Pues eso, perplejidad e impotencia a raudales que aumenta día tras día y que hacen que aumente también mi antipatía hacia esa siniestra izquierda siempre dispuesta a ponerse del lado de los tiranos, como hicieron muchos en el pasado con Jomeini, Gadafí, Sadam Hussein, y todavía hacen en el presente con Maduro, los herederos de Castro o esa broma de la Historia que es Ortega, el sandinista reconvertido en la versión contemporánea de Somoza, con tal de tirar piedras contra su propio tejado, es decir contra las democracias liberales en las que, a pesar de todas sus carencias y contradicciones todavía se permite la crítica al contrario de lo que ocurre en la Rusia de Putin, en la convicción de que dichas democracias, insisto en que con todo lo bueno y malo de estas, merecen ser destruidas en beneficio de la enésima de esas utopías para alcanzar la sociedad ideal, paradisíaca, en la que no existirán la pobreza y las desigualdades, las cuales, sin embargo, cuando se pusieron en práctica, acabaron siempre en pesadillas tal y como nos lo demuestra la Historia del pasado siglo XX. Siniestros a los que les cuesta aceptar la cruda realidad de que las contradicciones son parte inherente de la condición humana y de ahí la necesidad de superarlas procurando saber elegir siempre entre el mal menor para unos pocos y el bien más grande para el mayor número de individuos posible. Algunas contradicciones tan flagrantes como la de que sea precisamente la OTAN, la cual ha invadido y bombardeado países en defensa de los intereses estratégicos y económicos de EE.UU y sus aliados al mismo tiempo que enarbolaba hipócritamente la bandera de la libertad,  la misma que pone y quita tiranos a lo largo y ancho del mundo en lo que es un claro ejemplo de pos-colonización indirecta, siendo el Egipto de hoy en día al mando de ese nuevo Mubarak llamado Abdelfatah El-Sisi el ejemplo más triste de todos, la única organización militar que puede protegernos de la amenaza de un personaje verdaderamente siniestro e imprevisible como Putin, un auténtico sociópata con misiles nucleares para el que la vida humana y cualquier valor alrededor de esta son siempre pejigueras, ni siquiera obstáculos, a la hora de dar forma a sus delirios imperiales. Es triste, por supuesto que lo es, la evidencia de que hemos llegado a principios del siglo XXI como si todavía no hubiéramos dejado atrás el XX con todo su horror a cuesta. Creíamos que el mundo era mucho mejor, siquiera más seguro, que nunca volverían a repetirse los episodios más horribles del pasado; pero, por lo que sea, y que me temo que tiene mucho que ver con que en ciertas partes del mundo y en especial ciertas mentalidades, nunca han dejado de pensar con los esquemas que han hecho que los individuos se maten entre ellos desde la Edad de Piedra. Y por eso mismo, porque pese a todo, existe un lugar en el mundo, insisto una y otra vez que con todas las objeciones que se le puedan poner, pero también con la opción de intentar superarlas mediante modos pacíficos y democráticos, en el que hemos conseguido alejarnos lo suficiente de la barbarie que representa Putin y con él todos los que lo aplauden o excusan por la razón que sea. Ese lugar es la democracia que disfrutamos en Occidente y que tanto odia Putin como demuestra cada vez que habla de decadencia occidental dado que somos el reverso de lo que representa la Rusia que él ha moldeado durante décadas desde el resentimiento a Occidente y la nostalgia nacionalista. Ni más ni menos, por eso no podemos olvidar lo que dijo el inglés: Democracy is the worst form of government, except for all the others. Ah, pero es que Churchill era un cerdo imperialista inglés de derechas… y todo así.

Txema Arinas

Oviedo, 03/03/2022

Sobre Txema Arinas 19 artículos
Escritor español (Vitoria-Gasteiz, 1969). Reside en Oviedo. Licenciado en historia y geografía por la Universidad del País Vasco. Ha vivido en Francia, Irlanda y Venezuela, y aprendió varios idiomas. En los últimos años ha trabajado como profesor de secundaria y además ha desempeñado diversos cargos en la empresa privada. Ha publicado las novelas Los años infames (2007), Gaitajolea (2007), Anochecer en Lisboa (2008), Euskara Galdatan (2008), Maldan Behera Doa Aguro Nire Bihotz Biluzia (2009), Zoko Berri (2009), El sitio (2009), Azoka (2011), Borreroak baditu hamaika aurpegi (2011), Muerte entre las viñas (2012), Como los asnos bajo la carga (2013), En el país de los listos (2015), Testamento de un impostor (2017), Historias de la Almendra (2018) y Los tres nudos (2019), y los ensayos Sabino Arana o la identidad pervertida (2008) y El imposible perdido (2012). Ha colaborado como articulista en el periódico Berria, las revistas Grand Place y Hegats, las revistas digitales Solo Novela Negra y Zubyah, de la asociación cultural Punica Granatum.

4 comentarios

    • La Pajarera Magazine se precia de dar cobijo a artículos con la divergencia de opiniones de sus autores. Fíjese si somos abiertos que hasta aceptamos y publicamos sus insultos. Llamar al artículo del señor Arinas panfleto fascista, no califica ni al artículo ni a Arinas. A usted, sí. Gracias por su lectura y participación en este foro.

    • Querido Elipando, ¿está seguro que usted ha leído el artículo? Si es así, creo que debería trabajarse un poco su capacidad de interpretación lectora. Me atrevo a pedirle un favor…vuelva a leerle sin prejuicios, amigo. Y deje a Bandera en paz con su fascismo de medio pelo. Gracias de todos modos por su amable participación en este magazine que sigue siendo su casa.

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