La normalidad superviviente.

Tras mucho sin moverse, corrió la bolsa de empleo. Así como desperezándose, primero saltó un puesto, luego dos, y así hasta media docena, deteniéndose justo donde él se encontraba, en el punto muerto de alguien deshauciado de esperanza. Subió a ella como en sueños, justo antes de que volviera a ponerse en marcha, y una vez dentro se limitó a hacer todo lo que tuvieran a bien pedirle. El trabajo parecía incómodo pero no lo era, y según profundizaba en él iba descubriendo un ramillete de ventajas que había olvidado o desconocía.  Las dos semanas de sustitución por enfermedad acabaron prolongándose, en virtud de una recuperación que siempre se estropeaba, en 2 años y 4 meses. 28 meses, 9 estaciones, 860 días.

Tiempo suficiente para reactivar un proyecto vital.

Según todo aquello iba asentándose, conforme las facturas dejaban de llegar con recargos, y “los plazos de”, “los regalos para” y “el fin de semana en” se volvían costumbre y no entelequia, fue descubriendo que no estaba solo. A aquel tren en marcha había subido un compañero silencioso que no esperaba cuando su horizonte se limitaba a 15 días de parche: Un miedo horrible a salir de la normalidad y revisitar el abismo que tan bien conocía, todo mientras esperaba que el azar repartiera de nuevo sus cartas.

La dueña de su suerte tenía cincuentaypocos y había adquirido la costumbre de acercarse cada poco por el lugar, principalmente para saludar a conocidos, entregar los partes de baja y dejar un par de consejos bienintencionados. Cada presencia suya activaba una señal de alarma que solo él escuchaba, y que venía a adquirir en su cerebro la forma de un título de propiedad. En otro mundo con otras circunstancias, los dos se habrían llevado bastante bien pues muchas de sus aficiones convergían, pero aquí compartían un mismo punto en el espacio, y ya sabemos que físicamente esto es imposible. En el orden universal de hecho es casi obsceno.

No recordaba haber planificado nada pero su mente ya buscaba hacia semanas cualquier opción que acabara prolongando este estado de cosas. Tardó poco en averiguar una lista de alérgenos nocivos, buscó las ubicaciones ideales para hacerla resbalar por un corto tramo de escaleras, pensó en venenos suaves. Incluso fantaseó con la opción del chantaje, pero sabía de su talón de Aquiles, un corazón delicado, y tenía claro que era tan inútil forzar los acontecimientos como dejarlos reforzarse. En el momento en que ella se reincorporara, como aquel en que abandonará definitivamente su puesto, el estado de normalidad que había convertido su vida en algo soportable, se iría por el sumidero.

El desenlace llegó sin avisar. Llevaba un tiempo durmiendo menos lo que planificaba de más. Los nervios se juntaron a una mala digestión. Aquella mañana él ya no despertó. La autopsia desveló un envenenamiento por arsénico, aunque es muy posible que la causa verdadera de su muerte fuera dejar traslucir demasiado los anhelos propios y las desgracias ajenas.

Texto: Jean Boucicaut.

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