Memoria centenaria por José Ramón Saiz Viadero

 

Sumida en la soledad de su propia memoria y recluida en el espacio familiar de su casa de Liérganes, Ana Crespo Vega (1) se dedica desde hace algunos años a desgranar los recuerdos de su vida, ordenando las historias conocidas y recopilando capítulos de unas vivencias en las cuales las figuras de sus parientes, sus amigos y sus convecinos son las protagonistas de algo que a sus ojos guarda caracteres de odisea: la supervivencia de  tiempos que siempre fueron peores, modelo de unas actitudes que se impone rescatar con el fin de que la neblina del olvido no envuelva para siempre aconteceres que forman parte del patrimonio general y que deben perdurar como lección aprendida de nuestra propia historia.

 

Entre todos los conocidos, el personaje que para ella resulta más entrañable es su abuela Regina Lavín Lloreda, digna representante de una generación que vivió a caballo de dos siglos y que ahora es preciso insertar en el conocimiento del venidero. La nieta ha puntualizado en sus escritos que Regina era hija de Santiago Lavín Lavín y de Manuela Lloreda Cotero, ambos cónyuges de puros apellidos pasiegos, y que nació el 10 de marzo de 1875  en el palacio de la Rañada de Liérganes, el mismo pueblo en  que falleció cuando se hallaba próxima a cumplir los 94 años.

 

Regina tenía siete hermanos y el hecho de haber nacido en las dependencias de todo un palacio no significa que su familia perteneciera a una clase social elevada, sino que era hija de los campesinos que llevaban en arrendamiento tanto el palacio como las fincas que le rodeaban, así como los tres molinos propiedad de los señores propietarios de la llamada Casa de los Cañones, en los cuales se molía el trigo que bajaba por una antigua y ya inexistente calzada romana desde la villa burgalesa de Espinosa de los Monteros, para una vez convertido en harina ser distribuido por las comarcas de Trasmiera.

 

 Los otros molinos existentes,  llamados maquileros, eran más pequeños y se destinaban principalmente a la molienda de piensos para el ganado. Contaban con unas ruedas de piedra especialmente preparadas que hacían una harina de maíz riquísima para el consumo humano, como cuando se conseguían las tortas de borona envueltas en hojas de castaño y cocidas en la gran lumbre de leña, que desprendían un inolvidable olor, untadas con mantequilla casera o con quesucos de pasiega.

 

 Ana Crespo nos dice que tan sólo ha conocido funcionando el molinuco del Puente Romano -recientemente restaurado por sus propietarios-, popularmente denominado por los vecinos “El molino de Regina”, porque ser el lugar donde ésta trabajó noche y día durante 56 años, siguiendo una costumbre familiar que por lo menos se remontaba a doscientos años atrás; por esta dedicación, fue considerada Regina  la última molinera de Liérganes, y en agosto de 1962, cuando contaba 86 años, decidió “colgar las llaves” entregando personalmente las del  molino a su propietario, el señor de la Casa de los Cañones, José Sainz de la Cuesta y Alvarado, un banquero residente en Madrid que cada año veraneaba con su familia en casa de sus antepasados.

 

A Ana le llama la atención el hecho de que, según consta en los documentos existentes algunos de los cuales todavía obran en su poder, en tiempos muy lejanos ya sabían leer y escribir los arrendatarios del molino, algo que puede considerarse insólito porque en aquellos tiempos solamente el clero y las clases sociales elevadas tenían ese privilegio. Hasta mediados del siglo XIX no existió en Liérganes ningún tipo de escuela, pero a partir de esa fecha, y por donación de la familia de la Casa de los Cañones, empezó a funcionar el colegio de monjas en cuyas aulas tanto Regina como  sus hermanos se educaron. La escuela de niños -un gran edificio que aún se conserva en pie- se inauguró hacia 1870, también por donación de la misma familia.

 

 El domicilio familiar, dentro de la austeridad de una gran casa de labranza, contaba  con una capilla en la que contrajo matrimonio Victoria, la hermana mayor de Regina, poco antes de partir para CLos Ángeles de California. Procedente de la rama de la emigración americana, un  sobrino llamado Tomás Iglesias visitó Liérganes en 1952. Era ingeniero, nacido y criado en Los Ángeles, hijo de esa hermana mayor que siendo ya centenaria, residía en la costa oeste de los Estados Unidos. El sobrino, después de tanto oír hablar a su madre de historias de la tierra, quiso conocerla, y los parientes más próximos que encontró todavía con vida fueron sus tíos Regina e Isidro, y algunos primos. Al otro lado del océano, Regina conservaba una hermana llamada Carmen, que vivía en el estado de  Arizona y con la cual mantuvo  correspondencia hasta poco tiempo antes de morir.

 

A los quince años Regina debía ser una joven preciosa: rubia, de piel muy blanca y sonrosada, con unos grandes y expresivos ojos azules. No era muy alta de estatura pero se conservó muy derecha hasta el final de su existencia, pese a los miles de sacos de harina y a los cuévanos de verde y de leña que durante tantos cargó sobre  sus espaldas.

 

Con tan buena presencia, a esa edad años la eligió como modelo un señor que en el verano acudía al balneario de Liérganes. Estaba vestida de aldeana, con cuévano y rastrillo, y en una pose tenía como escenario  la presa de Regolgo y en otra  la encina del Puente Romano. De aquel  pintor no ha quedado ningún dato que sirva para identificarle, aunque parece ser que trabajaba en la Corte y que sus cuadros -incluso los dos de Regina– se encontraban expuestos en el museo del Prado a mediados de este siglo, noticias en las cuales Ana Crespo se apoya para pensar que pudiera tratarse de Federico de Madrazo, un oriundo de Cantabria que estuvo en Liérganes.

 

La joven Regina se casó a los diez y nueve años con Cesáreo Vega Chaves, un carretero de oficio duro y poco lucrativo, que además tenía la  salud poco acorde con los esfuerzos necesarios para desarrollar la profesión. En el primer año tuvieron una hija llamada Trina, a la que  siguiendo la costumbre de las mozas pasiegas dejó al cuidado de su padre para irse a Madrid a amantar  criaturas de gente adinerada, con el fin de ganar algo de dinero, ahorrando hasta el último céntimo ganado en los cuatro años que  permaneció de ama de cría, con el propósito de regresar a Liérganes y poder comprar una casa.

 

Su marido, pese a las propuestas que desde Madrid le hicieron de darle también a él un puesto de trabajo, no quiso abandonar Liérganes. Se encontraba enfermo, no había visto a su mujer en los últimos cuatro años, y prefirió seguir viviendo humildemente en su terruño, disfrutando de la recién adquirida casa en el Barrio de Calgar; allí nacieron cinco hijos más, y cuando falleció su marido, Regina tenía 33 años, seis hijos, y estaba llena de deudas, porque las escasas pertenencias las habían hipotecado a un prestamista. Tomó entonces la decisión de coger el carromato y la pareja de bueyes y, acompañada de su hijo Gaspar de sólo once años, subir a San Roque de Riomiera para bajar madera y transportarla hasta Guarnizo. Gracias a que un día el Dr. Pozas la vio empeñada en este trabajo  y decidió prestarle el dinero para que pudiera hacer frente a la deuda existente y salir de aquella situación de injusticia. Al final, una hija de don Aurelio le perdonó la deuda contraída.

 

Su hija mayor, Trina, se fue a Cuba siendo muy joven, donde casó con un muchacho asturiano, echando allí unas raíces que solamente le permitieron viajar a su villa natal en la mitad de este siglo, cuando llegó portando una serie de productos que en la España de Franco escaseaban y solamente podían venir de la isla antillana. De los demás hijos, la suerte y a la vez la desgracia hicieron que tuviera que verles morir estando ella aún en vida. Este dolor, más el de saber a gran parte de su familia en la la distancia de la emigración ultramarina, la mantuvieron desconsolada durante los últimos años de su existencia.

 

  Ahora, su recuerdo perdura entre los convecinos y también cobra vida en las imágenes recreadas por su nieta Ana, cuando nostálgica del tiempo desvanecido repasa el álbum familiar y pone en orden las ideas correspondientes a unas personas que poco a poco han ido desfilando delante de su vista ya cansada.

 

 

(1)  Ana Carolina Crespo Vega falleció en Santander el 27 de agosto de 2010, a los 85 años de edad.

Memoria Centenaria: José Ramón Saiz Viadero.

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Escritor, historiador, periodista, conferenciante. Especialista en historia de Cantabria y del cine español. Ha sido asesor cultural del Ayuntamiento de Santander, y concejal en las primeras elecciones municipales.

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