No necesito más (esa voz de Evita la madre de los descamisados)de José Emilio Ortega

Lo sé; puedo ser tan difícil de abarcar, como un enorme y abrasador desierto de sal. Blancura exagerada, imposible de mirar. Vastedad fatigante, inconmovible. Inalcanzable, doblego rodillas, derrito ánimos, arranco córneas y pupilas. Devoro corazones y pulmones. Enciendo las obsesiones más mórbidas.

Lo admito. Soy la puta, la bataclana, la innombrable. Esa mujer, la yegua. La que, implacable, vacía las billeteras de cuanto adulón arribista mariposea por la Fundación. Si esos badulaques se vieran la cara, cuando aparezco y les espeto que quienes hacen cuadras de cola afuera del edificio necesitan tanto mi ayuda, como la de ellos. Y los desplumo, uno por uno. Y murmurarán: potranca hija de puta, cómo no te morís, cómo no reventás, junto a ese demonio que te dio alas.

Suelo escudarme en la distancia. Porque la conozco, y le temo. La recorrí. Vengo de Los Toldos, poblado perdido donde se abre la pampa agreste, cuando se empiezan a mezclar parajes con nombre de indio y de militar, tal como se entreveraron unos y otros en cien años con mucho más de tire que de afloje. No hay metáfora en aquella denominación que recoge la parada final de un fiero mapuche que tras décadas de pelear, terminó haciendo algunas migas con el huinca y se asentó. Ya en Los Toldos era guacha, la peor de las bastardas. Conocí la sal en la mismísima cuna.

Broté finalmente, lívida y difícil. Asumí el llamado y recorrí el desierto, palmo a palmo. Si lo hice sola, si en algunos tramos tuve compañía, ya no importa. Sufrí la sed, el calor y el frío, el hambre, la enfermedad. Las marcas las llevo acá. Bien adentro.

Quemé mis pies, mis rodillas, los codos, las plantas de las manos. Me engañé por espejismos. Me arrastré. Pero aquí estoy. Muchos murmuran entre dientes, o vocingleran a mi espalda, que soy una bruta, pero es innegable: mejoro día a día. Trabajo catorce o quince horas por jornada. Los atiendo a todos. Claro, soy indulgente cuando me lo propongo. Son mis grasitas, mi sostén y también mi causa. Sé lo que les pasa, vaya si lo sabré. Recibo el cariño, lo disfruto cuando es genuino, pero no tolero exageraciones.

Tomando algún respiro, me puedo mofar de mis damas de compañía. Vanidosas que pudieron estudiar, que dominan la geografía, la historia, los idiomas. Más atentas a mi dicción que a mis aciertos. Qué poco talento en estas presumidas, Dios mío. Si yo hubiera podido estudiar, qué hubiera llegado a ser. Chupamedias exageradas, horrendas. – Yo, una india de Los Toldos, recibiendo un rosario de manos del Papa. Se los digo mirando las soberbias fotos del “Democracia” y las zorritas se deshacen en zalamerías: – pero no Señora, si usted bla, bla, bla. Me detestan, y cuando me cansen con sus habladurías en voz bajísima o sus esquelitas misteriosas que otro cortesano de medio pelo me servirá en bandeja, las echaré con sólo una mirada, y se irán llorando pidiendo por favor no y vendrán otras, y será otra vez lo mismo. Ya se lo dije al General: estos peronistas que se vuelven oligarcas son peores que el gorila más abyecto.

Vienen todos. Los que necesitan un ajuar para un bebé, una casita, pasajes al lugar más recóndito o muletas para andar a duras penas. No podían faltar los supuestos amigos de toda la vida, que me vieron más de una vez quemarme entera en la sal y ahora tratan de exprimir la jugosa naranja. Los compañeros de la CGT , con los que no siempre es sencillo entenderse y compartir un proyecto de país. Míralo a ese crápula de Reyes. Decir que el 17 de octubre lo hizo él … canalla como tantos otros. Envidiosos de la gesta y del país que estamos haciendo. Pero no todos son iguales, los puedo reconocer, a pesar del barniz grueso y pastoso de la adulación.

Y ellos a mi.

También desfilan los nuestros. Esa enorme bolsa de gatos que trajimos al Congreso, a cada Intendencia, a cada Gobernación. Ingratos como Bramuglia, el canciller. Bifrontes como Mercante, nuestro compadre y gobernador de Buenos Aires: algunos le han hecho creer que puede reemplazar a Perón. Sumisos como Camporita, presidente de la Cámara de Diputados, sin ideas pero leal. Le brindará muchos servicios al General. Codiciosos como Miranda, el zar de la economía: nos fundirá en unos pocos años, pero él se hará rico.

Y allá, más lejos, siempre moviendo los hilos desde atrás, misteriosos, falsos y toscos, los oficiales de Ejército, de Marina o de esta Aeronáutica que inventó Perón pero que, seguro, le hará la vida imposible como cada uno de esos milicos prepotentes que ya lo echaron una vez, y lo van volver a intentar, ni bien puedan hacerlo. Los tengo atravesados a todos.

Y ellos a mí.

Insulsos e incompetentes, como ese médico, el ministro de educación, el tal Ivanisevich. Atrevido, me recomendó operarme. Si lo mío es una anemia.

No tengo tiempo para tanto consultorio, mucho menos para un quirófano. Esperan los cientos de descamisados que vienen todos los días. Los compañeros sindicalistas. Los ministros, diputados y senadores que hay que alinear hora tras hora. Las visitas a las obras, surcando en tren el ancho y largo país.

Me pisotearon las manos, y hoy me adulan tanto como me lastiman. Pero soy Evita, me hice de la costilla de Eva. Fuerte como el acero, refulgente cual diamante. Resisto el odio, con más odio. Porque puedo ser la tapa de Life, recibir profusas loas del Generalísimo Franco o del Papa, guardar en mi ropero una estola de armiño regalada por Stalin, poner en mi puño a miles de burócratas sin remedio, sin dejar de ser bienvenida en cada hogar humilde de la Argentina, como una más de la casa, la más querida y respetada, la que se le animó al desierto, y vivió para contarlo.

Estoy donde quiero y como quiero, no necesito más.

Tampoco menos.

Texto: José Emilio Ortega; Argentina

Sobre Maria Toca 240 Artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

  1. Muy bueno Evita la mujer que dio aire fresco libertad y pan y levanto al país acabando con la miseria de los mas pobres, es una pena que los Argentinos no allan sabido apreciarlo, y oí día an retornado al pasado arrasando al país a la mas profunda miseria hambre y desolación,si es una verdadera pena.

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