VIVENCIAS DEL NACIONAL CATOLICISMO

A toque de campana, el bullicio infantil, amplificado por la acústica de aquellos corredores de ladrillos acristalados y techos infinitos, se hizo silencio: el sonido del miedo, personificado en la figura de don Germán, una especie de espectro embutido en una sotana inacabable que, con la cadena del badajo aún en la mano, esparcía su mirada sobre filas de cabezas en actitud sumisa y llenas de grillos por domesticar.
Él ya sabía cómo las gastaba aquel apóstol de la verdad, cuyo amor infinito y bondadoso, le había bañado la cara en lágrimas después de dejarlo sin patillas, tras comprobar su curiosidad por el significado de la palabra “chocho”. Un dolor expiatorio que, con suerte, lo salvaría de las calderas de Pedro Botero. Un dolor insoportable que le hacía renegar de aquella retahíla que tanto le repetían los mayores:
–quien bien te quiere, te hará llorar.
Un amor que él era incapaz de percibir tras aquella cara sudorosa de cejas pobladas, nariz prominente y dientes encabritados.
Así que aquella mañana fría del mes de Febrero, con la visión de los carámbanos como alfileres adheridos a los canalones del patio, penetró en el aula con la cartera en una mano y la otra escondida en el bolsillo del anorak, ante la mirada inquisitiva de don Bartolomé, un cura grasiento de mirada miope y diminutas lentes, que el miedo que en ese momento atesoraba, las hacía poseedoras del poder de los rayos X.
De esta guisa, llegó hasta su mesa, localizada en la parte final de la clase y, aprovechando el ligero caos de la entrada, logró deshacerse de la prenda de abrigo, colgarla en el perchero aledaño para, una vez sentado, colocar la inutilizada mano bajo el cajón, fuera de la visión de cualquiera de los mortales que compartían el aula y, con alguna dificultad, extraer con la otra los útiles de la cartera.
Todo en un tiempo récord, antes de que el último de sus compañeros hubiera entrado y la figura del orondo sacerdote, encaramada a la tarima, comprobara desde las alturas que todo y todos estaban a disposición.
−¡Ave María purísima!
−¡Sin pecado concebida!
La repetida salutación de todas y cada una de las mañanas le supo a gloria, porque, tras la misma, don Bartolomé dio un giro de 180 grados para comenzar a dibujar en el encerado la silueta del mapa patrio y sobre él, los seis ríos capitales de la geografía nacional, algo que daría pie a la coral letanía de sus diversos recorridos:
−El río Ebro nace en Fontibre, provincia de Santander….
El desafinado coro, recitando pueblos y ciudades, le permitió liberar la tensión de la mano escondida durante un segundo inacabable, que trajo como resultado un sonido hiriente. Un silencio atronador engulló en un tris al coro, al mismo tiempo que la inmensa sotana quedaba como petrificada de espaldas a la clase.
Unos segundos eternos que le provocaron un sudor frío y el deseo intenso de ser engullido.
Don Bartolomé, como si nada hubiera ocurrido, señaló con el puntero nuevamente la piel de toro y el coro reinició su andadura geográfica con más fuerza, si cabe:
−El Tajo nace en las Muelas de San Juan, provincia de…
La cantinela le hizo recobrar el resuello, de forma que, pasados unos segundos, decidió liberar la mano de la tensión que nuevamente había acumulado. El lacerante chirrido volvió a perturbar el recorrido geográfico y, mientras las gotas de sudor se volvían a escurrir a lo largo de su espalda, don Bartolomé, sabiéndose protagonista de un silencio expectante, volvió su cara hacia el auditorio. Todo quedó en una mirada inquisitiva y premonitoria.
Una respiración profunda que pareció recorrer toda la sotana fue el prólogo a la nueva reanudación de la clase. Otra vez, a la llamada del puntero, el coro retomó la retahíla fluvial:
−El Miño nace en Fuentemiña, provincia de…
Pero su destino ya estaba trazado y, pasados unos segundos, con el coro en plena ebullición, un movimiento espontáneo de la mano le hizo liberar la prueba del delito y un estentóreo sonido, más bien parecido esta vez al de un cuesco acuoso, invadió la estancia. Don Bartolomé, que ya había dejado caer el puntero sobre la tarima, se dirigió con ojos ensangrentados hacia su mesa a la que, de forma delatora habían dirigido la mirada todos sus compañeros, mientras a él, en su interior le resonaba aquella cantinela:
−quien bien te quiere te hará llorar.
Unos minutos antes, ajeno a la tragedia que el lunes le deparaba, le mostraba a sus compañeros, mientras aguardaban la entrada en la clase, el artilugio adquirido en la mañana del domingo, en los carrillos de la plaza: un globo con pito. El mismo que había inflado cuando don Germán tocó la campana y el silencio se adueñó del destartalado claustro.
Juan Jurado.
Sobre JuanJ Jurado 19 artículos
Profesor de Lengua y Literatura española. Publicaciones en La prensa en el Aula. Octaedro. Cuaderno para la comprensión de textos. Octaedro. Ponente del Diseño curricular base para la enseñanza de la Lengua y la literatura española en la ESO, en Andalucía. He sido portavoz y concejal por el grupo municipal de IU en Úbeda. Actualmente no milito en ninguna organización política, pero si la calle me llama, voy.

Sé el primero en comentar

Deja un comentario