Las Tetas

Llevo tiempo queriendo abordar el tema. No es fácil. Sobre todo porque voy a hablar de pechos, De los míos en particular, pero son un poco ese talón de Aquiles que podemos tener todas. Y me gustaría que se me entendiese. Es la necesidad, de hacerme oír, una vez más y compartir a la vez un problema común. Viene a cuento de todas esas miradas de cada día, que a veces os cuento medio en risa, medio en broma, medio cabreada, pero que en el fondo no tiene gracia.

Recuerdo. Tendría yo unos once años. O doce. Con diez había engordado y sufrí un cambio de constitución. De extremadamente delgada, a rellenita. Y claro. El dichoso sujetador juvenil. Lo que me costó esa imposición. Yo quería mis camisetas, aferrarme a lo infantil. Sí, ya jugaba de noche a cositas conmigo misma, pero no quería aparentar una mujer.

 

Por más que hubiese venido la regla, por más que en casa dijeran que lo necesitaba. Dichoso sujetador. Con sus dibujos de tijeritas de colores. Tenía que llevarlo. Porque en el vestuario todas lo llevaban. Y, ay, que risa, ya con tetas, y tú en camiseta. Creo que no volví a cambiarme de ropa en público.
Más o menos a la misma edad, el padre de mi primo iba a recogerlo a casa de mi tia. Siempre el mismo comentario. Ya eres una pollita, mira que tetitas. Lo odié. Lo odié mucho tiempo. Hoy por hoy no soporto la palabra pollita. Ni aquella imagen de mí en el portal de mi abuela, sonrojada, avergonzada, sulfurada, como si yo hubiese tenido la culpa de aquellos pechitos que todavía no eran.
Un par de años más tarde pasé unas semanas en el pueblo de mis primos. Una aldea pequeña. Ellos eran dos niños mayores que yo,  delgados como un mimbre. Yo redondita. Con formas.

 

Aquel día que entré en el bar del pueblo con mi camiseta-vestido, de Snoopy ; me comieron con los ojos. Un puñado de señores rurales tan mayores que podrían haber sido mis abuelos, me comieron a mí y a mis trece o catorce años, con los ojos. Todo mi pecho eran retinas de pueblerinos cachondos. No volví a ese pueblo nunca de vacaciones. Lo detesté.
En la adolescencia yo tenía mucho éxito por mis pechos. Tampoco es que tenga un busto exagerado, pero soy muy bajita, heredé de mi abuela el nacimiento pechil desde el escote y no de los flancos,  así que yo era muy cañonera. Y ¡que vaya tetas nena!, en más de una disco. Ahora que echo la vista atrás, creo que la mayoría de los chicos que se enrollaron conmigo fueron directos a mis tetas. No es un recuerdo agradable. De verdad.
Podría contar anécdotas mil, miradas a millones. Como cuando estuve en tratamiento in vitro unos años, y el pecho me subió a una talla 105. Señores mayores en al autobús a los que mi ex tuvo que llamar la atención. No bastaba con el propio proceso médico y psicológico. Toda yo era tetas, al parecer, porque no dejaban de mirarme. No, no exagero.
No es cuestión de aburriros. Todo ésto viene a colación de algo. Porque  lleva sucediendo desde que tengo once o doce años, y tengo ya cuarentay tres. Y cada día que bajo a hacer deporte, en el parque me miran, remiran y babean el escote. No uno, ni dos, ni tres, ni cuatro. Es asqueroso. Creedme.
A veces hablo con chicos de redes de ligue, o con amigos masculinos, incluso con amigas. Alaban mis pechos. Yo no puedo con ellos. No entienden cuando les digo que mataría por una ochenta de pecho. Ser planita. Incluso he llegado a verlo más sexy, incluso he llegado a sentir vulgar la exuberancia, incluso a veces odio mis pechos.


Y oh, sí, eres inteligente. Oh, sí, tu autoestima ha de estar por encima de todo ello. Oh, sí, trabaja tu interior, tu feminismo, lucha. Ya. A veces cansa. A veces tantos años, tantos ojos pueden más que una. De éso trata el feminismo. Por más que luchemos. Luchamos por nosotras, pero más por las que vienen detrás. Por más reafirmadas que estemos, esa losa pesa un huevo, o dos, o una docena de cojones. Son mis tetas. Tu barriga. Sus muslos. Tus estrías. Su celulitis. Y sí, mandamos al carajo las convenciones, y aprendemos a gustarnos como somos, y cada día un paso, y al carajo la sociedad.
Pero cada día hay cien ojos sobre mis tetas. Y cada día me encojo cien veces. Cada día siento pudor otras cien. Cada día los querría más pequeños. Terrible, porque mis tetas no tienen la culpa de nada. Son todas esas miradas que se creen con el derecho de mirarme así.
No me imagino babeando y mirando sin cortarme a paquetes de tíos. Ni a mí ni a ninguna mujer. Como todas, si me adelanta corriendo un culo divino, miro de soslayo. Nunca una chanza, un quiebro, unos ojos babeantes, una mirada fija. Nada que os haga sentir como un pedazo de carne.
Así me siento yo a veces, como dos tetas con patas, mientras nadie es capaz de ver como de mi cara se borra la bonita sonrisa que tengo.

Texto: Eva Barreiro

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