Willian Pitt

Esto me ha encantado. Si no es verdad, debería serlo. De hecho yo me lo quiero creer, Me parece una genialidad, ahí hay un cuento.
Dicen que a menudo Brad Pitt se pasea en moto por Los Ángeles. Que la moto es de color plata, claro. Que lleva un casco a juego. A veces se fija en una chica parada en un semáforo. Y acerca la moto a la acera y se pone a hablar con ella, sin quitarse el casco, que es de esos que parecen antiguos. Da igual, el tipo es impresionante hasta con casco de la gran guerra y la chica, casi siempre rubia, decide que es su día de suerte porque ese jinete plateado ha ido a atravesar la avenida justo cuando ella pasaba por allí. Él le pide el teléfono y la llama unas horas después. No te lo he dicho antes, se disculpa, pero me llamo William. Y no miente: ese es su verdadero nombre de pila. La rubia sale de su bungalow con un moño alto y un vestido ceñido, Parece una palmera. Sube en la moto de William, que ha llegado puntual y con otro casco de plata para ella. Dan un largo paseo mientras el sol cae y aferrada a su cintura ella piensa en lo raro que es montar en moto con un desconocido. Aparcan junto a la playa para ver el atardecer color moradura antes de ir a cenar. William se quita el casco y entonces ella se queda perpleja. “¿Eres…?”, “Qué va, se ríe William, ojalá, imagínate”. Se sienta en la arena y le explica que lo confunden a menudo con Brad Pitt, desde hace años. Que antes, algunas veces, le daba por firmar autógrafos y hacerse fotos con fans emocionadas. Ya no. “Ahora intento ser honesto con esas chicas, dejarles claro que yo no soy él”. Y la candorosa muchacha, que lo ve sonreír a esa hora de luz polvorienta se fija un poco mejor y se queda pensando que es verdad y que visto tan de cerca, cuando William entorna los ojos y sonríe como disculpándose por no ser Pitt, resulta infinitamente más guapo que él.

Patricia Esteban Erlés

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