Diario de la Pájara Pinta II

Ayer, fue un día liberado. Verán ustedes, sin obligaciones laborales, ni familiares, me dediqué a algo que me entusiasma: vagar por mi región, sin planes premeditados ni punto fijo. Aun así, soy previsible. Corren por mis venas sangre o gustos moros, o fenicios, vaya usted a saber, por tanto, me gustan los mercados al aire libre. Los rastros son mi perdición. Amo el regateo, el rebusque entre “pongos” y polvo,  por tanto,  dirigí la brújula al mercado sabatino de Santoña. Sí, el pueblo que en pasado y bien leído artículo, les conté que mantiene un catafalco escultórico de 40 metros agasajando a Carrero. El pueblo donde reside el falangista con las cinco balas pendientes. El mismo.

La belleza de este pueblo es de tal calibre, que hay que andar con cuidado al acercarse ya que la carretera discurre sobre las Marismas y el Gromo,  la vista se pierde contemplando el anaquel de colores que mantiene el paisaje pleno de verdes y azules, a veces moteados de patitos que cruzan la calzada como si tal cosa. Enseguida se divisa el Dueso, mole inmensa que achanta un monte sobre el mar. Alguien dijo que quien mandó construir allí un penal o era loco o poeta, porque tanta belleza ante los ojos de quien no puede orearse con ella, puede enloquecer.

 

La temperatura era veraniega, el cielo estaba limpio, por tanto, al acabar mis compras y chamarileos, enfilé hacia Berria, y no al centro del pueblo, no fuera el señor de los cinco tiros a reconocerme y le sobrara alguno para mi persona. No tentemos al diablo que las cosas no están para dispendios.

Las compras que hice no vienen al caso, pero como es un diario, lo mismo les interesa conocerlas: varios botes de boquerones autóctonos, una buena empanada de pulpo, frutas variadas y ¡cómo no! un pañuelo de colorines, que imita  seda como los propios ángeles por cinco euros.

Ufana y convencida me apoltroné en el arenal de Berria, tomé el condumio y procedí a sestear bajo el sol, con las debidas protecciones, no se crean ustedes que yo rebajo el cuidado el fin de semana. 23 grados, brisa leve del Nordeste y el arrullo de unas olas amigables, ampararon mi sueño. Luego leí un poco, recorrí la playa, serpenteando con las olitas que morían a mis pies, y me llegaron pensamientos profundos. Cosa de la edad, supongo.

 

Imagino que los poderosos de la tierra, tendrán lo que yo tenía en ese momento y más. Imagino que estos paisajes y mejores,  están a la altura de sus ojos cuando y como quieran. Es posible que Trump, entre oropeles de las Torres,  y crespones de la Casa Blanca, pueda contemplar cuando le pete lo que yo veía o similar. Imagino que Putin, bien cerrada la cremallera de su bragueta, no se le cuele un gay por ella, podrá pasearse a caballo por las innumerables propiedades que le adornan en su basta tierra. Imagino, que los hirsutos integrantes de FMI, del Banco Mundial, tienen posesiones del calibre de lo que mis ojos contemplaban o más. Tendrán servidores, secretarios, edecanes que les hacen la vida más fácil. Quien dice los nombrados, dice  El Assad,  Merkel  y todos los poderosos  de la tierra ¿ Saben ustedes lo que yo me preguntaba caminando por Berria? A quién carajo le importa el poder, el dinero, las posesiones, las banderas, las fronteras, pudiendo pisar arena húmeda, dejar a los ojos escaparse detrás de cada ola, sentir sobre la piel la caricia de la brisa cálida de un tímido Nordeste…

Es posible que esos tipos con poder, estén muy enfermos, o muy locos, porque es tan poco lo necesario y tan breve la estancia en la tierra que maltratarnos con odios, batallas y guerras, debiera ser tratado por especialistas muy capaces.

Y en estas, cayó la tarde, levanté el tenderete, volví a casa y me puse a contar. Ven ustedes la intrascendencia de una rubia arrabalera y postmenopáusica.

#MariaToca

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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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