Pompas de jabón

Los mensajes de messenger aparecen en pantalla como pompas de jabón, de esas que perseguíamos cuando niños y dábamos un respingo cuando se rompían contra nuestra piel. El que abre aquella mañana le congela la sonrisa del recuerdo infantil: “Hola, no sé si me recuerdas. Hicimos juntos BUP. Me sentaba detrás de ti. Me gustaría verte”.

Llega al trabajo con una excitación desconocida. Cuando se sienta en su mesa, saca el móvil con disimulo y vuelve a leer el mensaje. Lo ha leído ya cuatro o cinco veces, cuando se pone a la tarea de recordar quién se sentaba detrás de ella en el instituto. Una cara va y viene por su memoria, como si algo en su interior se negara a definirla plenamente. Hasta que a la hora del almuerzo no ha tenido más remedio que dejar que aquellos rasgos masculinos, cuando casi todos eran aún unos muchachitos imberbes, arrinconen todos sus recuerdos. No tiene foto de perfil, de modo que se desespera por confirmar que se trata de aquel joven por el que estuvo colada, el único al que le ha pedido salir en toda su vida, el único que le dio calabazas y la dejó incapaz de remontar el curso. Tiene que ser él.

Al final del día, lo que le ha ido pareciendo una idea descabellada, se ha convertido en la más lógica: tiene que aceptar una cita. Y se proporciona toda clase de argumentos. En primer lugar, no pierdes nada, quedas en un sitio público y, si algo no te gusta, te vas. Sería de mala educación negarte a ver a un antiguo compañero de instituto, a fin de cuentas, se reúnen promociones enteras con esa única finalidad, por qué no vas a hacerlo tú individualmente. Luego está la razón más íntima, la que no quiere confesarse, pero pulula entre su cerebro y su estómago, como una digestión pesada. Hay una conversación pendiente, un cabo suelto en forma de explicación. Incluso en los momentos en los que se ha sentido más hermosa, más querida, más triunfadora a lo largo de su vida, una parte minúscula de sí misma se ha atrevido a preguntar cómo una mujer así podía ser rechazada. Esa pregunta le servía para rehacerse y salir a comerse el mundo. Quién sabe si  él se habrá arrepentido durante todos estos años, si pretende ajustar alguna cuenta con el pasado; quién sabe.

Al día siguiente, en el cuarto de baño, a las siete de la mañana, contesta que sí, acepta el lugar y la hora que él propone y, desde entonces, no hace otra cosa que pensar en aquella cita. Programa conversaciones, imagina cómo le habrá tratado la vida, cómo se saludarán, si volverán a tener más ocasiones para encontrarse… La cabeza no para de suministrarle motivos para sentirse eufórica y preocupada al mismo tiempo. Hasta que, por fin, llega el jueves.

Un jueves es un día como otro cualquiera, pero no ha podido evitar pensar que no es un día para una cita con pretensiones; un jueves es un día de cansancio, que se llena con algo que nos permita soportar el tránsito hasta el fin de semana. Desecha esta extraña suposición y se presenta en la acera de enfrente de la cafetería. Es la hora exacta, de modo que es probable que él esté llegando. Los nervios no la dejan permanecer detenida en la acera, acechando. El bar está casi vacío a esa hora. Su iluminación y sus amplios ventanales le permiten distinguir con claridad al camarero tras la barra, a dos hombres que conversan animadamente con sus respectivos trajes de chaqueta arrugados de tantas horas sobre el cuerpo y a un hombre solo que mira con atención  la televisión. Podría ser él, pero el ángulo de visión no le permite distinguir bien sus rasgos. Se mueve acera arriba, acera abajo, sin conseguirlo. De modo que se atreve, cruza y, en vez de atravesar la puerta acristalada, gira por la fachada, que es un escaparate para elegir y llevar o desistir. Lo mira detenidamente; es consciente de que pudiera ser él y, al mismo tiempo, es como si no lo fuera. Espera una señal. Lo ve conversar con el camarero. Aunque no puede saber de qué hablan, lo averigua cuando el hombre le sirve un bocadillo y un refresco y le ofrece el mando a distancia de la televisión. Sonríe satisfecho y cambia de canal.

Mientras tanto, en la calle, una mujer acaba de descubrir que las conversaciones pendientes están hechas de emociones muertas que se deshacen al tocarlas, como una pompa de jabón.

©Margarita Martín Ortiz.

Sobre Maria Toca 277 Artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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