Carmen Amaya

Carmen Amaya no murió el 19 de Noviembre de 1963 en Bagur (Girona) sino que  combustió de puro genio, de pura energía como desparramó a lo largo de sus supuestos 45 años de vida en los mejores escenarios mundiales. Agotó la energía de sus tullidos riñones a base de dejarse trozos de alma por tablaos y teatros. La más grande bailaora de flamenco, le titulan muchos. La Capitana, como la llamaron en vida. Y la reina del sentimiento. Una mujer de cuerpo pequeño pero  de alma grande que nació y vivió para bailar. Era enjuta, con  brazos largos, pequeña, desgreñada, morena, con pómulos altos y mirada salvaje. Un ser que se trasformaba con el baile que llevaba dentro y se convertía en torbellino de belleza. Con una personalidad arrolladora, salvaje, generosa como pocas, hasta perder todo su dinero por desparramar ayuda a quien se lo pidiera. No tuvo escuela ni técnica. Nadie la enseñó ni perfeccionó su baile, nació con ella, puro arte que salía de su cuerpo en forma de danza imparable.

Nació en fecha imprecisa, porque los gitanos no solían inscribir ni bautizar a los hijos en esa época, se supone que fue un 2 de Noviembre de 1918 . Aunque vio la luz en Bagur, pronto su familia se trasladó al Somorrostro barcelonés, donde vivió en una barraca cerca de la playa donde hoy se sitúan Nova Icaria y el Bagatell. Su padre José Amaya,  El Chino, “tocador” de guitarra y su madre Micaela Amaya, dedicada a cuidar de su prole de siete hijos, aunque en la intimidad del hogar bailara zambras quizá para matar la penuria, tal como lo hacen desde el ancestro los hijos del pueblo gitano.

Carmen, con solo cuatro años, salía con su padre para amenizar festejos de señoritos con su baile de pequeña danzarina de pies descalzos mientras él tocaba la guitarra. Los señoritos agasajaban a la pareja tirando monedas al suelo que ellos recogían de madrugada antes de volver a la chabola del Somorrostro. El nombre de La Capitana, se lo dan siendo pequeña, por su poderío en el baile, por ese cimbreo prodigioso que ofrecían sus caderas cuando se arrancaba apenas levantando un palmo del suelo.

Carmen era una gitana menuda, oscura, que caminaba y bailaba descalza por el Somorrostro siendo niña y  actúa en teatros sin prestigio hasta que debuta  en El Español, del Paralelo. Josep Bergués, empresario avispado sabe  ver en ella todo el potencial que posee. La dificultad de ser tan joven  dificulta que pueda trabajar en otros teatros. Un crítico del semanario El Mirador, escribe un artículo sobre ella en esos tiempos del comienzo de su carrera:

“De pronto un brinco. Y la gitanilla bailaba. Lo indescriptible. Alma. Alma pura. El sentimiento hecho carne. El “tablao” vibraba con inaudita brutalidad e increíble precisión. La Capitana era un producto bruto de la Naturaleza. Como todos los gitanos,

 ya debía haber nacido bailando. Era la antiescuela, la antiacademia. Todo cuanto sabía ya debía saberlo al nacer. Prontamente, sentíase subyugado, trastornado, dominado el espectador por la enérgica convicción del rostro de La Capitana, por sus feroces dislocaciones de caderas, por la bravura de sus piruetas y la fiereza de sus vueltas quebradas, cuyo ardor animal corría pareja con la pasmosa exactitud con que las ejecutaba. Todavía están registrados en nuestra memoria cual placas indelebles la rabiosa batería de sus tacones y el juego inconstante de sus brazos, que ora levantábanse, excitados, ora desplomábanse, rendidos, abandonados, muertos, suavemente movidos por los hombros. Lo que más honda impresión nos causaba al verla bailar era su nervio, que la crispaba en dramáticas contorsiones, su sangre, su violencia, su salvaje impetuosidad de bailadora de casta”

 

En 1929, baila una zambra en la película La Bodega, con tan solo once años. Mientras actúa con el Trío Amaya (Carmen, su tía Juana y su prima María) por diversos teatros. Vicente Escudero, bailarín, bailaor, coreógrafo renovador del flamenco y persona de gran prestigio la ve bailar y asegura que será la figura que revolucione el flamenco.

Trabaja con Raquel Meller, Concha Piquer, Miguel de Molina mientras va ganando prestigio, José Luis Saenz de Heredia la pide que interprete  un pequeño papel en la película La Hija de Juan Simón con Angelillo, en 1935. Va camino de la fama con paso firme.

Durante la II República la situación económica de Carmen mejora, saca a su familia de la barraca del Somorrostro y los instala en un piso del Barrio Chino. Sigue triunfando actuando con los más grandes del momento: José Cepero, Pastora Imperio, Niño Ricardo, Ramón Montoya y Sabicas, con el que forma pareja artística y personal durante años.

 

Se instala en Madrid, poco después, con su familia actuando en el Teatro de la Zazuela con Concha Piquer y Miguel de Molina, para seguir, posteriormente, de gira por toda España. La sorprende la guerra civil actuando en el Teatro Zorrilla de Valladolid, donde le requisan el coche que había adquirido poco antes. Salen para Lisboa desde donde embarca hacia Buenos Aires, donde triunfa de forma clamorosa, tanto que construyen el Teatro Amaya en su honor. Uruguay, México, Cuba y posteriormente Nueva York son plazas donde  consigue también un enorme éxito. Actúa en el Carnegie Hall en 1941, luego va a Hollywood con Sabicas y Antonio de Triana. En esa época conoció a Roosvelt que la pide que actúe en la Casa Blanca, entusiasmado con su arte le regala un bolero bordado. Retorna a Europa: Paris, Londres , Holanda se rinden ante ella. Torna a América, luego a Sudáfrica.

El director de orquesta Arturo Toscanini  dice de ella: “nunca en mi vida he visto una bailarina con tanto fuego y ritmo y con una personalidad tan maravillosa”, o  Stokowski que dice: “¿qué diablo será el que lleva en el cuerpo? En 1947 regresa a España cubierta de gloria por los éxitos internacionales que han repercutido en su prestigio .

Rompe con Sabicas en México. Se sabe poco de la relación que mantuvieron, apenas lo que cuenta el guitarrista ya de mayor, Carmen siempre mantuvo una gran discreción sobre su vida. No obstante,  tiempo después, vive una historia de amor con el guitarrista Juan Antonio Agüero, veinte años más joven que ella, payo, de familia adinerada de Santander, a quien su padre (aficionado al flamenco y a la guitarra) contagia su amor por el instrumento. En 1952 se casan en una sencilla ceremonia realizada a las siete de la mañana para mantener la intimidad. Será su gran amor y el  que la acompañará hasta sus últimos días.

 

Carmen Amaya tiene una dolencia crónica renal, sus riñones son como los de una niña, no eliminan tóxicos y la medicina no puede hacer nada por ella. Solo su prodigioso zapateado le ayuda a vivir, porque a base del taconeo elimina las toxinas que su riñones no pueden. Sigue actuando a pesar de que está tocada por la muerte. En la película Los Tarantos, sufre terriblemente, ya que fue rodada en invierno y Carmen  siente mucho el frío. Al acabar las tomas tienen que taparla con abrigos para mantener su endeble cuerpo caliente. Apenas come, se mantiene de café ardiente y fumando constantemente.

El mal avanza pero ella no puede vivir sin bailar.

Carmen tiene una personalidad atrayente, nadie permanece indiferente ante ella. Su enorme generosidad la llevan  a la ruina total. No quiere tener dinero, la quema, no sabe que hacer con él. Si hay un problema cerca lo soluciona, sino dice que paga el doble por lo que compra para no tener que preocuparse del dinero. Nada tiene porque da todo.

 En Gandía, un ocho de Agosto, está bailando con el mismo brío de siempre, cuando no puede más y le dice a su guitarrista: Andrés, terminamos. Fue su último baile, entra en la fase irreversible de la enfermedad para morir al poco tiempo.

Carmen Amaya ha consumido su fuego y su llama se apaga. Es enterrada en Bagur donde nació, hasta que Agüero que vaga  se la trae al cementerio de Ciriego en Santander, donde reposa en el panteón familiar;  dicen que para tenerla cerca, porque no podía vivir sin ella. Aunque se volvió a casar y tuvo un hijo, su amor por Carmen fue eterno y vivo.

Carmen Amaya renovó el baile flamenco femenino, lo saco del ostracismo figurante que había sido hasta llegar ella. Se atrevió a dejar la bata de cola y bailar en pantalón (¡en los años 30!) ya que según decía, de que servía el glorioso zapateado sin los volantes de la bata de cola no dejaban ver los pies. Fue feliz al liberarse del traje de faralaes.

A su muerte, los gitanos que la rodearon se llevaron todos sus recuerdos, todas sus cosas, salvo dos maletas que pudo rescatar Agüero. Era amada como a  una santa, adorada por su pueblo y sus cosas fueron consideradas reliquia, eso hizo que hoy su figura se mantenga en el misterio. Esperemos que nunca nadie olvide que existió una artista completa, una genia del baile, llamada Carmen Amaya.

 

María Toca

 

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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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